FÉLIX MARTÍNEZ MARTÍNEZ

Yo, como humilde filósofo, por lo tanto, lego en la mayor amplitud de ámbitos donde esta categoría quiera hacer mención, me atrevo a decir muy pocas cosas. Paradójico este hecho ya que, sin embargo, hablo demasiado. Me quiero referir al hecho de que  muchos de nosotros y en las ocasiones más variopintas entramos, cual toro al trapo en la Maestranza, ante cualquier comentario o novedad nos concierna o no. Ahora, en estas circunstancias tan excepciones en las que nos encontramos, podremos establecer un halo de fortuna que repercute a toda la parte de la Península Ibérica denominada como España. Esta fortuna tiene múltiples voces, matices y disciplinas. Tenemos a los adalides del conocimiento encerrados tras un alias –en disputa queda que el nombre otorgado en nuestro nacimiento sea definitorio de nosotros mismos- en cualquiera de las Redes Sociales que a nuestro derredor aparecen. ¿Cómo podía yo llegar a imaginar que existían en España tantos virólogos, biólogos, químicos, sanitarios de cualquier sector, políticos, politólogos y economistas como al parecer encontramos desperdigados por las Redes? Sería toda una suerte, la verdad, que estas áreas del conocimiento tuvieran tantos adeptos. Pena es, por otro lado, que la inmensa mayoría que opina no hace más que esto, opinar. Como no me gusta opinar, ya que como buen lector de los clásicos helénicos siento repulsión hacia las conjeturas erradas, hablaré de lo poco que creo saber: de filosofía. Una filosofía que verse sobre la premisa del confinamiento, sobre el estar a solas con uno mismo o sobre la infelicidad provocada por el deseo.

En primer lugar me gustaría hacer referencia a Pascal, filósofo y matemático francés del barroco, que nos dice literalmente en su obra Pensées que «todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación.» Siguiendo esta pequeña advertencia del francés quizá es buen momento para descubrirnos a nosotros mismos a solas para conocer la verdad que atesoramos en nosotros. Mantener una paz en nuestra soledad –soledad que ahora la podemos hacer extensible al confinamiento-, tener un espacio y tiempo propios para nosotros mismos. Así como también sería bueno intentar conseguir, como el reza el título de Virginia Woolf, Una habitación propia donde dejar en los estantes de las horas el libro donde esté inscrito quiénes somos.

Este “libro” que acabo de mencionar podríamos llegar a hacerlo tangible siguiendo un método de escritura introspectivo, un método que nuestra querida filósofa María Zambrano tuvo a bien de catalogar como confesión. Siguiendo este género podríamos ser capaces de transformar aquello que habita en nosotros de manera abstracta e intuitiva. Podríamos aprovechar este confinamiento para plasmar con palabras la historización de nuestra vida, donde nos tendremos que valer de la estilográfica de nuestra memoria donde rebose la tinta decantada en la temporalidad de nuestro propio presente.

Si por el contrario no queremos estar a solas con nosotros mismos y no nos va mucho eso de escribir nuestro transitar vital, tenemos más alternativas. Por ejemplo podemos plantearnos, junto con Descartes, la posibilidad de la inexistencia del mundo exterior. Esto nos puede parecer sumamente extraño pero ha sido un tema muy discutido a lo largo de la historia de la filosofía desde que este pensador, también francés y matemático (prometo que no soy francófilo ni numerófilo), propusiera esta extravagante idea. Lo que tendríamos que hacer nosotros sería poner en duda todas aquellas sensaciones que provinieran de nuestros órganos sensitivos, dejando tan sólo a la razón como la guía y garante de aquello que se nos aparece en la mente. ¿Seríamos capaces de dar cuenta de la realidad del mundo exterior a nosotros mismos basándonos exclusivamente en la razón? Si algo caracteriza el confinamiento es el hecho de permanecer encerrados pero quizá esto no sea un problema sino un des-velamiento, ya que si el mundo exterior no existiera y fuéramos únicamente mentes que piensan podríamos optar por dos opciones. La primera de ellas es representarnos en nuestra mente un mundo exterior apócrifo, esto es, un mundo fingido e inventado; el cual podríamos recrear incluso dentro de nuestra casa. La segunda opción sería que si en verdad el mundo exterior careciera de realidad y solamente existiera nuestra propia mente pensante no nos afectaría el confinamiento, ya que sería nuestro estado natural, el estar encerrados en nosotros mismos, en nuestra mente.

Como este artículo quedaría sesgado si únicamente atendemos a unas determinadas perspectivas tendremos que, por hacer honor a la verdad, hablar de posicionamientos algo más pesimistas. El filósofo pesimista por antonomasia es, ha sido y difícilmente vendrá otro que lo supere, Arthur Schopenhauer. Para el filósofo polaco, la vida no es más que sufrimiento. Ante lo taxativo de tal afirmación no habría que echarse las manos a la cabeza, pues este sufrimiento también tendría un remedio, un remedio que depende en exclusiva de cada uno de nosotros. Si entendemos que lo que se opone al estado de sufrimiento sería un estado de felicidad podremos hallar la salida del laberinto mucho más fácilmente. Para Schopenhauer la felicidad consistiría en alcanzar nuestros deseos y en caso de no conseguir los mismos caeríamos en el sufrimiento. Para el contexto en el que nos encontramos deberíamos de establecer cuáles son estos deseos que nos llevan, por su incumplimiento, al sufrimiento. En este estado de alarma y de confinamiento lo que deseamos es justo aquello que no debemos hacer, salir a las calles. Si eliminamos este deseo de querer salir al exterior eliminaríamos el sufrimiento que nos supone no poder hacerlo. Sé que no es fácil, este filósofo tampoco lo considera, sin embargo es un esfuerzo que la mayoría de nosotros podemos llevar a cabo.

No quisiera despedirme sin agradecer al lector que haya realizado filosofía conmigo, una filosofía que quizá la han realizado no de manera consciente, pero la están realizando. Esta filosofía fue toda una filosofía de vida en la antigüedad y parece que la estamos recuperando, me refiero a la corriente del estoicismo. El hispano Séneca, quien fuera senador bajo el mandato de Claudio y de Nerón, es quizá la figura más representativa de esta corriente. El estoicismo nos emplaza a no preocuparnos por aquellos designios sobre los que no tenemos control, ya que tan sólo podemos modificar aquello que depende por entero de nuestra voluntad. Todo aquello que no depende de nosotros no tendría que tener una repercusión de acción en nosotros, tan solo tendríamos que aceptarlo o, dicho con otro término, resignarnos. Ante esta situación de confinamiento no nos queda otra que resignarnos pues escapa de nuestra voluntad el poder o no permanecer en casa o fuera. De tal modo que a modo de loa ejerzamos toda nuestra actividad hacia aquellas cosas que estén bajo el control de nuestra voluntad

«Filosofía en bata» es de Félix Martínez Martínez. Doctor en Filosofía y Vicepresidente de la Asociación de Espacio de Alcoba.