José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz

Hasta bien entrada la década de los pasados sesenta, el Cronista, y quienes andan con él entrados en años, recordamos la imagen de muchas mujeres, cántaro de barro o cubo metálico en mano, camino de la fuente o de regreso de aquella, pues el agua corriente domiciliaria no se generalizó totalmente en la ciudad hasta los años finales de la década mencionada. Ni que decir tiene que el agua no se empleaba hasta esos años con la necesidad imperiosa que ahora, y que de entonces y años atrás debe ser, la afirmación puesta en boca del nuevo rico que decía disponer de cuarto de baño en casa pero no tener que usarlo gracias a Dios, afirmación que tenía un sentido que hoy, evidentemente, no tiene.

Fuente de la Puentecilla

Fuente de la Puentecilla

La población se surtía de agua para el consumo doméstico en fuentes públicas estratégicamente situadas en diferentes lugares urbanos, a los que exclusivamente las mujeres se dirigían para abastecerse del líquido elemento con recipientes como los ya mencionados. Paulatinamente el Ayuntamiento fue ampliando la red de aguas potables, concediendo a cuantos particulares lo demandaban, plumas de agua para el consumo particular, hasta la generalización total que las actuales generaciones conocen y disfrutan. Si bien es verdad que de acuerdo con un horario de consumo, pues a todos los barrios no llegaba el agua a la vez, ni se disponía de ella veinticuatro horas como ahora.

Las fuentes callejeras a que me refiero (cuya relación debe completar el lector con las almacenadas en su propia memoria), se situaban en la Plaza Nueva, en La Puente Molino, en las Esquinas del Vicario, en la Puentecilla, en laC. Ramblica, en laC. Mairena y en la Cuesta del Castillo, y no todas eran iguales en su configuración y estructura.

La de la Plaza Nueva era un monolito de piedra situado en el centro de aquella y junto al árbol; con espacio circular a su alrededor, levemente inclinado hacia el centro, por donde desaguaba, evitando así el encharcamiento en su entorno. El monolito constaba de dos partes, como se puede apreciar en la imagen: un plinto de sección cuadrada y un vástago superior, de terminación piramidal, donde se ubicaba el grifo, de latón y accionamiento manual. Durante muchos años, bajo el grifo hubo un soporte metálico donde disponer los cántaros mientras se llenaban de agua, sin tener que mantenerlos a pulso, aminorando así el esfuerzo de la mujer.

A la Plaza Nueva (también llamada del Progreso) acudían, además de la población femenina de la zona, los Rivero de la Imprenta, para lavar de tinta las planchas utilizadas en la impresión de sus trabajos, y Pedro Díaz (Perico el de las Gaseosas), desde la cercana calle de Domingo Moreno donde se ubicaba su industria de elaboración de sifones y gaseosas, para la elaboración de sus productos. Así mismo se acudía a la fuente desde el horno de la Paz, y la utilizaban los grupos de compradores y vendedores que a su alrededor se reunían los lunes, con motivo del mercado semanal de animales de corral y huevos, celebrados allí durante décadas. Los niños, que por su estatura no llegaban al grifo para beber, trepaban por el pilar de piedra hasta llegar al citado grifo, que chupaban continuamente y sin escrúpulo alguno.

Fuente de la Plaza Nueva

Fuente de la Plaza Nueva

La fuente de la Puente Molino (o Puente del Molino) era diferente. De ella sabemos la época de su construcción, sustituyendo seguramente a otra anterior, y de su utilización tanto por humanos como por animales. Según lápida de mármol blanco con inscripción conmemorativa allí mismo colocada, el lugar se denomina Fuente de las caballerías y se erigió, o transformó, en 1870 por acuerdo del Ayuntamiento y propietarios de todas las hilas de aguas de la ciudad, siendo Alcalde Primero D. Manuel Amoraga y Torres en el año referido. La fuente se restauró en 1994 y es una construcción en forma de ele, con vaso de piedra de 8 m. de largo por 1 de ancho y muro también de piedra perpendicular al vaso, cuyo remate está ligeramente labrado. Del muro vertical salen cuatro caños, dos de los cuales vierten agua continuamente en la actualidad. En el vaso bebían los animales y los humanos se abastecían del agua que salía por los caños.

Las demás fuentes callejeras eran de hierro forjado, posiblemente fabricadas en industrias metalúrgicas de Murcia o Cartagena (las mismas que fabricaron los conductos verticales de desagüe, de las canales de tantos edificios urbanos), cuya estructura constaba de dos partes bien diferenciadas: una vertical (la metálica) donde se alojaba el grifo, y otra horizontal, de piedra blanca, a manera de pila con rejilla en su base por donde desaguaba, en la que se disponía el cántaro o el cubo mientras se llenaba. El grifo era siempre de latón, se accionaba manualmente y del manoseo continuo a que estaba sometido su brillo era impoluto. Aún se puede apreciar una de estas fuentes, en estado de abandono y muy deteriorada, en la Puentecilla, y concretamente en la confluencia de ésta con las calles Adanes y Barbacana.

Ante las fuentes callejeras era habitual encontrar, a todas las horas del día y hasta bien entrados los años sesenta, como ya se ha dicho, grupos de mujeres, delantal en la cintura, en amena conversación, aguardando su turno para llenar el recipiente de agua con la que abastecer su domicilio en distintos usos. La fuente, como el lavadero público, siempre fueron lugares de reunión femenina, de conversaciones íntimas, lejos de la presión doméstica o social que exigían cierta compostura convencional en otros lugares, por lo que hubo ordenanzas municipales antiguas que prohibieron a los hombres detenerse ante una y otro, incluso con penas de multa, pero de eso hace ya mucho tiempo. También las fuentes urbanas y el ir y venir de ellas, supusieron para el público femenino joven pretexto o excusa para salir de casa al encuentro con el pretendiente, y para una conversación fugaz, lejos de la escrutadora mirada de la madre.

Cuando se generalizó la incorporación del agua corriente a la totalidad de al población, como antes dije, tampoco había suministro durante veinticuatro horas diarias, sino que, mediante un sistema distributivo planificado por el Ayuntamiento, se daba agua a una zona del pueblo mientras se privaba de ella a otras, como el lector recordará. Al inicio de la calle Mayor, frente a la iglesia del Salvador, había una gran llave hidráulica subterránea, que los fontaneros municipales accionaban a diario, en determinados momentos, produciendo un peculiar sonido que todos los de la zona conocíamos e identificábamos, y que derivaba el agua potable a unos lugares u otros de la ciudad. Cuando los lunes generalmente, había función de teatro o de revista en el Gran Teatro Cinema echaban el agua por la tarde-noche a la zona urbana del Hotel Victoria, para que pudieran bañarse los/as artistas que allí se alojaban.