FRANCISCO SANDOVAL GÓMEZ

Puede parecer que la preocupación por conseguir ciudades más sostenibles y con mayor aprovechamiento de las condiciones climáticas sea tan solo reciente. Sin embargo, hace 2500 años la polis griega de Olinto ya fue planificada para que todas sus viviendas tuvieran una orientación óptima. No hay una casa igual a otra, y esto es porque las condiciones particulares de las que pueden beneficiarse se imponen a la producción en serie.

En las ciudades actuales, uno de los retos que debemos afrontar, sobre todo en verano, es el efecto “Isla de Calor”. Hace unas décadas, esta diferencia de temperatura entre el centro urbano y las afueras solo se había medido en algunas grandes ciudades. Hoy, sin embargo, este efecto está presente en todas las cabeceras municipales de la Comarca del Noroeste. En Caravaca, por ejemplo, hemos podido constatar diferencias notables en las temperaturas nocturnas. La temperatura mínima que se registra en zonas aledañas a la Gran Vía es casi 4oC superior a la que Aemet mide en su estación próxima a las Fuentes del Marqués.

Esta circunstancia, unida a que durante el día muchas calles acumulan calor por materiales de gran absorbencia y escasez de sombra, repercute en nuestras viviendas y, por ende, en nuestra vida cotidiana. Durante el desarrollismo en la segunda mitad del siglo XX se le restó importancia a la sostenibilidad, entre otras razones, porque el auge de un nuevo modo de vida venía acompañado de una incipiente tecnología que nos prometía solventar sus problemas derivados: la calefacción y el aire acondicionado venían a suplir las carencias de diseños deficientes. Con el paso del tiempo, sin embargo, nos hemos dado cuenta de que la cantidad de recursos que destinamos a lograr el confort es muy grande. La energía es fundamental en la vida moderna: consumimos electricidad para el uso de todo tipo de dispositivos y para climatizar nuestras viviendas y quemamos combustibles fósiles que emiten contaminantes a la atmósfera.

El jardín del Coso, un ejemplo de sostenibilidad.

No hace muchos días, una mañana veraniega, cogí la bici y me adentré en el casco histórico de Cehegín. Llegué hasta el Jardín del Coso, una obra que cuenta apenas 5 años desde su construcción. El ambiente era sumamente agradable, pues una leve brisa mecía la vegetación que emanaba de paredes y barandas. A lo largo del recorrido podía escucharse el sonido del agua, al que acompañaba de forma esporádica la campana de la torre de la Magdalena.

Este jardín tiene una dificultad técnica: la gran pendiente. Una serie de rampas de escasa inclinación consiguen conectar la cota más alta y la más baja sin necesidad de recurrir a escaleras, lo que lo hace más accesible. Con una suave inclinación se genera una “promenade architecturale”, salpicada de estanques con eneas, una planta que absorbe y depura la materia orgánica presente en el agua. Así, este jardín ecológico produce agua limpia a la vez que contribuye a mejorar el confort térmico.

Antes de la existencia de este jardín, el Coso era una zona prácticamente abandonada debido a que, junto al barrio del Puntarrón, la nevada de 1950 y las torrenciales lluvias de 1989 habían provocado la ruina de sus edificios. Ante la imposibilidad de recuperar su vida anterior, ahora esta área responde a las necesidades de la vida contemporánea, con un lenguaje plagado de curvas sinuosas que dejan patente una intención post hoc.

Esta obra ha sido galardonada con 8 premios, el más reciente fue el Premio de Arquitectura de la Región de Murcia por sus valores de sostenibilidad, y ha aparecido en numerosas publicaciones de gran prestigio a nivel internacional. La vegetación se ha abierto paso de forma considerable desde su inauguración, y nos lleva a preguntarnos si serán posibles actuaciones similares en otras poblaciones. Al fin y al cabo, nos beneficiamos todos.