Francisco Fernández García/Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

El 11 de noviembre de 1802 D. Rafael Soriano, médico titular de la villa de Caravaca, en unión de los también médicos D. Pedro Fernández y Cuidado de los enfermos en el siglo XIX. Camilo Molina certificaron oficialmente el fin de la epidemia de fiebres tercianas que había afectado a nuestro término municipal durante los últimos 4 meses. Además de por el propio suceso, la historia tiene el interés añadido de acercarnos a la medicina de esa época, su casuística, terminología y curiosos métodos curativos.
Se conocen como fiebres tercianas aquellas que se caracterizan por su carácter intermitente, con crisis cada 3 días, de aquí el nombre, siendo la más habitual el tifus. Fue precisamente esa modalidad la que se desarrolló en la ocasión que nos ocupa, siendo causa de una considerable mortandad. No es de extrañar que en épocas en las que el desarrollo de la medicina era ampliamente menor se recurriese a todo tipo de remedios, tanto humanos como divinos, para librarse de estos males.
La epidemia de 1802 fue bastante importante, incidiendo tanto en la ciudad como en el campo, siendo así evaluada por los propios médicos de la villa en el mencionado informe: “la epidemia de tercianas gastrico-putridas de que ha sido invadida esta población, y con mayor vehemencia su vasto y dilatado campo, que principio a ultimos de Julio, se aumentó en Agosto, y llegó a su estado en el mes de Setiembre, fue declinando sucesivamente en el de Octubre, de modo que en el dia es muy raro el que cae de nuevo enfermo de dichas tercianas; y solo se experimenta alguna u otra enfermedad propia de la estacion dominante y de la alternativa de frio, y Calor repentinas: a saber Catarros, anginas, y algun dolor de costado”.
Según los médicos los primeros casos aparecieron a fines de julio, adoptándose desde ese momento las disposiciones oportunas para combatirlos; no obstante, hubo quien pensó que existió cierta negligencia por parte del Ayuntamiento, puesto que entendían que los primeros indicios se habían manifestado durante el invierno, no tomándose en ese momento ninguna medida preventiva, ni tampoco de otra clase, destinada al control de la posible epidemia, motivo por el cual alcanzó una gran virulencia durante los meses estivales. En cualquier caso, su origen se atribuyó oficialmente a “los miasmas que se exalavan de los lugares pantanosos, cuias aguas se corrompieron por los excesivos calores del verano”. Decretada la epidemia, las autoridades municipales apremiaron a los médicos para que presentasen las disposiciones que se debían adoptar al respecto; estos propusieron “que imediatamente se diese corriente a las aguas estancadas; que se cegasen las balsetas destinadas a cocer esparto; que se diese desagüe a las balsas del cañamo; que se purificase el aire de las habitaciones por medio de las fumicaciones del vinagre, y los riegos de agua de cal; que no se sacasen las basuras de las casas sin haverlas rociado con dicha agua de cal hasta estar desinfectadas, y haver perdido el olor putrido que exalavan; y que se prohiviese a los barberos residentes en las diputaciones de este campo el sangrar como lo estavan egecutando, mediante a que dominando los sintomas de putrefaccion era un veneno cada sangria que egecutavan conduciendo a los pacientes al sepulcro”, a lo accedió el ayuntamiento declarándose conforme con todo lo solicitado.
La enfermedad no afectó a todos por igual, dependiendo su gravedad de la “naturaleza, temperamento, edad, estado y costumbres” de los infectados, de modo que los facultativos, para proporcionar métodos curativos eficaces, procedieron al estudio de la población afectada, examinando a los enfermos y practicando autopsias a los fallecidos, en concreto fueron “once cadáveres de Párvulos, Adultos y Viejos de ambos sexos”, en los que encontraron “una gran cantidad de Humor bilioso verde, y corrompido en el estomago, e intestinos; y en siete cadaveres bastantes lombrices redondas y largas; muchas en el estomago de algunos y en otros en los intestinos tenues”.
El estudio permitió a los médicos la formación de 2 grupos, estableciéndose para cada uno de ellos tratamientos diferentes. El primero estaba integrado por los casos más graves con riesgo de perder la vida, es decir, por “aquellos a quienes desde el principio se manifestava atacada la vida en su origen, y se observavan síntomas de sopor, letargo, colera morbo, cardialgia, u otro semejante”; para estos enfermos propusieron “una curacion coacta dandoles Quina en cantidad, asociandola con la contrahierva Serpentaria, Valeriana silvestre, alcanfor, y aplicandoles al mismo tiempo sinapismos, ventosas, cantaridas, y demas excitantes de la sensibilidad e irritabilidad del sistema nervioso”.
La segunda categoría era la más numerosa, ya que englobaba a quienes presentaban síntomas de gravedad, pero sin existir peligro de muerte, a no ser que continuara desarrollándose negativamente. En palabras de los médicos, aquellos casos “que no se han presentado con síntomas de malignidad, y si con los que demostravan vicio en primeras vias, lo que indicava el uso de los vomitivos, y Purgantes; si no havia contraindicaciones de los primeros, se les administravan repitiendolos en caso necesario, con lo que arrojavan una porcion de Bilis degenerada y corrompida, y no pocos bastante numero de lombrices por vomito y cuajos; y cuando los vomitivos estavan contraindicados se hacia uso de los Purgantes, y en seguida de la Quina y demas amargos, y anti-verminosos con lo que inmediatamente recobravan la salud perdida”.
A pesar de los esfuerzos, la epidemia seguía desarrollándose y la mortandad creciendo, debido fundamentalmente a las condiciones socioeconómicas de los afectados y también a prácticas nocivas respaldadas por la ignorancia de la población y que, como el caso de las tradicionales sangrías, fueron prohibidas: “el mayor numero de enfermos son o Pobres infelices a quienes de un todo faltan los Alimentos y Medicinas; o Labradores del Campo que tienen precision de asistir a sus labores, (y no quieren sujetarse a la curacion por la idea falsa  en que los tienen persuadidos los Barberos de que la Quina los abrasa, y que lo que necesitan es refrescarse y sangrarse); o son Jornaleros, y Artesanos que fian en su trabajo la subsistencia de sus familias ”. Para estos casos, así como para evitar recaídas, los médicos sugirieron al ayuntamiento la adopción de medidas para “socorrer a tantos como recaen por la falta de Alimentos, y Medicinas; prohibiendo a los Barberos el uso de las sangrias; precisando a los Labradores a que se sujeten a la curacion y desaguando los sitios que aun se hallen con aguas estancadas”.
La situación fue empeorando debido a las dificultades para enterrar al elevado número de fallecidos con los consecuentes perjuicios sanitarios, llegándose hasta tal punto que a mediados de agosto el médico titular, señor Soriano Laguna, presentó un memorial ante el ayuntamiento sobre “sobre los cadáveres que se entierran en la Bobeda de Santa Maria la Real, ayuda de Parroquia, a resultas dela Epidemia de tercianas que se experimenta en esta Villa y doze partidos del campo, que se tomen las oportunas providencias para evitar la putrefacción, que se puede trancender de dichos partidos, y la necesidad que se experimenta, asi enesta Villa como en el Campo en muchas personas que por su Pobreza carecen de facultades para su Alimento y Medicina”. En iguales términos se manifestaron los otros dos médicos de la población, a los que se sumaron las quejas de los vecinos inmediatos a Santa María la Real, “por ser donde con mas frecuencia se ejecutan los entierros”; este es el nombre con el que en aquella época se conocía la iglesia de los jesuitas en la calle mayor. Para intentar remediar la situación, el ayuntamiento ordenó la inmediata construcción del cementerio descubierto cuya ubicación se había decidido dos años antes, procediendo a la compra urgente del terreno necesario y “seguidamente a su bendicion e señalamiento con Postes que le distinga, colocando, si se estima oportuno, cruzes de magnitud en sus extremos, con el objeto y miras de que puedan desde luego enterrarse aquí todos los que fallezen, no solo en al población, si tambien los habitantes y moradores de los doze Partidos del Campo”. El cementerio aludido es el que se conoció como “cementerio viejo”, que comenzó a utilizarse a partir del 1 de noviembre de ese año cuando la epidemia había desaparecido.
No podemos contabilizar la mortandad al no conservarse en el Archivo Parroquial el Libro de defunciones correspondiente, tan solo decir que el temor entre la población fue tan grande que se organizaron rogativas llevando la Vera Cruz por las casas de los enfermos y realizándose el baño en agua en el Templete en su festividad del 14 de septiembre. Pero de eso, así como del control y cese de la epidemia trataremos la semana que viene.