ORENCIO CAPARRÓS BRAVO

Esto no es un “En Memoria”, esto es “Desde el Corazón y la Memoria”, lo dejo avisado. La mayoría de los humanos tenemos, al menos, algún aspecto, alguna característica amable que resulta reseñable, lo que no es tan frecuente es tenerlas en abundancia. Ese, y no otro, es mi problema a la hora de escribir de mi compañera, querida amiga y admirada Encarna Reinón. Seguro, que ella me hubiese aconsejado que echara mano de la didáctica, de la que era Maestra; “explica con orden, Orencio (se empeñó en no decirme Orro, y ella podía), explica con criterio, y no mientas nunca”.

La sigo al pié de la letra, aunque si me viera, que me ve, me diría que me salgo de las normas, excepto en mentir que nunca lo he hecho, al menos a sabiendas, Ella siempre supo que no tengo el don de la prudencia, y yo sé que me perdona.

La conocí cuando éramos niños, era un moza de muy buen ver; nuestras familias, generaciones atrás, mantenían una buena relación de amistad, y hoy también; se casó con un buen amigo, el bueno del Tony Torrecilla… Después coincidimos en los dos institutos de la Caravaca de entonces como profesores. Un viejo recuerdo de esos tiempos me sirve para mostrar su forma de ser, su carácter. Alguien, de algún instituto, le advirtió, por polémicas que no vienen al caso, que sería mejor para ella que no le vieran conmigo; me esperó a la salida del recreo, ese mismo día, para invitarme a un café, nos juntamos en tres o cuatro recreos más, siempre en la cafetería donde más se nos viera juntos, después me dijo “Me voy a desayunar a mi casa, como siempre he hecho”; entonces me enteré del consejo que le habían dado, todos la vieron conmigo, se encargó ella sin que yo lo supiera. No olvidaré, mientras viva, la lección de amistad y confianza que me dio. Mi mujer, como yo, la quiso y la quiere, Encarna viceversa, y lo mostró siempre.

Su labor como profesora de Lengua y Literatura Española ha dejado una profunda huella; sus fichas, conocidas por todos sus alumnos y que han servido a cientos y cientos de ellos a saber poner comas, acentos, o a distinguir echo de hecho, a ver de haber…; sus desvelos por hacer amar la lengua y la literatura española y sus altísimas cotas; y que los alumnos, espontáneamente, agradecieron con su silencio tras su muerte. Ella, como parte de esa literatura que tiene la lengua española como vehículo de expresión y comunicación universal, practicó en sus cuentos esa intrahistoria unamuniana, donde deja escritas las pasiones amorosas, las dificultades cotidianas, la vida y la muerte, tan sencillas y tan ciertas. Me gustaría leer más relatos suyos; sé que los hay, y me interesa la Caravaca profunda, real y sentimental que ella supo retratar.

Creo que lo expuesto define a mi compañera y amiga del alma Encarna Reinón, pero me quedaría muy corto. Ahora que tanto se habla de feminismo y otras cuestiones similares, recuerdo a mujeres como Clara Campoamor o Emilia Pardo Bazán, que hicieron el ruido justo, sin aspavientos, pero lograron para la mujer, y para el sentido común, lo que nuestra Encarna siempre supo y entendió: Las mujeres de verdad no hacen ruido, hacen…, simplemente. La igualdad se tiene y se defiende haciendo, que es gerundio. Pocos , varones o no, lo han entendido, se prefiere la pose, el fingimiento de algo que en la mayoría de los casos es mentira. Encarna, su inteligencia, no cayó en la burda trampa de ese feminismo rupturista de la familia y tendente al conflicto; como tampoco creyó en ese machismo trasnochado, prepotente y ridículo de muchos, al que detestaba con razón. Gracias por tu ejemplo y tu interés por las personas que querías, entre las que incluías a mi mujer y a mi.

Encarna Reinón persona de la que Caravaca puede sentirse orgullosa, nos legó su labor y su sentido común, pero también nos regaló, a todos, el bajo donde exponer la obra magistral de su padre, no sólo porque era su padre, sino por el rico contenido etnográfico y antropológico que esta obra tenía; intentó legarnos el trabajo de un artesano , o artista si se prefiere, no fue posible; en un ayuntamiento con más de un centenar largo de empleados no se pudo mantener abierto, según se dijo, por falta de personal. ¿Qué se le va a hacer? No voy a politizar esta cuestión, Encarna no quería que se hiciera, me lo dijo, y lo respeto.

Ni mi familia ni yo olvidaremos a Encarna Reinón, ni sus alumnos, ni sus compañeros a los que nunca vino a preocupar con su enfermedad, quitando hierro a la realidad. Gracias Encarna, espero verte en el Cielo; aunque tú estás allí, yo tengo que ganarlo y no estoy muy seguro de lograrlo, échanos una mano a mi y al Tony que podamos tomarnos un vaso de vino con permiso de San Pedro, mientras nos miras condescendiente, pero crítica, como una gran mujer en su sitio, como siempre has sido. Perdona mis incorrecciones gramaticales, pero nunca tuve una profesora de lengua como tú.

Nos veremos más pronto que tarde.