GLORIA LÓPEZ CORBALÁN
Frida es, de entre todas mis mujeresFrida, la que más me gusta. No sé si por ser pintora, libre, heteroflexible, sufrida, engañada, enamorada o roja. Igual es porque todo lo retenía esa pequeña niña que nacería un 6 de julio de 1907 en un cuerpo que sería su fuente de dolor pero también de creatividad. A los seis años sufre un ataque de poliomielitis que sería solo el principio y quizás, el más leve de sus sufrimientos.
En 1922 se inscribe en la Escuela Nacional de México, donde lideraba no a los mejores estudiantes, sino a todos aquellos que el sistema no aceptaba. Como ella. Unos años después, en 1925, cuando ya ha estudiado técnica de grabado porque le atraen las artes plásticas, sufre un accidente. Su vida desde que la bajaron del tranvía aquel día, con la columna vertebral,  varias costillas, el cuello, la pelvis y hasta un pie roto; sería ya un constante viaje y 35 paradas (las veces que la operarían) en diversos hospitales.  Pero ella es testaruda y fuerte e ingeniosa, y aún postrada en la cama no deja que la apatía ni la tristeza puedan con ella.
Y mientras Frida piensa como pintar postrada en una cama, hay un pintor llamado Diego Rivera que recorre el mundo aprendiendo pintura y conociendo a gente, principalmente esposas. Dos dejaría en Europa antes de volver a México contratado para hacer un mural en la Escuela Nacional. La misma en la que Frida estudia. Rivera tiene 36 años y Frida 15. Apenas se fija en aquella niña tullida que le viene a visitar. Él sigue su camino y va haciendo paradas en distintas camas, siempre de hermosas mujeres. Ella mientras rehace el suyo en camas de hospitales.  Lo que no junto el amor, vino a juntarlo Marx. Y Diego, como todos los infieles, que es muy creyente en el matrimonio, se casa con Frida en 1928. Sería su cuarta mujer, que no la última.
Aparte de ser comunistas, los dos eran bastantes flexibles en las cosas del amor, y las mujeres  y los hombres pasaban los mismo por una cama que por la otra, pero todo tiene un límite, que se puede ser infiel pero hay que mirar con quién. Y si ese quién es tu hermana, pues pasa lo que pasa, que Diego salió de la famosa casa azul con los pinceles puestos.  Para entonces Diego ya había convertido a la pequeña paloma en lo que sería la marca Frida: vestidos mexicanos  típicos, largos, coloridos, pelo trenzado y cejas sin depilar.  A Rivera así le gustaba que fuese y así la vendía. Fue a través de los gustos de él que ella encontró su estilo. Qué cosas.
Pero no fue Diego el único que no atinó con los amantes. También ella se daría el gusto de tirarse al amigo de su marido, que no era otro que Trotsky, que llego como invitado a la Casa Azul en 1937, y no venía solo, le  acompañaba su esposa. Un modelo de matrimonio para todos los comunistas, si es que los comunistas pueden creer en eso… Trotsky tenía sesenta años y Frida unos treinta. Rivera viajaba mucho y Natalia confiaba en su esposo. No había nada que se opusiera al romance. Una mujer comunista no podía desaprovechar la oportunidad de acostarse con alguien así. Y para un hombre siempre es atractivo acostarse con una mujer más joven.
Total, que entre unas cosas y otras, pues se dan el gusto. Pero poco rato. Él vuelve a su placido matrimonio, eso sí, unas casas más allá y Frida y Diego se separan.
León sería asesinado por  Ramón Mercader en 1940. El año antes, Frida se había divorciado de Rivera,  que fue acusado de su asesinato. Y muerto el causante del divorcio, la pareja volvió a casarse. Los dos siguieron con su matrimonio sin cambiar demasiado sus estilos de vida, esto es, Diego acostándose en la cama de quién se le antojaba y ella sin salir de la suya. Pero a partir de 1950 los problemas de salud de Frida se agravaron y en 1953 le cortaron una pierna. Las fuerzas se le acaban a esta mujer entre tanto sufrimiento y dolor y quiere morir en su Casa Azul.  Allí la lleva Diego que «la veo sufrir tanto que, a veces, pienso en matarla para acabar con ese sufrimiento».
Frida murió en julio de 1954. Ahora sí, estaría entre las más estrelladas.