Pedro Antonio Martínez Robles

Carlitos Neyra leía novelas del Oeste sentado a la puerta del bar Crillas, buscando la luz generosa y cálida de las mañanas soleadas de octubre a mayo. Aquel viejecillo que hoy recuerdo bajo, delgado y algo pitañoso (tal vez por esa fatiga que da a los ojos la edad y la mucha lectura), era de ademanes lentos, hablar quedo y pausado y conversación, en apariencia, insustancial; una persona, en fin, discreta, cuya presencia era como un susurro que apenas se advertía, y cualquiera que se cruzara con él sin conocerlo jamás podría llegar a sospechar la pasión que aquel hombre sentía por la lectura de novelas del Oeste, unas novelas sobadas por mil manos que, en el segundo lustro de los años 70, podían cambiarse tras su lectura por una o dos pesetas en el quiosco de Antonio El Manco. Más de una vez lo vi sacar enormes montones de aquellas novelas de tamaño de octavilla, encuadernadas en papel, con portadas muy coloridas, llenas de imágenes de pistoleros, caballos, rifles, revólveres, o bellas y sugestivas muchachas; grandes pilas que colocaba sobre el pequeño mostrador del ventanuco de su quiosco, ya en la Plaza de la Corredera, para que Carlitos Neyra y tantos otros lectores increíbles fueran revisándolas hasta encontrar el pequeño volumen que les apetecía leer, al cambio, por una o dos pesetas. Yo, mientras miraba aquellas operaciones de intercambio, no hacía mucho que acababa de salir del embrujo de Roberto, Alcázar y Pedrín, El Capitán Trueno, El Jabato, Mortadelo y Filemón, Rigoberto Picaporte, Rompetechos, El botones Sacarino, La familia Cebolleta y ese largo etcétera de cómics que colmaron de felicidad mi ociosidad previa a la pubertad, y me sorprendía de que hubiera tantos lectores sencillos e inadvertidos que, como Carlitos Neyra, devoraban novelas del Oeste.

Ahora, mientras tecleo estas líneas ante la pantalla del ordenador en esta obligada reclusión domiciliaria por fuerzas que escapan al control de todos los gobiernos y a la comprensión de todo el mundo, tan a salvo, tan intocables, tan invulnerables como nos sentíamos, alojados en esta comodidad del “estado de bienestar” que tan bien han sabido vendernos los políticos de turno, escucho, también en el ordenador, la banda sonora que tanto me conmueve de Ennio Morricone, Érase una vez en el Oeste, y me acuerdo de Carlitos Neyra leyendo novelas del Oeste sentado a la puerta del bar Crillas en las mañanas soleadas de octubre a mayo en la segunda mitad de los años 70 y de todos aquellos lectores anónimos que cambiaban la ilusión de sus ratos de ocio por una o dos pesetas en el quiosco de Antonio El Manco. Y pienso en todos esos mensajes que circulan por las “redes sociales”, cuyos protagonistas no saben qué hacer para llenar sus horas de tedio y graban vídeos diciendo “¡Me aburro, me aburro, me aburro!…” mientras en algún cofre perdido de algún perdido desván van pudriéndose lentamente las novelas del Oeste firmadas por los míticos Sliver Kane, Curtis Garland o Marcial Lafuente Estafanía, y los cómics de Mortadelo y Filemón, El Jabato, El Capitán Trueno o Roberto, Alcázar y Pedrín, esperando que alguna mano generosa los rescate del olvido, que no es necesario, para el caso (aunque también), si no se quiere, entregarse a la lectura de El Quijote, La cartuja de Parma o los casi cien volúmenes que componen La Comedia humana, de Balzac.

Busquemos el viejo cofre en el desván y al abrirlo (¡quién sabe!) igual nos encontramos a Carlitos Neyra leyendo “Cielo rojo en Sacramento”, sentado a la puerta del bar Crillas en una mañana soleada de octubre de 1978.

 

 

 

18 de abril de 2020