Ya en la calle el nº 1043

Fábula de la oveja inválida

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Pascual García ([email protected]

Yo era un crío y mi padre compraba ovejas y las encerraba en el corral que teníamos entonces junto al Castillo; un día trajo una oveja tullida de manos y patas en un motocarro, yo asistí a la operación, rápida y diligente, de mi padre por acondicionar una parte de aquellas dependencias para los animales de tal modo que pudiera estar la oveja en posición cómoda para comer junto a la pesebrera y beber agua, para lo que usó un baleo de esparto forrado y atado por las cuatro puntas a una viga del techo, cada noche bajaba al animalico para que pudiera descansar y por el día lo colocaba en posición de comer, beber y hacer sus necesidades. La oveja traía un regalo inesperado y feliz pues, aunque le había costado muy barata a mi padre, estaba preñada y no quedaba mucho tiempo para el parto.

         Cuando uno pertenece a la familia de un ganadero o de un agricultor aprende muy pronto que nada es gratuito ni en balde, que es preciso aprovechar hasta el último palmo de tierra y la última gota de agua y que no hay demasiado espacio para los caprichos del corazón ni siquiera para las flores del jardín, porque todo es productivo, incluidos los animales que se crían para venderlos, aunque eso no quiere decir que no se les acabe tomando afecto.

         La gestación de aquella oveja que tenía rotas las manos y las patas duró unos cinco meses que a mí se me pasaron volando, mientras atendía asombrado al milagro de la rehabilitación del animal, que, de una forma heroica y ayudada por mi padre, iba sacando adelante día a día su delicada misión de madre mientras se iba acercando la fecha del parto. Pasamos muchas horas a su lado vigilando su estado y cuidándola, pero sobre todo muy atentos al prodigio de la vida que venía para alumbrar aquella situación precaria de la oveja tullida, mi padre se lo tomó como un asunto de orgullo, la oveja había sido barata, de hecho se la habían vendido para la carne, pero mi padre había aceptado el desafío de cuidarla con el mimo que él sabía imprimir en su labor de ganadero, en su trabajo en general y no paró hasta conseguir que pariera dos magníficos borregos que limpió como una madre y a los que aquel animal alimentó con la leche de sus ubres. 

         Fue toda una fiesta para mi casa y mi padre anduvo feliz durante bastante tiempo, y no solo porque el valor económico de los borregos fuese considerable, bastante más alto que el de la oveja, sino porque había sido capaz de cumplir un reto, salvar las criaturas, cuidar de la madre, asistirla en el parto y lograr que los corderos nacieran vivos.

         Y a mí me había dado otra lección sin proponérselo, la de la tenacidad, la pasión y la inteligencia para seguir aen los peores momentos y, sobre todo, para sacarle rendimiento a lo que todo el mundo despreciaba porque aquella oveja que había comprado tan barata solo era una oveja inválida, incapaz de servirse por ella misma y de parir y ahijar a aquellos dos borregos que mi padre vendería a buen precio muy pronto.

         Con el tiempo llegué a la certidumbre de que aquel episodio era en el fondo una fábula de la que cualquiera podía extraer una moraleja.

         Y de que mi padre era una suerte de dios de la naturaleza que custodiaba y atendía a los animales que tenía a su cargo.

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