José Clemente Rubio García/Maestro rural
Aquel inicio del curso 1978/1979 tuvo algo de especial para mí, tanto a nivel personal como esencialmente profesional.En la Fiesta de Los OdresEl viento arreciaba y soplaba con fuerza en aquellos días primeros del mes septembrino. Me encontré con un pequeño pueblo con unas características muy peculiares y más para una persona urbanita como era yo por aquel entonces. Tras preguntar me indicaron donde estaba la escuela y tras llegar a la misma me encontré con un edificio bastante deteriorado en todos los aspectos, con unos pupitres que yo ya no recordaba, ventanas con falta de cristales, una pequeña bombilla que colgaba del techo, una especie de pizarra pintada en la pared, una estufa y…una escuadra, un cartabón y un semicírculo de gran tamaño que me acompañaría por todas las escuelas rurales en las que desarrollé mi vida profesional a partir de aquel momento.
Al rato, empezaron a llegar de forma un tanto tímida niños y niñas de todas las edades. Se acercaron y me miraron con cara, yo diría, de sorpresa y de esperanza. Creo que pensarían y hablarían  del nuevo maestro, si sería hombre o mujer, mayor, joven, de donde vendría…y se encontraron conmigo y quiero recordar con grandes barbas y abundante melena, cosa que pronto fui entregando a los años vividos.
Bueno, me encontré con todo aquello y ahora ¿qué hay que hacer aquí? Yo he venido a dar clase, pero… ¿cómo hacerlo a niños y niñas de cinco a catorce años al mismo tiempo? Esto lo contaré en otra ocasión si es posible, pero lo primero que había que hacer era intentar organizar un poco todo aquello que me encontré allí y limpiar, ordenar los pocos libros de que disponía y ver un poco que podía hacer en esa escuela concreta y pensar a quién me podría dirigir para que me informara “de algo”, ya que yo carecía “de todo”.
Una intuición momentánea fue la de hablar con los niños y niñas que entraron en la clase y se sentaron como buenamente pudieron y fue mi sorpresa que ellos me fueron dando las pistas a seguir y yo, por entender desde hacía ya unos seis años que estaba trabajando, que la enseñanza era un cosa compartida entre el alumno y el maestro y que toda persona debe dar y recibir, me fui enriqueciendo de sus tímidos, en un primer momento, comentarios de lo que era esa escuela y lo que hacían en otros cursos anteriores.
Pero hoy no escribiré sobre la formas y prácticas académicas de dicho curso, sino de algo que surgió paralelo a la escuela, pero que era parte de la misma, porque una cosa entendí desde un primer momento, que una pequeña escuela en un pequeño pueblo, es una parte del pueblo y el pueblo forma parte de la escuela, de ahí que desde aquellos años he venido y sigo defendiendo la escuela unitaria como parte esencial en el desarrollo cultural de los pequeños núcleos de población.
Empezó el curso, pronto conocí el largo y frío invierno, el tiempo de la matanza del cerdo y el mes de la navidad. Surge el tema, pero, a pesar de que yo soy poco festero y que no tengo cualidades artísticas reconocidas, de las fiestas navideñas y la realidad que en Los Odres no se reconocía fiesta alguna, se pensó entre el alumnado, los jóvenes del pueblo y, por qué no decirlo, de un servidor,  el por qué no organizar una Fiesta por las fechas navideñas y de ahí el día, quiero recordar, 28 de diciembre, el pueblo amaneció reluciente, limpio, el sol y el frío acompañó y la gente se unió a celebrar aquellas fiestas, unas fiestas que a pesar de los años no se han olvidado, pero que calaron en la población y que han quedado dentro de la memoria colectiva del lugar, según me cuentan personas que la vivieron, tanto de allí como forastera.
Me acompañaron amigos de Murcia y quedaron gratamente sorprendidos por el trato y el ambiente reinante. Mi amigo, Roberto Bañón, “retransmitió” con un viejo y destartalado megáfono que conseguimos y con toda clase de detalles y ocurrencias un “partido de futbol”   donde se enfrentaron los equipos de “los Unos contra los Otros”, la carrera de cintas en moto con bonitas cintas decoradas por las chicas del pueblo, carrera de sacos y otros juegos y terminando con el baile de los Animeros de Caravaca, que convivieron con el vecindario durante todo el día y la noche.
Los Odres vivió un día de fiesta completo, cada vecino puso lo mejor que tenía, los animeros vivieron una experiencia que aún tras el transcurso de los años recuerdan con mucho cariño, mis amigos que me acompañaron, a veces hablamos de aquella fiesta y ¡como no!, aquellos niños y niñas de entonces, aquellos alumnos y alumnas, hoy ya hombre y mujeres, cuando nos vemos no es raro que recordemos y hablemos de aquella Fiesta (con mayúsculas).
La vida se escribe con experiencias pero siempre pensando en el futuro que queda por vivir.