Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Tal vez la felicidad que buscaba era esto, una tarde lánguida de noviembre con un cielo nuboso y frío en las ventanas, la calefacción encendida y la tele en marcha; es posible que sea sábado o domingo y que a la memoria del hombre acudan las sombras molestas y antiguas de sus obligaciones infantiles. Muy pronto el abuelo lo llamará para que lo acompañe con el ganado, pasarán la tardes en el campo mientras contemplan las ovejas y su mecánica ingesta de hierba y pasto hasta que la noche los empuje de nuevo al pueblo. Los sábados   y los domingos los invierten en apacentar el ganado porque el padre anda en sus pequeños negocios de marchante.

Ahora sabe que se  trata de una parte de su vida que prefiere olvidar, porque se aburre, se muere de nostalgia por volver a la casa, sentarse frente a la tele y pasar la tarde viendo la película de turno; cuando acabe, se aseará, se vestirá con sus galas de domingo y saldrá de paseo al encuentro de los amigos y acaso de aquella niña con la que sale últimamente.

Pero la tarde pasa lenta y anodina y el deseo del muchacho amenaza con no llegar a cumplirse. Es posible que regrese tarde a casa, que la película haya terminado ya hace unas horas y el anochecer se le eche encima y nadie lo espere en el paseo de cada domingo.

Por eso mira a su alrededor, comprueba que todo está en su sitio, la tele encendida con una película, la calefacción puesta y la muchacha de sus sueños, aquella misma muchacha del principio sentada a su lado y con las manos entrelazadas. En ocasiones los sueños acaban por cumplirse y este sábado frío de noviembre es una de esas ocasiones en las que todo parece valer la pena. Es verdad que el abuelo y los padres ya no están, porque la vida se los llevó lejos inevitablemente, que la infancia se esfumó entre las brumas de la memoria, pero persiste aquel amor y el milagro del encuentro se ha hecho carne y deseo de un modo inopinado.

Nadie sabe cómo se han ido enredando las cosas del destino, de dónde sacó el valor necesario el hombre para buscar a la niña del cuento y pedirle que todo pudiera empezar de nuevo, como si aquella vieja escena hubiese adquirido de repente el movimiento y la vida necesarios para permitir el paso de la felicidad, la vuelta de las antiguas emociones y la esperanza en un futuro mejor.

El caso es que esta tarde de sábado otoñal permanecen sentados y juntos ambos en el sofá del salón con la certeza de que nadie vendrá a molestarlos, de que el abuelo no lo buscará para que lo acompañe con las ovejas al campo. Nada ni nadie puede distraerlo de su labor amorosa, de su empeño por compartir sus horas con ella.

Contempla la escena arrobado, se ve a sí mismo entregado a la dicha, ocioso y enamorado. Es por fin un hombre libre que dispone de su tiempo y  de sus afectos, que puede quedarse en casa con la muchacha oportuna y salir con ella de paseo más tarde, si ambos lo desean, o ir al cine. Todo parece estar bien, casi todo depende de su voluntad y de su deseo. Y ese hombre, que ha luchado toda su vida por conocer el misterio de la dicha, experimenta por un segundo el estremecimiento del hallazgo y se dice que todo reside allí, en aquel sofá que comparten ambos, en el salón luminoso y en el cielo de otoño que deja ver la ventana.

Es posible que la felicidad sea tan fácil como esta escena, que el tiempo ya no importe y la eternidad esté con ellos.

El amor. Eso es todo.