Ya en la calle el nº 1047

Entre emociones y nuevas estrellas en El Batel

El sábado se hizo notar el sorprendente crecimiento del concurso Entre Cuerdas y Metales con un “Concierto Extraordinario” que difícilmente pueda ser olvidado. 

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

JOSÉ ANDRÉS LUDEÑA/Fotografías: Pablo Sánchez

Entre Cuerdas y Metales es un concurso organizado por la ciudad de Cartagena y su conservatorio, dirigido a jóvenes intérpretes de los conservatorios profesionales de la región. El sábado se hizo notar el sorprendente crecimiento de este concurso con un “Concierto Extraordinario” que difícilmente pueda ser olvidado. 

Comenzó con un homenaje a Rachmaninov, compositor exaltado en esta edición debido al 150 aniversario de su nacimiento. Su icónico “2º Concierto para piano y orquesta en Do m Op.18″ fue interpretado por la Orquesta Sinfónica de Cartagena, dirigida por Leonardo Martínez Cayuelas, y el multigalardonado pianista caravaqueño Arturo Abellán Sánchez como solista. Lo que sonó el sábado en “El Batel”, solo puede despertar una perspectiva emocional y subjetiva. Por tanto, aquí no van a encontrar una crítica objetiva (si es que la música puede albergarla).

El propio Rachmaninoff dijo: “La música nace del corazón y al corazón se remite; es amor. Su hermana es la poesía y su madre el sufrimiento”. Este concierto es consecutivo a una depresión que, tras el fracaso público de su 1ª sinfonía, sumió al compositor en una “inseguridad compositiva”. Cuando Arturo hace sonar esos primeros acordes, surgiendo del silencio y de la impotencia como algo inevitable; entiendes la cita anterior, y entiendes al compositor mejor que si él mismo te hubiera hablado en persona. Después entran las cuerdas, arrollando con todo lo demás y adoptando la primera melodía de este concierto, posiblemente la más trágica de todo él.  

Entre emociones y nuevas estrellas en El Batel

En el segundo movimiento, nuestro solista opta por un uso comedido e inteligente del rubato. Despliega unos arpegios que calman cálidamente el desasosiego del comienzo y, poco después, se une a ellos una conversación reconciliadora entre flauta y clarinete. Muy pronto te das cuenta de por qué este concierto está dedicado a su psicólogo, a quien en cierta parte, debemos este concierto y el resto de la obra siguiente de Rachmaninov gracias a la ayuda durante su crisis. La interpretación que escuchamos nos ofrece su aspecto más conmovedor y humano. A veces me da la sensación de que la música trata de eso: en este mundo de objetivos y obligaciones, me ayuda a recordar que soy humano.

En el tercer movimiento, la orquesta hace notar rápidamente el carácter conclusivo, mientras Arturo sobrepasa con maestría e ingenio las numerosísimas dificultades virtuosísticas de esta música. El concierto concluye en un climax total que llenó el auditorio de la explosión del romanticismo tardío, con una melodía que, en mi opinión, sonó más romántica que nunca. El piano deslumbraba entre fugaces acordes y escalas cuando sucumbieron los cuatro últimos acordes y el público se fundió en un largo aplauso, el cual nuestro pianista agradecería con el “Intermezzo Op.117 No.1″ de Brahms.

El concierto siguió con un Bernstein que hizo saltar al director. La batuta voló en todas las direcciones y, mientras este lo pasaba en grande, la energía de la música dibujaba más de una sonrisa entre los propios músicos y el público -que acabó gritando al ritmo de “¡Mambo!” cuando este volvió a sonar en un bis que cerró la noche por lo alto-. Un Bernstein que jugó con nuestras emociones: desde los efectos sonoros, los ritmos y las armonías únicas del jazz estadounidense; hasta el lirismo y las profundas melodías recogidas de la tradición clásica europea. 

Para finalizar con el programa no podía faltar un compositor español, en este caso Manuel de Falla con “El Sombrero de Tres Picos”. Una música inconfundible, e inconfundiblemente nuestra. Puso un color único en escena y una firma que a menudo olvidamos. Al escuchar cosas como esta, te sientes orgulloso de la identidad musical de tu país, la cual no está suficientemente reconocida siquiera por nosotros mismos. Algo inimaginable en otros sitios.

En definitiva, un concierto redondo que representó sobresalientemente los valores impulsados por el concurso.

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