ANTONIO F. JIMÉNEZ/FOTo JUAN MANUEL ESPÍN

Al parecer tenemos buena temporada de guíscanos. Las lluvias del verano han venido al pelo para que el micelio se humedezca y las manchas broten de seguida. Al igual que los cazadores, los guiscaneros salen muy temprano montados en sus furgonetas con la navaja escondida en el bolsillo del pecho izquierdo de la camisa y el orujo calentando sus entrañas. Yo he visto a estos hombres muy al alba preparándose la jornada en el bar La Perdiz o en La Fora. Desde hace unas semanas se dice que hay setas por el Cantalar. Pero en fin, de la ubicación exacta de las manchas mejor no mentarle nada a los seteros porque un buen buscador nunca desvela sus rodales en la montaña. Me contó un cura que una vez le preguntó por las mejores manchas del Noroeste a un paisano de Inazares y éste le respondió: «Anda y que se lo diga Dios». Se dice que los chispeos y la humedad de estos días pueden ser buenos para que los guíscanos menudillos que están brotando ahora por algunos montes de Cehegín digan de pegar el estirón. Los guiscaneros temen a las heladas y al viento, enemigos de las setas. La ventolera de hace unos días ya se llevó por los aires unas barracas del Jaraiz de Bullas. Algunos sabihondos del cielo auguraron que las Fiestas de Bullas iban a estar pasadas por agua, pero hemos retrocedido a julio, la orza. Esperemos que los micelios no se hayan secado. El micelio es muy delicado porque casi tiene nombre de flor. Ha de gestarse durante cuarenta días después de las lluvias. Los guiscaneros levantan la capa de jumas y se topan con las sombrillas de color rojizo, algunas como platillos volantes, que huelen a petricor entumecido, a un rancio herbáceo que en la plancha coge un regusto a bosque. Hasta Navidad tenemos faena.