MAGDALENA GARCÍA/@garciafdez
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Todo el mundo a quien le conté que mi destino era la Ciudad de México para pasar una temporada indefinida (quizás este sea mi lugar para siempre, quizás no. Quién sabe) se echó las manos a la cabeza pensando en la inseguridad de este país. Es cierto que no es el país más inseguro del mundo, pero tampoco puedes aventarte y caminar sola a ciertas horas o por ciertos lugares.
Dicen (no es algo que haya contrastado) que casi el 90 % de la policía en México es corrupta. Y a partir de escuchar esa cifra, que te pone el cabello de punta, tú puedes quedarte parada ahí y criticarlo, o bien ir más hasta el fondo del problema y encontrarle, al menos, algo de sentido.
Cuando vine a esta ciudad la primera vez, hace unos tres años, lo único que conocía de ella era su música. La voz desgarradora de Chavela Vargas, el increíble potencial de Lila Downs. Lo que me contaba Joaquín Sabina en las tardes de lluvia con su Bulevar de los Sueños Rotos. La increíble vida de Frida Khalo, y su tolerancia al dolor, y cómo éste le hacía crear lo nunca visto, y su siempre amado Diego Rivera. Su famosa comida, que ninguna imitación en Europa logran alcanzar los sabores de acá. Y, por supuesto, el narco y su sangrienta forma de llamar la atención.
Las noticias que llegaban a España eran de pura sangría entre cárteles, y también contra mujeres, llegando a crearse el concepto de femenicidio. No voy a entrar en detalles, pues sería adentrarnos en el morbo, y no es lo que pretendo enseñarles de este país. Pero al menos si mencionar que las mujeres aquí están totalmente desprotegidas, y que la cifra de que 4 de cada 10 mujeres sufren maltrato no debería dejar indiferente a nadie.
Siempre me gustó caminar sola por las ciudades y descubrir paseando. Por lo general me describo así… «Descubro paseando». No hay nada más enriquecedor que observar con tus propios ojos, sin hacer juicios sobre lo que ves (aunque reconozco que en algunos casos es inevitable… Para conseguir no enjuiciar hace falta mucha inteligencia emocional). Esta ciudad, desafortunadamente, no me permitió mucho el lujo de disfrutar de mi soledad en sus calles. Recuerdo la primera vez que no sabía dónde me encontraba y tuve que preguntar. Me acerqué a un policía, como hubiera hecho en cualquier otro país, se volteó y con un arma enorme apuntándome me dijo «no sabría decirle señorita». Francamente, me sentí de todo menos segura.
Después vas descubriendo calles repletas de antidisturbios (o granaderos como se les llama acá), y temes lo peor. Pero poco a poco vas descubriendo que no se avecina nada temible… Simplemente están ahí, para imponer, para asustar a la sociedad (que lo consigan o no, es otra cosa). Y entonces me freno al hablar de policías corruptos, que lo son, y eso es decisión de cada individuo, y seguir el «juego» depende de uno mismo. Pero me queda más claro que todo esto está propiciado principalmente por un sistema corrupto, llevado por gobiernos corruptos.