Carmen M. Martínez Asturiano. Maestra de Pedagogía Terapéutica e Inglés

¡En la mochila!

Hoy comenzaré hablando de algo que, quizás, pareciera no tener mucha relación con el título que he elegido, pero que en el fondo, le da sentido a todo. Hace ya unos cuantos años, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: tras terminar la carrera de Educación, decidí irme a vivir a Irlanda durante una temporada (lo suficientemente larga como para cambiar mi perspectiva en muchos aspectos vitales). Pero ¿y qué tiene que ver eso con la motivación en las aulas? Pues mucho, diría yo…

Me considero una persona que ha tenido que dedicar muchas horas y ser muy constante para conseguir ciertas metas en la vida; nunca he sido de “sobresalientes” y tampoco nadie me ha regalado nada. Una de esas metas fue ser maestra de Inglés, teniendo en cuenta que, desde bien pequeña, no entendía nada del idioma; se me daba fatal (o eso pensaba); además, en el instituto, sacaba aprobados bien raspados y en la universidad, tuve que recuperar la asignatura varias veces. ¿Pero, cómo puede ser que a lo largo de tantos años cursando un idioma, no hubiera podido aprenderlo?, y lo más curioso: ¿cómo conseguí en doce meses lo que no había sido capaz de realizar en doce años? Quizás la respuesta esté en la palabra mágica: “motivación”, seguida de otra tan importante como es la “constancia”.

Si un niño (o un adulto) no están motivados, difícilmente afianzarán contenidos ni querrán seguir aprendiendo por su cuenta. Si bien es cierto, no todo es de “color de rosa”, pues hay ciertos contenidos que gusten o no, hay que aprender, por eso, es tan importante inculcar el valor del esfuerzo y la constancia, no solo dentro del aula, sino también en casa. El esfuerzo es un elemento fundamental para el aprendizaje. Los niños deben responsabilizarse de hacer las tareas escolares y deben entender que es su deber. Pero si los ayudamos demasiado, se lo estamos poniendo demasiado fácil y les estamos haciendo un flaco favor.

Hace un par de años, fui tutora de cuarto de primaria, y recuerdo que una mamá me decía que cuando su hijo no traía los deberes hechos, era porque no los había apuntado en la agenda, pero que ella no iba a perder tiempo preguntando a otros padres, porque sabía que su hijo era capaz de hacerlo solo. Bajo mi humilde criterio, esa madre estaba haciendo lo correcto. No se estaba cargando con una responsabilidad ajena. Por ello, debemos saber diferenciar entre ayudar en casa en un determinado momento y hacer nosotros la labor que le pertenece a nuestro hijo.

Por ello, es fundamental abarcar la motivación a través de la capacidad de esfuerzo; a través de recompensas; de valoraciones positivas y de consecución de resultados. Sin duda, estas pautas harán de nuestros peques, personas más maduras, más responsables y más consecuentes con sus actos. No tengamos miedo a que nuestros hijos se equivoquen;  reforcemos entre todos su autosuficiencia; pongamos metas y objetivos a corto plazo, valoremos su auto-compromiso con pequeñas tareas  y dejemos que se enfrenten a las dificultades asociadas a su edad por sí mismos.

Aterrizar en Irlanda sin conocer a nadie y sin saber el idioma; tropezar una y mil veces, fue lo que me hizo cruzar la línea de meta.

Para hacer realidad los sueños, hay que perder el miedo a equivocarse”.

Dando voz a tantos maestros que luchan por una mejor y más bonita educación