JOSÉ ANTONIO MELGARES

Abonico, sin molestar a nadie, en silencio y mientras concluían las Fiestas del Cincuentenario se marchó Juan Miguel Guerrero López el 5 de mayo, a la vez que también se marchaba la última edición de aquellas a la alacena del recuerdo. No vio el espectacular Desfile que hicieron los suyos el día anterior, y en el que intervinieron «los que quedan de entonces», pero lo sintió desde su lecho de muerte en el Hospital Comarcal. Fueron éstas, sin duda, las últimas percepciones terrenas, y también las primeras, camino del encuentro con los demás en el desfile eterno al lugar donde nos aguardan.

Juan Miguel Guerrero, en 1960

Juan Miguel Guerrero, en 1960

Juan Miguel Guerrero nació en Caravaca el día de Todos los Santos de 1931, hijo del cronista, poeta y procurador Manuel Guerrero Torres, quien le inoculó su dedicación a la ciudad y sus gentes. Los comienzos de su formación universitaria estuvieron vinculados a la Medicina (por seguir los pasos de su tío Alfonso López (D. Alfonso el de Las Lomas) si bien, pronto descubrió su verdadera vocación al servicio de la Ley, estudiando, libre, la carrera de Derecho en la Universidad de Murcia, a cuyo ejercicio dedicó su vida profesional.

Sin embargo, la faceta de su vida que hoy nos interesa es su vinculación al mundo de la Fiesta, desde su adolescencia hasta el final, siendo uno de los forjadores de la misma en 1959 y en adelante a partir de aquel momento.

Con aquellos otros «doce templarios de la fama» compartió la incertidumbre, el temor al ridículo y el desasosiego por si aquella «locura» se hacía en el momento adecuado. Y también saboreó las mieles del triunfo tras la entusiasta respuesta de la gente, en aquellos días ya históricos y legendarios del 59.

La vinculación de Juan Miguel a la inicial célula templaria tiene su explicación en la amistad que le unía con el resto de los componentes de aquella, e incluso con el compañerismo estudiantil con alguno de ellos, como Ramón García Álvarez. Todos ellos formaban parte de la cofradía pasional de Los Azules que ya no daba el juego que sus inquietudes de adolescencia demandaban, anquilosada en el pasado y sin proyección de futuro, como toda la Semana Santa Caravaqueña en aquel momento (excepción hecha del Silencio). Vivía en el espacio urbano local (entre La Glorieta y el Camino del Huerto) donde se gestó el proyecto, y compartió la ilusión por el caravaqueñismo militante que tantos milagros ha producido a lo largo de la historia de Caravaca.

Juan Miguel acudió de inmediato a la llamada cristiana de Juan Aznar, y no sólo prestó su persona, sino su humor, su ingenio y su melomanía, al Bando Cristiano, así como el nombre de la primera Reina Cristiana en la persona de su futura cuñada Mari Sol Zamora, quien daba el tipo y el perfil adecuado, según la concepción de ese puesto que entonces se tenía.

Su dedicación a la Fiesta trascendió de lo estrictamente grupal a las competencias del Bando, sin abandonar nunca las filas templarias ni las responsabilidades que éstas le depararon. Fue Vicepresidente durante años y luego Presidente en dos ocasiones (los bienios 1981-82 y 1985-86, en esta última ocasión compartiendo tareas de gobierno con quien esto escribe, durante su mandato como Hermano Mayor). Durante sus períodos presidenciales se mejoró el aspecto musical de los desfiles cristianos, prohibiendo desfilar (como todos hicieron durante una época), a los sones de Paquito el Chocolatero. Se compuso el pasodoble festero: Gracia María (1981) en honor a la Reina de este nombre, que encargó al maestro Martínez Nevado, y Bandeja de Flores (1987) al también maestro Toni Torrecilla, que regaló al Hermano Mayor para ser interpretado durante el recorrido de la misma desde las MM. Carmelitas al Castillo en la mañana del Dos de Mayo. A través del programa El club de la sonrisa, que dirigía en la recordada Emisora Parroquial y en unión con Juan Olivares, fue el guionista de los célebres «partes de guerra» con que se provocaba a los moros Khatas en los primeros tiempos de la Fiesta, y se las ingenió, con los demás, para obtener fondos económicos con que sufragarla en los orígenes (y antes de la llegada de los boletos), organizando las célebres operaciones en que se rifaron desde un piso (que tocó a Rafael Fortis Oliver), hasta máquinas de coser pasando por lavadores, planchas eléctricas y colchones de muelles entre otras cosas.

También para obtener medios económicos con que financiar la actividad del bando Cristiano compuso dos obras de teatro cómicas (que se estrenaron en los salones del restaurante Vera Cruz de la Gran Vía) y llevaron por título: Dª. Ines la descarriada o un D. Juan poco Tenorio y D. Martino pan y vino o un parlamento con alas. De la primera de ellas, el lector recordará que el personaje de D. Juan lo interpretó Juan Antº. González Péris, el de Dª Inés, Antonio Puerta. El de D. Luis Megía, Rafael Orrico, el Comendador, Antonio Ros, un camarero, Amalio Montes y Zorrilla, Pepe Álvarez. En la segunda, el papel de guerrero mariquita recayó en Amalio Montes, el de genio, en Juan Pedro Campos. Antonio Puerta era un espía, el rey moro, Pepe Álvarez, y el cristiano, Antonio Ros. De esta manera, Juan Miguel reprodujo su afición teatral, en el grupo escénico que otrora dirigía el abogado local D. Cristóbal Rodríguez, y luego mantuvo Matías Albarracín, en el que conoció a Tere, su esposa.

La falta de espacio no nos deja más que para recordar su logro al recuperar y reflotar el grupo de Santiago, que hacía su propio desierto durante años, y la fundación del grupo de Montañeses que desfilaron con original indumentaria de pieles, diseñada por Perico el Alto, con una torre de asalto y una catapulta (que durante años permanecieron abandonadas junto al chalet del ex alcalde Manuel Hervás, en la carretera de Moratalla, al desaparecer el grupo).

Juan Miguel participó activa e ininterrumpidamente en la Fiesta desde 1959 hasta 1999 en que le sobrevino el primer infarto cerebral y otros sucesivos que minaron paulatinamente su salud. Sin embargo, antes y después de aquella enfermedad, su domicilio particular de La Glorieta fue punto de encuentro y de reunión donde se forjaron proyectos como las indumentarias y escudos heráldicos, los títulos camelísticos de duques, marqueses y condes de los guerreros templarios, las cenas medievales, los bandos en castellano antiguo compuestos por José Antonio Ruzafa, el patronazgo y entronización de Santa María de la Arrixaca y, todo ello, siempre, bajo el liderazgo de Rosendo López Bolt y Pedro López Guerrero

Si en el más allá hay un lugar para los templarios caravaqueños que se fueron, allí está Juan Miguel, reunido ya con quienes le precedieron en el último viaje, planificando sugerencias y proyectos con los que asegurar el futuro de la Fiesta, al menos durante otros cincuenta años.