REYES AZNAR/CONCEJAL SOCIALISTA EN EL AYUNTAMIENTO DE CARAVACA

Este año se ha celebrado la Feria del libro, no como el año pasado, pero sin poder disfrutar del todo como nos gusta: en las librerías y las tertulias, sin espacios ni aforos.

Es el 23 de abril una conmemoración que se festeja en todo el mundo y que busca, sobre todo, fomentar la lectura, pero también defender y proteger la industria editorial y los derechos de autor. Y aunque os parezca mentira, este día fue aprobado por la UNESCO en 1995 pero los españoles ya llevábamos unos cuantos años con un día del Libro. Bueno, para ser concretos, lo que se hizo aquí fue un decretazo en 1926 de Alfonso XIII por el que se creaba oficialmente “La Fiesta del Libro Español». Todo muy nuestro, fiesta por decreto. Aunque sea del libro.

La mala suerte del libro, o la buena, en Caravaca es que viene a ser la misma semana en la que ya estamos de fiesta, pero sin libros. Así que con muy buen criterio no sé de quién, mientras que en muchos lugares se hace coincidir la semana del libro con su día, aquí se decidió cambiar a la última semana de mayo y poder disfrutar de dos fechas destacadas, la oficial y la nuestra, no ya tan cercana a nuestras fiestas patronales. Tampoco sé por qué esa semana, pero podríamos haber elegido tantas fechas como escritores nos ha dado nuestra ciudad para celebrar nuestro día o nuestra semana del libro.

Podríamos haber elegido cuando murió Miguel Espinosa, quizás el más famoso eremita de esta tierra. O el nacimiento de Luis Leante, con sus maneras de morir y querer. O la fecha en que Miguel Sánchez Robles descubrió que nunca la vida es nuestra, o del primer o último cuento de mi querida Encarna Reinón. O las fechas favoritas de otros como Gregorio Javier, Pepe Fuentes, Pedro Antonio Muñoz, Jesús Martínez o de aquellos que se me olvidan…

Y puesto que el Día Internacional del Libro fomenta y protege la industria editorial, también podríamos buscar la fecha en que se publicó el primer libro de la única editorial caravaqueña, hecha por y para los caravaqueños, o el primer día que este periódico salió a la calle para contarnos lo que cada día pasa en él.

También podemos elegir la fecha por la memoria de aquellos que han dado su vida por un mundo tan grande como sus estanterías, la fecha que abrieron sus puertas librerías históricas como Liceo o Rosendo, o las que hoy día han abierto y luchan como Don quijote contra las aspas de los molinos de Amazon.

Todas serían buenas fechas, y nuestras, tan nuestras como esos escritores que cada día encuentran inspiración en nuestras calles, o los jóvenes que cada año participan en los Premios Albacara y que dejan el poso de la esperanza en aquellos que han dejado de creer en nuevas páginas, contándonos qué es para ellos, hablándonos de viejos y nuevos mundos, nuevas ideas y no dejan de crear nuevos universos, mucho más lejanos y mejores.

Tenemos tanto que celebrar como fechas por elegir. Y es que no solo de fiesta vive el hombre y una vez se nos pasa la resaca, siempre es bueno tener un hogar donde retirarse a leer en paz, un libro que nos cuente la noche de aquel año en las fiestas del ‘68, un escritor que se acuerde de escribirlo al día siguiente, una editorial que lo publique y una librería que lo venda.

Suerte que esta ciudad tiene todo eso. Suerte de poder celebrarlo.