JAIME PARRA

“Desde niño escuchaba de mi padre esas mismas cosas. Caminamos por esos cortijos y veredas, compartí su gratitud a quienes le dieron cobijo y calor, le sentí en los bailes y en las rondas y soñé con aquellas intensas rutas de marchante y de recovero. Del trato”. Francisco Marín, que ha editado con Gollarín, “Y también se vivía”, en su nota narra algunos de sus recuerdos, que coinciden con los del autor, Jesús López García.

Y también se vivía

Y también se vivía

Éste ha narrado la vida de los “últimos campesinos”. Niños o adolescentes en la Guerra Civil, jóvenes-adultos en la larga postguerra, adultos en plenitud en los años sesenta y setenta. Mayores, los que quedan ahora”. Aquellos que vivieorn en las sierras y en los altos de Caravaca, Moratalla, Puebla de Don Fadrique, Vélez Blanco, Yeste, María, Nerpio, Letur, Santiago-Pontones y otros municipios.

¿Por qué escribir este libro?

Por mi interés por ese mundo que se fue y del que conocemos a muchas personas, que además están dentro de nuestro círculo más próximo, y de otra por la visión de las ruinas de los lugares que tuvieron vida y que dejaron de tenerla.

Los primeros contactos, los primeros esquemas de trabajo los comencé a hacer en el verano de 2016.

Su generación, cuenta, ha sido testigo; la anterior, protagonista; ¿las próximas qué pensarán cuando lean tus páginas?

Les tiene que parecer imposible, quizá en esta zona por razones familiares entre algunos jóvenes aún se conserven los recuerdos de sus mayores, pero nuestros nietos pensarán: “no puede ser que se viviera de esa manera”.

Y mientras lo escribía me venía una pregunta recurrente: ¿nuestra vida ha ganado?

Hay otras épocas, como la civilización europea de entreguerras que ya solo la conocemos por libros como “El mundo de ayer”, de Stefan Zweig, ¿aspira a que “Y también se vivía” cumpla una función parecida, que en lo literario sea una oportunidad de “salvar” ese mundo”?

Quizás tenga un toque reivindicativo… el guante está ahí. Habrá que preguntarse si debemos dejar que desaparezca todo tipo de huella. El Retamalejo en seis o siete años se ha deteriorado a pasos agigantados.

¿Debemos dejar que se convierta en ruinas? Esa pregunta hay que hacérsela, pero no me corresponde a mí contestarla. Nadie duda que hay que conservar una iglesia, una catedral, un palacio, pero ¿la huella rural hay que dejar que desaparezca?  Hay queda. Por otra parte, también detesto que se denigrase o desvirtuase: convirtiéndolo en un parque temático.

En el libro sí se reivindica la memoria y la dignidad de la gente que vivió y se tuvo que ir, que padeció ese éxodo sin retorno, y quizá no la hemos valorado todo lo que merecen. En ocasiones todo lo contrario. Esa gente es depositaria de una cultura rica, que va desde el habla hasta los recursos de su trabajo, un conocimiento profundo de de la naturaleza…

Estamos hablando de una civilización, por lo que trato de apelar a su memoria.  Puede que subyazca en el texto una crítica al abandono al que se ha sometido a esa cultura que es nuestra.

Al finalizar el capítulo introductorio, “Cosas de mi vida que vienen al caso”, advierte que ha pretendido huir tanto de la nostalgia como de una visión idealizada o tremendista.

El libro quiere huir de los tópicos, más que de los tópicos, de los estereotipos, por eso quizá su género es difícil de encuadrar, es un híbrido entre relato y ensayo. Intenta en cada momento entrar en el alma de ese viejo mundo, y casi diría yo de ese fin de civilización, de cultura, pero no de una manera descriptiva, sino con los medios que te da la literatura como herramienta, de crear imágenes, de dar sensaciones a través de relatos, de contar pequeñas historias.

Como historiador, ¿se ha valido de las herramientas de su profesión para construir su relato?

He utilizado como herramientas auxiliares la antropología, la geografía, la historia y el documentalismo periodístico. ¿Qué lenguaje ha utilizado para que se exprese tanto el narrador como los personajes?

El libro rinde tributo a la oralidad, en convivencia con el castellano académico. Ahí el narrador juega un papel decisivo. Es un personaje complejo, poliédrico, que asume esos cambios continuos en el lenguaje. La literatura da unas posibilidades que no da el léxico científico.

Junta a la rica lengua castellana he podido aprovechar los recursos expresivos de nuestra habla próxima.

Al libro además lo acompaña un audio con los testimonios que ha recogido.

El audio creo que atrapa el espíritu del libro. Con música de los Animeros, es un homenaje a las gentes que han participado.

El libro funciona independiente, pero para mí es un homenaje a la gente de esas tierras que ha participado en él. Son sus voces, pude conservarlas grabándolas y vi que no era honesto guardarlas para mí. Es la razón del audio y creo que al conjunto le da una riqueza singular.

¿Cómo fue contactar con Pascual Adolfo López Salueña para que ilustrara tu libro?

Ahí Francisco Marín, mi editor, tuvo un papel fundamental. No solo en su elección; él fue un gran impulsor del libro. Me animó y me fue dando cobertura y recursos, incluido el ilustrador.

Pascual Adolfo se ha metido en el relato, en su música y lo ha sabido interpretar de manera magistral. No es que sean las ilustraciones un complemento, son el libro en sí, por su detallismo, las actitudes en personas, en animales… en él está la esencia del libro.