JOSÉ ANTONIO MELGARES/Cronista Oficial de la Región de Murcia

Otra de las personas que integran el puzle social de la Caravaca del ecuador del siglo que se nos fue, cuya memoria permite reconstruir el panorama de aquel tiempo no tan lejano, es Guillermo José Elum Martín, cuya vinculación al mundo de la economía relacionado con el comercio y la banca supone un referente obligado para la comprensión En su bodade esta actividad como motor de la sociedad local.

Siempre impecablemente vestido, de andar pausado y peculiar, cariñoso de trato y relación fluida, Guillermo vino al mundo el 19 de marzo de 1932, siendo el único hijo del matrimonio integrado por Juan Elum Vives y la argentina (porteña) Sara Martín Ortiz, quienes establecieron el domicilio familiar inicialmente en la C. Mayor (donde nació Guillermo), y después y definitivamente en la actual calle del Dr. Alfonso Zamora (que como el lector sabe es la que más ha cambiado de nombre en los últimos cien años pues, a comienzos del S. XX se denominaba «de Alfonso XIII», luego «de la República», con posterioridad «General Queipo de Llano» y ahora con el nombre ya dicho).

Como tantos caravaqueños de su época recibió su primera formación en el colegio de las Monjas de la Consolación, pasando después por el de los PP. Carmelitas de La Glorieta y por el «Cervantes» en «Los Andenes» de la C. de Moratalla. Concluyó el bachillero en el colegio de los PP. Jesuitas (Santo Domingo) de Orihuela.

De aquella primera época de adolescencia y primera juventud conserva el recuerdo de amigos que nunca han dejado de serlo como Juan de Dios Teruel, Eladio Sala, Bernardo Vila y Juan del Toro entre otros.

Se incorporó muy pronto a la vida laboral en el negocio familiar regentado por su padre, vinculado a la representación comercial, fundamentalmente relacionado con el mundo del calzado, tan en alza a lo largo de toda la primera mitad del S. XX en Caravaca. La lona, las cintas, la cordelería, y luego los vulcanizados y gomas de pegar entre otros productos, fueron muy necesarios para la industria del calzado. Entre otras firmas, Guillermo representó como agente comercial a «Joaquín Pérez Gómez» y «Sotecxa» de Elche; y «Burlona» e «Hijos de Juan Martínez» de Lorca. También representó firmas de productos alimenticios y bebidas alcohólicas como «Quina S. Clemente» y los coñacs «Fundador» , «Veterano» y «Soberano» entre otras. La actividad comercial era compatibilizada con la denominada «Banca», abierta en los bajos de su casa, que venía a ser una correduría del Banco Hispanoamericano con sede en Mula. Fueron tiempos aquellos en que había más de una banca privada en la ciudad, entre ellas la de «Pepe Carrasco» en la C. Domingo Moreno, y la de Pedro Antonio Moreno en la C. Mayor.

Cuando el Banco Hispanoamericano decidió abrir sucursal en Caravaca en los primeros años setenta pasados, Guillermo se encargó de todos los trámites para ello, de buscar los primeros clientes y hasta del alquiler del local en la Gran Vía, muy cerca de la cafetería «Dulcinea» (que junto al bar «Comunicando» fueron durante lustros los lugares donde más transacciones económicas se hacían en la ciudad). De aquella entidad bancaria fue su primer director José María Carvajal, a quien siguió su hermano Jerónimo, siendo Guillermo el primer cajero de la incipiente plantilla.

En febrero de 1958 contrajo matrimonio con Caridad Castillo Guerrero, estableciendo el domicilio familiar en la misma calle, entonces «Queipo de Llano», donde nacieron sus tres hijos: Sara, José Juan y Guillermo.

Cuando el esplendor de la Semana Santa de los años cuarenta, fue uno de los fundadores de la cofradía pasional de «Los Blancos», formando parte de la comisión encargada de la adquisición de la imagen al escultor murciano José Sánchez Lozano, así como de la adquisición del trono, que durante muchos años se guardó en el desván de su casa junto a las primeras túnicas de los cofrades. Con él fueron promotores y fundadores de «Los Blancos» los Tesías, Pedro Barrera, Manuel Montiel y Tomasín entre otros, quienes encargaron la confección y pintura de la bandera y estandarte corporativos a Conchi y Teresa Elum, primas de Guillermo.

También formó parte de la Junta Representativa de la Real e Ilustre Cofradía de la Stma. Vera Cruz con los hermanos mayores Pedro Campos Orrico y Juan Marín Fuentes. De la primera directiva, como tesorero, del club polideportivo «La Loma», siendo de los promotores del mismo; y socio del Círculo Mercantil de cuya junta directiva formó parte durante años, siendo asiduo a la partida diaria de «dominó» y a la sala de «billar» en las instalaciones del mismo. De esta sociedad conserva uno de los números más bajos, lo que delata su antigüedad como socio.

Aficionado a los toros ha llegado a conocer la mayoría de las plazas de España, a las que acudía con su padre, muchas veces al encuentro con los rejoneadores Bohórquez, cuyos productos de sus bodegas representaba. Su ídolo en el arte de Cúchares fue «El Litri», aunque nunca desdeñó la valía y el arrojo de Luís Miguel Dominguín y de su amigo personal Pedro Barrera. También aficionado al fútbol, ha sido y sigue siendo seguidor incondicional de «El Español».

Recuerda con nostalgia a amigos de juventud con quienes hablaba y discutía de fútbol y toros en el recorrido diario de «las estaciones», tan habitual en la Caravaca de todos los tiempos, entre quienes le acompañaban Ramón «el Pera» Mario Moreno, Antonio Marín Jiménez, Antonio Reinón y «El Perniles», todos ellos mayores que él, con quienes compartió centenares de anécdotas.

También recuerda con nostalgia al grupo de matrimonios que se reunían a tomar café todos los martes, y a cenar los sábados en casa de alguno de ellos de forma rotatoria. Entre otras parejas, formaban aquella peña Juan de Dios Teruel y Gracita, Eladio Sala y Pilar, Manuel Ledesma y Piedad, Mariano Rigabert y Juana, Juan Marín y Carmen, Faustino Picazo y Julieta, Manolo Marín y Mari Paz y Joaquín Samper y Rosa.

Hoy, en el atardecer de la vida, tras quedar viudo en 2003 y haber estado a las puertas de la muerte, vive la madurez de los años rodeado del cariño de los suyos y del afecto de sus amigos con quienes a diario toma café en las inmediaciones de la Plaza Elíptica (ya de Paco Pim), invirtiendo las mañanas de cada día en largas conversaciones a las que cada uno de los asistentes: Antonio Puerto, Manuel Ledesma, Alfonso Moya y Dimas y José Alfonso García Paz, entre otros, aportan recuerdos, vivencias y hasta proyectos de futuro.