José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Hubo un tiempo, durante la década de los sesenta del pasado S. XX, en que (como recordará el lector entrado en años), la presencia de las cabilas moras y mesnadas cristianas en el cortejo de la Cruz se caracterizaba por un modo de desfilar muy diferente al actual. Más marcial y serio en exceso, heredado de las formas militaristas imperantes en el seno del régimen franquista. Las bandas de cornetas y tambores, con su marcial redoble y su ritmo acelerado, constituían el acompañamiento habitual de los conjuntos festeros en las calles de la ciudad. Grupos de gastadores haciendo alarde de vigor y fuerza física, constituían la avanzadilla de cada unidad festera, de manera semejante a los desfiles militares, tan frecuentes en la España de entonces.

Pedro Rubio en 1960

Pedro Rubio en 1960

El último ejemplo de aquella marcialidad y seriedad en la forma de desfilar, muchos años después de caer en desuso y ser sustituida por la actual elegancia festera, fue Pedro Rubio Guerrero, uno de los 13 miembros de la inicial célula rifeña fundada en 1959, que se incorporó al cortejo de la Cruz en la edición de fiestas del año siguiente, con 21 cabileños más la madrina, Crucita Orrico.

La altiva figura de Pedro Rubio muchos la recuerdan en vivo y otros la conocen por fotografías, desfilando el último en la formación de su cabila, alfanje al hombro, fija su mirada en el horizonte, impasible en su ademán, paso quedo entre marcial y solemne, y de aspecto inalterable.

Pedro Rubio nació en el nº 13 de la calle Rafael, el 4 de agosto de 1912, siendo el primero de los seis hermanos que trajo al mundo el matrimonio formado por Tomás Rubio y Encarnación Guerrero. Trabajó en su adolescencia como dependiente en la Tienda de Los Elías mientras le llegaba el turno para entrar como meritorio(sin sueldo) en el Banco Español de Crédito. Cuando se presentó la oportunidad de hacerlo la rechazó, aprovechándose del rechazo su hermano Manolo, quien entró en Banesto siendo director de la sucursal de Caravaca Pedro Antonio Moreno. Desde entonces, junto a su padre y hermano Tomás, trabajó en la Agenciaa la que me referí en EL NOROESTE (de 13-29.I.07) hasta su jubilación. Casó con Concepción Navarro Álvarez, fijando inicialmente la residencia familiar en la C. Canalejas, y posteriormente en Vidrieras, de nuevo en Canalejas y pasando sus últimos años de vida en la C. Cervantes, donde falleció el 3 de abril de 1999, habiendo tenido con su mujer cuatro hijos: Tomás, Encarnita, Pedro y Jesús.

Bendición de la bandera rifeña

Bendición de la bandera rifeña

La sede social de la Agencia Rubio, en la Plaza del Arco era, en días alternos, también despacho cabileño rifeño, donde Pedro, mientras trabajaba, no sólo escuchaba paciente confidencias sin cuento de clientes y amigos, sino que sacando tiempo a su horario, ventilaba múltiples asuntos de la cabila.

Allí, en la Agencia, se gestó la primera indumentaria festera: un atuendo que llevó a cabo Antonio El Modisto, a base de un pantalón bombacho color granate, chaleco amarillo con escudo rifeño, fajín verde y capa blanca, tocado con turbante amarillo y verde, todo ello con género adquirido en la Tienda de los Jiménezdonde otro cabileño, Matías Albarracín, trabajaba. Las botas, que posiblemente fabricó Juan Tacón en su taller frente a la Compañía, eran de cuero teñido en verde. En sus manos un alfanje de perfil muy pronunciado y escudo rifeño.

Originariamente, Pedro y sus compañeros cabileños usaron barba postiza atada por la nuca, muy incómoda por el picor que producía, la cual sustituyeron con el tiempo por la propia de cada cual. Pedro se la dejaba en octubre y, ritualmente se la afeitaba cada año el 6 de mayo, en la barbería que el Pimporrio tenía en el primer tramo de la Cuesta del Castillo.

Pedro Rubio, con el resto de sus compañeros rifeños (a quienes me referí en EL NOROESTE de 25 de abril al 9 de mayo de 2009), tuvieron su propia manera de concebir la Fiesta, aportando un ritmo diferente al devenir de la misma. Formaron un grupo muy coherente y cohesionado, afincado en la Plaza Nueva, donde el entonces desvencijado Teatro Thuillierconstituyó su cuartel general, a la sombra de la Torre del Salvador, junto a los hermanos Rivero (Julian y Enrique, de la imprenta), bajo el chorro de agua de la fuente, al aroma del horno de la Paz y la exquisiteces de la Peña Mariano. Sin fortuna personal ninguno de ellos y con ilusión incontenible, sacaron la cábila a la calle, con muchos esfuerzos (que ellos supieron convertir en diversión) y verdadera devoción a Caravaca y a la Stma. Cruz.

Con su mujer, Concepción Navarro

Con su mujer, Concepción Navarro

No sólo ellos, los 13 iniciales y los 21 definitivos, sino sus respectivas familias, colaboraron ilusionados a la materialización de un proyecto que vieron, vivieron y disfrutaron hasta que la edad y las fuerzas físicas lo permitieron.

Entre las actividades para recaudar fondos formaron su propio grupo artístico, que representó obras de teatro, zarzuelas y lo que ellos mismos denominaron Estampas Rifeñas de ambiente moro, dirigidas por Matías Albarracín, ensayadas en el Thuillier y representadas en el Cinema que prestaba generosamente para ello la empresa Orrico. Entre las zarzuelas: La Reja de la Dolores, Verbeneras y Los Claveles, siendo sus principales actores el propio Pedro, Antonio El Gamba, El Bolo, Juan Corbalán, el Rojo Romeral,José Comino, Ramón el Pera, Anita Ortiz, Pepe Sánchez Alburquerque y Sole Valdivieso entre otros muchos.

Cuando en el horizonte del calendario se intuían cercanas las fiestas, y comenzaban a llegar los cabileños ausentes en Cataluña, cada noche, el grupo, con animación inusitada, aguardaban su llegada en La Solvit,para darles la bienvenida. Colocaban paleras  en macetas de sus balcones para identificar, entre las demás de la ciudad, las casas rifeñas, y llegaron a vestir lo que llamaron uniforme de paseo en los actos no exclusivamente festeros.

En el seno del Bando Moro inventaron el denominado Paso Truquero en el que parecía que todos iban cojos. Contaron originariamente con un grupo de gastadores, en el que, entre otros, figuraron Antonio Celdrán el Machote, Pepe Sánchez Alburquerque, un hijo del Rojo Romeral, Virgilio Torrecilla y Juanito Celdrán. Así mismo integraron en la cábila un grupo de mujeres denominado Esclavas Rifeñas, que inicialmente salieron con indumentaria alquilada y después con otra, fabricada por ellas mismas. Entre ellas: Amalia Celdrán, Mari Vacas, Mari Toni Sánchez, las hijas de Enrique y Julian Rivero y la mujer de Bartola Caparrós.

Tuvieron himno propio, el famoso Piropo Rifeño, a cuyo ritmo aún hoy desfila la cábila; con letra del poeta Elías Los Arcos y música de Diego Cortés. Y aunque generalmente tuvieron banda de tambores propia, que dirigía Alfonso El Pili, cada cuatro de mayo, traían la Banda de Infantería de Marina de Cartagena que tocaba  pasodobles como Banderita tú eres buena.

Pedro Rubio, por diferencias con algún cabileño, y cuando comenzó el declive físico de aquella primera generación rifeña, optó por otra cábila con nueva sangre festera, que concibió la mente siempre creativa de José Antonio López el Jata: Los Ceyt-Abuceyt, en cuyo seno se integró sin abandonar su particular modo de desfilar, siempre el último, erguido, altanero y con la mirada puesta en el Castillo, relicario de piedra de la Vera Cruz.

Tocado por la enfermedad y sólo porque le fallaron las fuerzas físicas, Pedro Rubio abandonó la militancia activa en el mundo de la Fiesta, el cual llevó en el corazón hasta que dejó de latirle en la primavera de 1999.