FRANCISCO MARÍN/EDITOR EL NOROESTE

El Noroeste de esta semana, víspera de la  Navidad y último número de este aciago año de 2020, quiere destacar la callada labor de muchos de nuestros vecinos, reconocer su contribución a que hayamos podido transitar sin que faltaran los servicios básicos que, sin notarse, han aportado normalidad a la vida cotidiana y han cuidado de todos con entrega y humildad.

Hemos visto desfilar ante nosotros durante estos meses desde el inicio de la crisis sanitaria Covid 19 a representantes políticos y portavoces oficiales, colectivos médicos y científicos, opinadores de lo divino y de lo humano y representantes sociales que han contribuido a una mejor comprensión del alcance del problema y de la necesidad de actuar con responsabilidad  a la gravedad del reto que enfrentamos.

La sociedad, es decir los ciudadanos, han respondido con un alto grado de ejemplaridad a las demandas que se le planteaban y con contención a la cesión de libertades que las restricciones aún en vigor han impuesto durante este periodo. Hemos asistido por el contrario a un espectáculo poco edificante en el panorama político y en el debate público. Tiempo suficiente ha transcurrido para que vuelva la calma y se puedan afrontar con garantías de normalidad institucional tanto nuevos rebrotes de contagio como la ansiada campaña de vacunación que se nos anuncia inminente.

De todas las situaciones excepcionales que se viven, de las crisis que se sufren y de los peligros que se salvan, siempre se concluye que van a servir de lección de la que aprender, que dejarán huella para no repetir errores y, como en este caso, que habrá un antes y un después. Casi nunca es así. La inercia y la costumbre, los rasgos del comportamiento y las ambiciones de unos y otros conducen a naturalizar lo vivido y ponerlo en el plano relativo que más se acomode al devenir de los acontecimientos.

Está siendo esta crisis sanitaria sin embargo un acontecimiento  muy especial. Nos ha hecho a todos encargados de su solución, cuidadores de nuestro entorno personal y profesional, ha asignado responsabilidades personales y colectivas y, de manera dramática, ha señalado con especial saña a los más frágiles y a quienes más apoyo necesitan. A ellos les ha aislado y asustado.

En estas condiciones, cuando se aplaudía a los sanitarios, cuando se echaba de menos los más básicos equipos de protección, cuando el miedo atenazaba y el desconcierto lo llenaba todo, en todos esos momentos, han estado personas reales atendiendo lo colectivo, lo de todos,  en silencio, con discreción, sin reclamar en voz alta protagonismo ni atención. Ese es el valor real de una sociedad, su capacidad humana de servir y ayudar. Esa es de verdad la lección. GRACIAS.