Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Cuando yo era un crío en Moratalla ya nadie tenía piojos. Se trataba de una lacra del pasado a la que los mayores se referían con el gesto torcido  y un ademán de contrariedad, una de esas plagas físicas y anímicas que había legado la guerra y de las que costó tanto desprenderse. Mi madre contaba con disgusto la proliferación de las chinches y de otros insectos, nacidos de la miseria y de la falta de higiene, que en su época no habían tenido más remedio que combatir junto con otras carestías de diverso índole. Los colchones, las mantas y el cabello de los hombres, las mujeres y los niños eran, en ocasiones, un campo de cultivo para estos desagradables parásitos. Nuestros mayores los padecieron como se sufre una inclemencia divina, pero de todo eso les quedó la sensación de que el hambre, las calamidades y la guerra habían sido las únicas culpables de aquella desazón en la piel y en el cuero cabelludo.

Mi madre, como el resto de las mujeres del pueblo vivió con la idea de que el progreso, la higiene y los nuevos tiempos habían acabado del todo con la antigua amenaza. De ahí que cada vez que saltaba la alarma en la escuela y se difundía el rumor, infundado o cierto, de que habían vuelto los piojos, se ponía tensa, se hacía cruces y no dudaba en inspeccionarnos a todos, sobre todo a los hijos. No era capaz de creer que volviera el azote como un heraldo maligno de tantos sinsabores casi olvidados. Lo cierto es que todos los años se desataba en algún momento el temor en la forma de un comentario anónimo, de una señal inconcreta.

La sangre nunca llegó al río, como era de esperar, porque había medios más que suficientes para poner coto al diminuto enemigo. Aun así, todavía hoy mi esposa le lava concienzudamente el cabello a mi hija con una especie de pócima casera y efectiva, compuesta de agua y una porción de vinagre, porque también hoy, en el umbral del nuevo milenio, nos intranquiliza la presencia incómoda de los viejos intrusos. Como buena parte de las enfermedades comunes, no resulta complicado luchar contra ellos   y, sobre todo, prevenir su cercanía o contagio, pero lo cierto es que en las aulas y en los patios de las escuelas, en los parques y jardines, en el barullo festivo de los niños suele erigirse la sombra temible y arcaica del phthiraptera, nombre científico que parece despojado ya de las secuelas penosas y miserables de una edad perversa y no tan lejana.

Quizás por esto mismo, mi madre se inquietaba de una manera especial cada vez que resurgían los rumores de un nuevo brote y volvíamos de la escuela mi hermana y yo con el desasosiego de un prurito imaginario que nos perseguía incansable. No lograron invadir nuestro cabello ni se aposentaron en nuestra piel, pero la verdad es que los hombres y las mujeres de bien, los que no renunciaron nunca a la dignidad, pese a todas las penalidades, se enfrentaban con peor ánimo a estos insignificantes y deshonrosos estigmas de los peores años.

No se trataba solo de la incomodidad que vaticinaban, sino del mal augurio, del símbolo nefasto y fatídico con que solían ir acompañados, como si su presencia asegurara el regreso indeseable a una época de la que todo el mundo prefería no hablar, porque en ella había abundado la muerte, la maldad y el hambre.

Con el tiempo comprendí que mi madre no le temía únicamente a un insecto más, acostumbrados como estábamos a ellos, pues vivíamos en un pueblo con mucho campo donde no faltaban los mosquitos, las cucarachas, las corianas, las moscas y los pequeños reptiles, sino que su horror venía determinado por lo que representaba aquella plaga funesta que volvía de una edad infame en la que  el dolor campaba por sus fueros y la esperanza era el deseo vano de cada día.

Los piojos eran el mal, en suma, y no podía entender que tantas décadas más tarde no hubiese sido posible erradicarlo, ahora que la medicina y la higiene, felizmente aliadas, formaban parte ya de la rutina cotidiana. De manera que yo la veía nerviosa, excitada y como fuera de sí cada vez que se propagaba por el pueblo la especie abyecta de que tornaban las invisibles escuadras con nuevo ímpetu, como si con ellas también viniera el espanto de aquellas otras que aprendieron a cantar a la fuerza desde muy niños: Arriba escuadras a vencer/ que en España empieza a amanecer.

Ya digo que ahora comprendo el miedo de mi madre.