Alba María Sánchez Sánchez, Maestra de Educación Infantil

Poco después de comenzar la universidad, mi mejor amiga de la facultad me comentó lo siguiente: «El curso pasado, terminando bachiller, la gente me decía que no me metiera a estudiar Educación Infantil, con lo inteligente y lista que soy, yo podía valer para algo mucho más importante».
Desde ese momento comenzamos a enfrentarnos a uno de los obstáculos de nuestra profesión; además de tener que estudiar, luegAlba María Sánchezo opositar y buscar trabajo (como en cualquier sector), teníamos que encontrarnos con la desvalorización de nuestro trabajo.
En nuestro país, uno de los grandes problemas que tienen los profesores es tener que lidiar con las constantes quejas y reclamas de los padres por haber regañado previamente a sus hijos (siempre nos hemos tenido que encontrar con que uno de ellos dice el famoso «me tiene manía»). ¿Realmente es coherente enviar a sus hijos a un sistema educativo que critican y en el que no confían? Y lo que es aún más grave, ¿pretenden de esta manera que nuestro alumnado nos escuche, nos obedezca y nos vea como una figura de autoridad de la que deben aprender?
Por si esto no fuera suficiente, dentro de nuestro sistema educativo seguimos intentando perpetuar una concepción individualista y unidireccional del aprendizaje. Es muy común entrar a cualquier aula de secundaria o bachiller y observar que los alumnos están sentados sus pupitres en silencio y únicamente preocupados por lo que va a entrar en el examen de mañana. Esto se magnifica en algunas clases universitarias, donde los estudiantes parecen verdaderos copistas. Y lo que es aún más alarmante es que el mismo alumnado nos pide muchas veces no pensar ni investigar para hacer un trabajo cuando pueden memorizar un tema y hacer un examen.
Ante una situación en la que pretendemos que un alumnado joven e inquieto se pase seis o siete horas seguidas y diarias sentado y en silencio tomando nota de una serie de datos, ¿Realmente nos sorprende tanto su aburrimiento y el temido fracaso escolar?
Está claro que algo estamos haciendo mal y es asunto de todos mejorarlo. Por ejemplo, Finlandia es un gran modelo en el que nos podemos basar para analizar los posibles cambios que necesitaríamos.
En Finlandia, maestros y profesores son totalmente respetados y valorados y cuentan con una mayor libertad en cuanto a materiales y modos de dar sus clases. Se invierte mucho más dinero en su educación y en sus sueldos que en nuestro país. Mientras que la escolaridad en Finlandia es totalmente gratuita, en España incluso en las escuelas públicas las familias deben pagar comedor, transporte, materiales, etc.
En cuanto al tiempo de estudio, en Finlandia se dan menos horas lectivas que en España y dedican mucho menos tiempo a las tareas para hacer en casa. Sin embargo, allí estudian hasta cuatro lenguas (inglés, sueco, francés y otra optativa); esto no impide que cuenten con varios descansos a lo largo de la jornada y que se valore muchísimo más la creatividad, los grupos de trabajo y la investigación. Tanto es así, que actualmente se están planteando sustituir horas lectivas de clase por lo que ellos llaman «enseñanzas fenómeno», en las que el alumnado aplica sus conocimientos en casos prácticos y reales (matemáticas en una cafetería).
Esto ayuda a que los alumnos progresen y se ayuden mutuamente, lo que resulta mucho más dinámico, solidario y enriquecedor y puede desembocar en un alto porcentaje de ingresos en la universidad.
Está claro que España y Finlandia son países con una situación muy distinta, pero estudiando su sistema educativo podemos observar algunas claves de su éxito, que están basadas aparentemente en la solidaridad y la cooperación en lugar de fomentar el individualismo y la competencia; desarrollan un dinamismo y un aprendizaje bidireccional y, por supuesto, se valora y se apoya el respeto entre todos los miembros de la comunidad educativa.