JAIME PARRA

Fotografía: PACO MARTÍNEZ

Marcial García, historiador y académico de la Real de Alfonso X El Sabio, presentÓ este 5 de julio su última publicación, “Moratalla, un paseo por su historia”. En vísperas de las Fiestas Mayores de Moratalla, le entrevistamos para conocer más de sus orígenes y de la evolución a lo largo de los siglos.

P.- ¿Qué conmemoran los moratalleros en sus Fiestas Mayores?
R.- Me alegro que emplees el término correcto: FIESTAS MAYORES, pues no son las FIESTAS PATRONALES. Éstas se celebran el 19 de abril, a Jesucristo Aparecido, conmemorando el Santo Aparecimiento de dicho día, en 1493, que ya está documentado en la Visitación de la Orden de 1494, y el de la Virgen de la Rogativa y el Remedio, que si bien fue el 7 de mayo de 1535 (Documentado a los veinte días, por un auto judicial del concejo y en la Visita de 1536)), siempre se celebra el día de la Ascensión, pues esa era la festividad litúrgica del día dicho.

Volviendo a tu pregunta, se celebra el milagro del Cristo del Rayo de 15 de junio de 1621. La iglesia mayor estaba en obras y las bóvedas, en ciertos espacios, abiertas. Durante una gran tormenta de ese día, celebrando la octava del Corpus, un rayo entró en la iglesia, cayendo sobre el Crucificado que coronaba el retablo mayor. El gentío dictaminó milagro y el concejo, que estaba presente en su sitial, así lo aprobó para “siempre jamás”, que serían las fiestas mayores, celebrándose la primera el 14 y 15 de junio de 1622. A la imagen, ennegrecida, pero rodeada del fervor y la devoción, se le hizo, primero altar y luego capilla.

P.-¿Han cambiado a lo largo de los años?

R.- Naturalmente. Y mucho.

Inmediatamente del acuerdo, al ser fiestas oficiales, el concejo crea la mayordomía, que se nombra anualmente, por san Juan de junio, teniendo la obligación de prepararlas, a lo largo de todo un año, cuidando el culto y cualquier otro detalle. Tienen licencia para pedir todos los lunes del año (por ser en tal día el del milagro) y hacer el agosto en las eras. Tienen que llevar libro de debe y haber, entregando cuentas al finalizar su mandato, pasando el libro y obligaciones a la siguiente.

Hasta el siglo XIX, la fiesta era solo víspera y 15-jun, siendo el componente principal de los festejos la pólvora, repiques de campanas, función con sermón de algún “pico de oro” cotizado y la procesión, con baile de gitanos durante ella. También se hacían comedias, música de dulzainas y de la capilla parroquial, y otros divertimentos o regocijos.
Desde mediados de dicho siglo, al haberse quedado sin rentas la mayordomía de la Virgen de Septiembre (fiestas el 7 y 8 de dicho mes), se hizo cargo de los encierros, que anteriormente se habían celebrado en dichos días y en San Miguel de Septiembre, durante la feria, en honor del Santísimo Aparecimiento.

Desde entonces, y según los ritmos económicos y políticos, las fiestas han ido creciendo, sobre todo en los encierros de toros, veladas, musicales y literarias, y otros actos, así como creciendo el número de días festivos, hasta completar la semana. También desde los años sesenta de dicho siglo, a editar un programa que fue convirtiéndose en “Revista de Fiestas”, con todo tipo de participaciones.

P.- ¿Se han mantenido las fechas a lo largo de los años?
R.- En 1967, al coincidir el grueso del festejo con las fechas de recogida del albaricoque, se deciden atrasarlas, con acuerdo municipal, del 24 al 30 de junio, guardando el festivo religioso del 15 de junio, con función, procesión y otros festejos. En 1985, esta vez por coincidencia de fin de curso, previa consulta, el ayuntamiento cambia los festejos a los días 11 al 17 de julio, como se siguen celebrando

P.- Usted publicó en 2013, «Las fiestas mayores de Moratalla», ¿qué descubrimientos o que errores pudo desmentir?

R.- Por desgracia, en nuestro país no nos ha interesado demasiado la historia. Por eso hemos estado condenados a repetir los errores.
Con respecto a las Fiestas Mayores, a las que tan aficionados decimos ser, ha habido una ignorancia supina sobre su origen y evolución. A lo largos de más de cuatro décadas, me propuse estudiar a fondo la historia de mi pueblo. Un silencioso y exhaustivo trabajo en los archivos, sobre todo el de protocolos, pero también los restos que quedaron del municipal (tras el esquilmo salvaje de una mala aplicación de un decreto de Arias Salgado), del parroquial, del Histórico Nacional, del de la Real Chancillería de Granada y otros, me ha hecho conocer cientos de miles de documentos fundamentales y decisivos de nuestra historia, entre ellos sobre las fiestas.
Así, demostré que los encierros de TOROS se implantaron, como en la mayor parte de los pueblos comarcales, a fines del XVI, pero en honor del Santísimo Aparecimiento, publicando documentos de todo tipo. También he desmontado –aunque me hacen poco caso- la falacia de encierros tradicionales por vereda desde 1621 –ó 22, me da igual-, publicando un cuaderno de entrega de cuentas de mediados del XVII, donde se demuestra la composición de los festejos. También he demostrado, con documentos, que las medidas antitaurinas del XVIII, cuando ya se celebraban por Nuestra Señora de Septiembre, no pudieron con los encierros, con distintas artimañas. Del mismo modo, he demostrado los distintos lugares de entrada del ganado bravo y los cambios y novedades, pero… ¡somos duros de cerviz! Nos importa un pito lo que demuestres documentalmente. Aquí solo vale la feliz idea que cada uno tiene. Ya sabes lo de Miguel Ligero y el tren: “-¡Chifla, chifla, que como no te apartes tú!”

P.- Usted también ha escrito sobre Jesucristo Aparecido, ¿qué festejos han tenido mayor popularidad entre los moratalleros?

R.- Cada uno en su lugar. Si los mediterráneos somos amantes de la holganza y jolgorio, aquí nos chifla. Ya lo decía un viejo pensador local: -“Moratalla la bonita: ¡vacas, tambores y pita!”

Es posible que el festejo de los encierros haya sido el de mayor tirón popular. Por eso en el XVI y XVII se hacían en honor de Jesucristo Aparecido, la semana de la Feria de San Miguel, que era la única ocasión que bajaba a la villa. Luego, con el cambio de las cosas, al Aparecido le ha quedado solo lo religioso y las romerías, que andan con flujo y reflujo, como las mareas.

P.- ¿Alguna tradición que se haya perdido en estos días de Fiesta y que estaría bien recuperar?

R.- Muchas. Pero no soy amigo de dar consejos y, visto lo vivido en este tema, ¡aún menos!

En el libro que aludías hay todo un historial de iniciativas y abandonos. Si a algunos les interesa, que avisen: estoy a su disposición. Pero mucho me temo que no. Ahora lo que priva en ciertos círculos es inventarse festejos que prefiero no calificar. Lo que sí voy a decir es algo muy claro. Sé que hay una gran aspiración a conseguir calificativos de calidad a los encierros, pero, mientras no se conozca su historia y evolución, se respete lo que ha sido básico, lo dudo mucho que se consiga. En España, pese a que muchos lo ignoren, hay cientos (por no decir miles) de pueblos que hacen del toro su seña de identidad, pero conociendo sus orígenes y manteniendo sus señas particulares. Ahí está Calasparra para demostrar que, tras un paréntesis de cien años, cómo ha recuperado, con pujanza y seriedad absoluta sus centenarios encierros, con origen en la misma época de los nuestros, fines del XVI.

No obstante todo lo amargo de ciertos análisis que llevo dichos, digo: a la actual Mayordomía, a las próximas y a las autoridades municipales (me da igual el color político que sean), como ya lo he hecho desde hace muchos años, que les ofrezco mis conocimientos y mis posibilidades, como académico, como historiador y como aficionado.

¡Que Dios reparta suerte!