ANTONIO F. JIMÉNEZ

Gasol. Pau Gasol. Lo veo en un póster adornando una vieja rotura en una puerta, estirándose para cascar un mate. Aún no tenía barba, o acaso le sombreaba. Tengo el recuerdo más o menos vagoroso de una entrevista en la que Gasol aún no era el Gasol internacional que es ahora y decía que si no hubiera salido lo del baloncesto habría apostado por la carrera de medicina. Gasol pudiera ser nombre de medicamento o de una marca de gasas o de gasoil. Pero Gasol es más como de guiñol. No sé si la firma de un dibujante o un emblemático personaje. Me recuerda a cuando alguien dijo que José Luis López Vázquez era el protagonista de todas las viñetas de Mingote. La ‘o’ de Gasol se estira para abajo, como cuando Imhotep abría la boca. Esto quizá sea una hipérbole excesiva. El mundo parece estar lleno de exageraciones excesivas. Septiembre por ejemplo viene a ser una sublimación de los papeleos, una bacanal de burocracias y transferencias y desidias. Las ilusiones menguan conforme oyes la palabra compulsado. Por primera vez Felipe VI no es más alto que sus contertulios. Entre los gigantes de la Selección dijo las cuatro obviedades del orgullo patrio en temas de sport y luego puso la mano para que se la pegaran los casi trescientos barbudos para gritar la voceada de Leónidas. Gasol y Felipe se pegaron un abrazo. Es la última Eurocopa para Gasol. A los dos Felipes, o sea, al rey y a Reyes, les faltó decir lo de oh, Capitán, mi Capitán. Qué joven y retraído Ethan Hawke en aquella película. A partir de los Antes de las chicas empezaron a llevarlo en sus carpetas de colegialas como única ilusión después de los plúmbeos trámites administrativos y los chicos se dejaron la hirsuta perilla draculina. Hubo los desaliñados que prefirieron la de Gasol.