José María Ortega González.

Hace años, durante una comida con amigos, una mujer joven y, en teoría bastante preparada –Luego resultó estar menos preparada de lo que parecía- definió a los ecologistas como “esos coñazos que intentan fastidiarlo todo”. Esta definición de la labor del movimiento ecologista es lamentable, inexacta e injusta con uno de los colectivos que más ha hecho por el bien común en las últimas décadas. Sin embargo, por desgracia, lo que ésta persona dijo refleja muy bien lo que piensa mucha gente sobre nosotros. Algo habremos hecho mal los ecologistas

Aunque no todo es culpa nuestra. La sociedad ha evolucionado como ha podido o querido, no como a nosotros nos gustaría. De la pobreza extrema y el caciquismo de postguerra este país, a partir de los años 60, fue cambiando profundamente, y lo hizo con tanto afán por salir de aquella España gris y claustrofóbica,  que mucha gente abrazó sin pensárselo ciertos valores que llegaban de fuera, principalmente de Estados Unidos, la potencia económica y militar que propagaba su estilo de vida a través de las películas y su influencia política. No se hizo la necesaria digestión de esos nuevos valores impostados, y al cabo de  unos años, mucha gente (¿la mayoría?) ya no pedía desarrollo, sino desarrollismo, no aspiraban a una vivienda digna como materialización de un derecho, sino  que creía tener derecho a chalet hortera construido dentro de un espacio natural, a autovías cómodas en todas direcciones, y que le dieran al lince, a la tortura mora y a los de la pancarta.

En fin, que se fueron olvidando valores nuestros; mejores o peores, pero nuestros, como el trabajo metódico, el beneficio legítimo, el abrigo para toda la vida, ganar el pan con el sudor de la frente, guardar parte del dinero de la cosecha para el año que viene….

Los valores de la ecología son, en buena parte, opuestos a los del consumismo capitalista imperante. La falta de penetración de los valores ligados a la ecología y a modelos de vida sostenibles en nuestra sociedad supone un auténtico drama. Resulta que la mayoría de la población se mantiene en actitud de total indiferencia frente a los principales problemas ambientales que nos afectan. Por ejemplo, los proyectos para extraer gas a través de la técnica devastadora del Fracking. Problemas ambientales de nuestra comarca, obviados por la mayoría de la opinión pública,  han sido: los intentos de llenar la comarca de absurdas urbanizaciones sin gente, el vertido de residuos industriales a nuestros ríos, acequias y depuradoras, los intentos por convertir en solarcitos el Paraje de La Rafa etc.

Muchos factores habrán influido en esta indiferencia social hacia el medio ambiente. Sin duda, el papel de los valores que se han promovido entre la población ocupa un lugar importante. Seguramente ha sido demasiados años de usa y tira, de no lo arregles, cámbialo, de piensa sólo en ti, como para que la gente se implique en defender el lugar que habita. Hasta que llegó la crisis incluso empezó a estar mal visto llevar a reparar los zapatos al zapatero o prestarse la ropa entre familiares. Todo lo sostenible era antiguo, todo lo consumista moderno.

Menos mal que hay una exigua minoría que, en cada pueblo, es  consciente de que el planeta, el territorio, los paisajes, los ríos los bosques, deben ser defendidos de la codicia humana. Esta minoría no es un grupo idealista, sino una minoría que actúa con gran lógica, la lógica de los bienes comunes. Es lógico que uno defienda el suelo que pisa y el aire que respira. Aunque estar  en esta lucha implique que a uno le tilden de “coñazo”, porque hace años que alguien le dio la vuelta a esta sociedad, como a un calcetín, y consiguió que el pensamiento que domina sea el pensamiento de los poderosos. Quienes  defienden los bienes comunes suelen estar  mal vistos, y quienes trituran esos mismos bienes como las termitas trituran la madera,  son tratados como una élite privilegiada, al menos hasta que se descubre el engaño en el contexto de una crisis como la actual, donde quedan al descubierto las ruinas del sistema.

Algunos han pasado de un puesto  de ministro a ejercer de lobby de presión en Bruselas. Otros privatizaron la gestión del gas, la electricidad y otras joyas de la corona y  luego acabaron de vacaciones bien pagadas en los Consejos de Administración de esas grandes empresas, como Felipe González y Aznar. Aznar, por cierto, siempre visionario y malvado, ya habló claro sobre nosotros los ecologistas. Dijo hace unos años  “los ecologistas de hoy son el mismo peligro que los comunistas de ayer”. Frente a tan siniestro personaje yo estoy orgulloso de ser peligroso por partida doble.

En conclusión, pues no, el ecologismo no es un coñazo para las personas que se interesan por la preservación de los bienes comunes, particularmente los ambientales pero no sólo los ambientales; y sí, el ecologismo es un coñazo para quienes no desean que ningún obstáculo se interponga en su afán desmedido de lucro, ya sea para sacar sin control la madera del Amazonas, el agua del subsuelo o el gas del Noroeste o inventarse urbanizaciones “desmayás” como Nueva Caravaca.