FÉLIX MARTÍNEZ/FILÓSOFO

Que de la nada, nada proviene es un viejo axioma que lo podemos atribuir a Parménides de Elea en cuanto a la relación de su concepción del universo. Aquí, por nuestra parte vamos a referirnos a otra cosa complemente distinta, tanto es así que más bien es algo propio de nuestro tiempo. Ahora, la pregunta que me ronda la cabeza es, ¿cómo surgen las personas ricas? A lo largo de la historia la pertenencia o no a una determinada clase social, con todo aquello que implicaba dicha pertenencia, era algo bastante claro, obvio y, por supuesto estanco.

Tras la entrada de un modelo económico netamente mercantilista llegamos a un nuevo estadio de la concepción de las distintas clases sociales. Se abrirá un nuevo camino, una nueva esperanza: el progreso individual. Para este progreso existen tres pilares fundamentales que, en principio, no reportan una excesiva dificultad, a saber: humildad, trabajo y esfuerzo. Con estos ingredientes atendemos al nacimiento de un nuevo pensamiento, un nuevo paradigma: el de la meritocracia. Sin embargo, surgen varias dudas. Todas aquellas personas que cumplen con los tres requisitos anteriores, ¿por qué no son ricas? ¿No trabajan o no se esfuerzan lo suficiente? ¿La vanidad le ha ganado la partida a la humildad y eso les impide “progresar”? Si de la nada, nada se crea, ¿cómo es posible que una persona que no tenga nada en su origen y solo por su “trabajo” y “esfuerzo” en tan solo unos pocos años tenga un patrimonio desorbitado?

Sinceramente son cuestiones que me dejan perplejo por no llegar a entender a entender el verdadero engranaje de todo esto. Quizá, y que no sirva de precedente, la culpa no es mía y algo -llámalo ente, llámalo sociedad, llámalo energía- me tiene bajo una falsa ilusión. Siguiendo la poco probable idea de que esta segunda opción esté en lo cierto creo que, al menos, deberíamos de cambiar de presupuestos. Hacer mutar la concepción de meritocracia a herencracia, creo que resultaría de los más acertado. Estaríamos ante un solo cambio en las condiciones iniciales de cada sujeto. Ahora en lugar de empezar de cero, es decir, de no tener nada, la persona partiría de la posesión de algo, por pequeño o infravalorado que pueda ser ese algo. Así, al menos, evitaríamos dar el salto -que por ilógico y metafísico- que hace que la maquinaría social chirríe. El paso ontológico sería, de este modo, mucho más coherente.

Este punto de vista suscita la cuestión de si la sociedad, entendida ahora como conjunto de individualidades, está dispuesta a soportar esto. El espejo se ha roto y la realidad se impone a la esperanza, a la ilusión de que si trabajamos mucho y nos esforzamos todavía más seremos las personas ricas del mañana. Para nuestra tranquilidad siempre nos queda seguir el mantra aquel que nos dice que “el dinero no da la felicidad”. Que se dé la oportunidad de revertir las cuentas corrientes, que los que más tienen pasen a ser lo que menos y viceversa, veremos entonces cómo se es más feliz.