José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Durante gran parte del S. XX dos fueron los nombres que más sonaron y también rivalizaron en el mundo de la pintura industrial en el espacio físico caravaqueño. Por una parte Bernardino y por la otra Diego. Ambos pintores de origen muleño, afincados en Caravaca, temporalmente asociados y creadores de las dos escuelas de pintura que, con el tiempo, fueron conocidas popular y cariñosamente como Los Azorines y Los Diegos. Aquella compuesta por los empleados de Bernardino y ésta por los hijos de Diego. La dinastía de Los Diegos a la que hoy me refiero, fue fundada por el citado Diego Giménez Ibáñez tras llegar a Caravaca, desde Mula, en 1921, con el encargo de pintar una casa en la actual calle de Gregorio Javier, junto a la entonces farmacia de D. Pedro Antonio López. Aquí, en Caravaca contrajo matrimonio con Josefa Martínez López, estableciendo la residencia familiar en la calle del teatro, junto al Thuillier, donde vinieron al mundo sus cinco hijos: Ginés, Miguel, Juan José, Maruja y Concepción.

Ginés con otros empujantes

Ginés con otros empujantes

Ginés del Carmelo Giménez Martínez, el mayor de ellos, nació el 16 de julio de 1929 y, con sólo siete años comenzó a trabajar con su padre como ayudante de pintor, simultaneando el trabajo con los estudios primarios en al escuela de El Salvador, donde tuvo como maestros a D. Enrique Richard, D. Juan San Martín y D. Francisco Reina, entre otros. Su primer trabajo, ayudando a su padre, fue una casa en la Pl. Nueva (denominada entonces Casa de las Rejas), con acceso por la citada plaza y por la calle de la Aurora, que sube al Castillo, donde tenía el negocio de sastrería el reputado sastre local Jun Sánchez. En adelante serían sus principales clientes el oculista D. Miguel Robles Sánchez-Cortés, quien siempre tenía trabajos de pintura que llevar a cabo en el recordado Sanatorio del Camino del Huerto, y los empresarios cinematográficos Pedro Antonio y Rafael Orrico, quienes también le encargaban trabajos en el Gran teatro Cinema, Cine Michelena (luego Gran Vía) y Cinema Imperial. El Cinema se pintaba todos los años durante el verano (en que no funcionaba por hacerlo el Imperial). Por su parte este último se pintaba en primavera, sobre todo la pantalla, que era de obra, enlucida en yeso blanco. Del Gran Vía recuerda Ginés los trabajos llevados a cabo en el mismo cuando la empresa Orrico lo compró a Dª. Dolores Michelena Olano, y cambió no sólo su aspecto interior sino incluso el nombre. Otros clientes habituales de Ginés fueron el farmacéutico D. Luís Sánchez Caparrós (que tenía su domicilio y botica en la C. Mayor, muy cerca de La Compañía), y Dª. Carolina Delgado, quien en los años setenta vivía donde hoy abre sus puertas el Museo de la Fiesta, en el Puerte Uribe.

Ginés, el Pintor, formaba grupo empresarial durante mucho tiempo con su hermano Miguel, y sus sobrinos Enrique y Diego. Contrajo matrimonio en diciembre de 1960 con Carmen Rubio Romera, estableciendo el domicilio familiar también en la C. del Teatro, en casa alquilada a los Leante, donde vivieron hasta 1988, y hasta donde llegaron al mundo sus tres hijas: Fina, Carmen y Mari Cruz.

Los pintores industriales pintaban los interiores de los inmuebles, y también los exteriores, por lo que era preciso trabajar en andamios y a la intemperie, sufriendo el frío del invierno y el calor del verano. Ginés obtenía la materia prima en una droguería de Murcia ubicada en el pasaje entre el Hotel Victoria y las Casas de Zabalburu, cuyo dueño Manuel Rodríguez Gironés, era de Caravaca. Hasta aquí llegaban los botes de pintura en La Alsina, o eran adquiridos en al droguería de Adrián, que se ubicaba en la C. Rafael Tejeo, frente al comercio de tejidos del Tío Amarillo.

Antiguos empujantes del Carro

Antiguos empujantes del Carro

Con el tiempo, Ginés abrió taller en la C. Juan Carlos I, para pintar muebles, coches y camiones, primero a brocha y luego a pistola. Como pintor de muebles pintó casi todo lo fabricado por los carpinteros locales: Nevado, los Zarco, los Mixtas, Firlaque y Agustín Llanas, así como coches que ponían en sus manos los chapistas Pepe y Tudela, primero en el garaje Reinón y luego en su propio taller mencionado. En la pintura a pistola fue un autodidacta. Comenzó en ello en los años sesenta adquiriendo un compresor en Madrid que le costó 19.000 pts. y en ello siguió hasta su jubilación a la edad reglamentaria, en 1994, aunque no dejó de hacer chapuzas hasta que el estado de sus piernas se lo permitió.

Recuerda haber pintado, durante su periodo militar en Mallorca, el barco del capitán de su compañía y, más recientemente, el autobús de Los Royos, los coches de D. Blas Marsilla, de su hijo Amancio, del médico Manuel Bernal, del farmacéutico Luís Sánchez Caparrós y cientos de vehículos que llegaban a su taller desde las compañías de seguros.

A pesar de su condición de pintor industrial, trabajo del que vivió y sacó adelante a su familia, a Ginés se le recuerda como asiduo empujantedel Carro de la Stma. Cruz por las calles de la ciudad, durante sus fiestas mayores celebradas cada año en los primeros días de mayo. La primera vez que lo hizo fue en 1965, en virtud de una promesa, ocupando el lugar de Paco el Pimporrio, su barbero. Desde entonces y hasta 2009 lo hizo ininterrumpidamente habiendo tenido por compañeros en la oscuridad y el anonimato del gratificante trabajo, a muchas personas entre las que recuerda a Mariano García-Esteller Bañón, a Pedro Antonio Melgares Moro, a Alfonso el Pili,Antonio Albarracín, José María Fuentes, Paco y Manolo (Los Mochuelos), Eugenio Alarcón, Pepe (cuñado de Molowni), Valentín Leante y, en los últimos años a los exhermanos mayores Pedro Guerrero Cuadrado y Manuel Fernando Guerrero Sánchez.

Recuerda Ginés la antigua iluminación del Carro con alumbrado eléctrico facilitado, mediante mangueras, de puntos callejeros hoy desaparecidos. La subida de la calle Gregorio Javier y sobre todo de las cuestas del Castillo, cuando no había asfalto, pisando charcos y excrementos de animales y sudando a raudales cada tarde del cinco de mayo.

En el interior del Carro siempre han ido cinco personas (el conductor y cuatro empujantes). Recuerda como conductores a Antonio Reinón, Pedro Antonio Melgares y, en los últimos años a Eugenio Alarcón que, anualmente, se desplazaba desde Valencia sólo para ello. Entre el entramado metálico interior disponían una cuerda donde colgaban la ropa que les iba sobrando, pudiéndose sentar en el mismo durante las paradas. Recuerda, también, la polvareda interior, hasta casi no poder respirar, que se formaba cada tarde del 5 de mayo al regresar la Patrona Al Castillo, cuando los fieles, ávidos de una flor de las que habían adornado su entorno, luchaban por conseguirla sin ningún miramiento. Recuerda así mismo las convidadas en el Quiosco de Piedra, junto al Templete, cada tres de mayo, durante la ceremonia del Baño y recuerda la única ocasión en que la Stma. Cruz procesionó por las calles de Murcia, en noviembre del año 2000, con motivo del Jubileo Universal de la Encarnación.

Profesional escrupuloso y perfeccionista, de gran reputación en el ramo de la pintura industrial; caballista apasionado, fundador y seguidor perenne de la peña Zambra, Ginés, el pintor optó, mientras no le fallaron las fuerzas físicas (lo que coincidió con la fabricación del nuevo Carro de la Cruz), por recluirse cada tarde, durante los días de las Fiestas, bajo el carro de la Cruz, y desde allí, en silencio y anónimamente servirla, con la generosidad de los grandes, mientras otros se exhibían ante el aplauso y el elogio de los demás. Bien es cierto que en un momento determinado, la Junta Representativa de la Cofradía le dedicó, junto a otros, un homenaje de reconocimiento por su labor callada, desinteresada y altruista al servicio de la Patrona.