PASCUAL GARCÍA

Durante estos últimos tres años me ha ido naciendo poco a poco una nueva hermana, una mujer de valores consolidados, eficacia segura y probada humanidad, aunque su cultura y su credo sean diferentes a los nuestros y sus costumbres nos resulten tan extrañas como para ella las nuestras; ha sido una colaboradora fiel y una cómplice ante el resto del mundo y, en suma, una ayuda impagable, pues el sueldo que cobraba no era suficiente recompensa para la ímproba labor que venía haciendo en la casa de mi padre, mientras mi hermana Rosa y yo seguíamos con nuestras vidas y con nuestras familias, ajenos al drama cotidiano del hogar en el que habíamos nacido, salvo unos pocos días a la semana, seguros de que nuestro progenitor, que terminó muriendo prácticamente en sus brazos, bien atendido y en paz, estaba en buenas manos, vigilado día y noche por los ojos dulces y protectores de Fátima y en los últimos meses también de su hija  Doha, a la que le deseo y le auguro un porvenir afortunado en este primer mundo donde podrá estudiar e integrarse muy pronto en una sociedad civilizada.

Reconozcamos todos que cuando llegaron en tropel hace unas décadas a nuestro continente rico en busca de una oportunidad, recelamos y torcimos el gesto, pues nos daba la impresión de que venían a quitarnos nuestro propio trabajo y nuestras riquezas, aunque muy poco tiempo después caímos en la cuenta de que como años antes en Francia, en Suiza o  en Alemania, los que venían de fuera iban a realizar las tareas más duras y peor pagadas, las que no querían los propios del lugar y, a cambio, su trabajo y su cotización a la Seguridad Social iban a contribuir al desarrollo espectacular de nuestra economía y, sobre todo, del fondo de las pensiones, que en los últimos años, por cierto, anda en horas bajas.

Han llevado a cabo las peores tareas con buena cara y a cambio de muy poco, en ocasiones arrostrando algunos sinsabores y penalidades, porque la primera lección que aprende el que sale al extranjero a ganarse la vida, y créanme que lo sé por experiencia propia, es que fuera de tu tierra todo es muy duro y resulta a veces muy ingrato también.

Hace años que los vemos paseando a nuestros mayores por parques, plazas y jardines con buen ánimo y mejor gesto, acomodando su paso al paso cansino de la persona a la que cuidan. De diferentes tonalidades, de rasgos variopintos y acentos exóticos tenemos que llegar a la conclusión antes o después de que han venido desde muy lejos para echarnos una mano y, de paso, labrarse una mínima posibilidad en esta parte luminosa del mundo. Son, por tanto, nuestros aliados y, en algún caso especial, como el de Fátima, nuestros hermanos ya, no de sangre, porque la sangre no importa tanto, sino de tareas generosas y sacrificios cotidianos que únicamente nosotros o un hermano estaría dispuesto a llevar a cabo y que ellos han realizado con una sonrisa eterna, decididos a luchar por su espacio en el planeta, en el primer mundo, como lo hicimos nosotros no hace tanto, aunque a veces se nos olvide con demasiada facilidad.

Ellos son ahora lo que fuimos muchos de nosotros hace cincuenta o sesenta años, trabajadores honrados, valientes y necesarios, venidos de lugares donde la vida vale menos y el sudor apenas se tiene en cuenta, culturas que todavía andan buscando su plenitud y aún no se han incorporado del todo a la modernidad occidental.

Fátima solo es un miembro más de esa comunidad de aliados que vienen a compartir sus fatigas con nosotros y a los que beberíamos darles no solo un salario justo sino también las gracias y un abrazo.