NOEMÍ GARCÍA MARÍN/PEDAGOGA Y ORIENTADORA ESCOLAR

Cuando hablamos de las dificultades del niño/a TDAH/TDA (Trastorno por déficit de atención con o sin hiperactividad), solemos pensar principalmente en la falta de atención o interés  por el ámbito académico. Por supuesto, son muchas más las características que definen al niño/a TDAH, relacionadas en gran medida, con un déficit en sus funciones ejecutivas: dificultades para la organización y planificación, autocontrol y autorregulación o el manejo de la atención y las dificultades conductuales, entre otras.  Para atender correctamente a sus necesidades es fundamental un diagnóstico completo, siguiendo una serie de criterios con la finalidad de una evaluación correcta.

ImaginiaEn primer lugar, se debe partir de un examen médico que descarte problemas de tipo visuales, auditivos u otros. Más tarde, se deberá realizar una valoración psicopedagógica en la que se valoren aspectos de tipo emocional, conductual y cognitivo. Esta evaluación incluye el ámbito familiar y social (para valorar posibles conflictos , calidad de vida familiar y comportamiento). Y por último, pero no menos importante,  la evaluación escolar, que evalúe aspectos de tipo académico y conductual dentro del contexto educativo.

Esta valoración se basará en los criterios diagnósticos del DSM-V o del CIE-10. Para que el niño/a sea diagnosticado deberá presentar la gran mayoría de estos síntomas: inatención y falta de escucha atenta en las tareas escolares, recreativas o de casa.  Además, la dificultad para organizar tareas secuenciales y actividades, para poner los materiales y pertenencias en orden; descuido y desorganización en el trabajo; mala gestión del tiempo; incumplimiento de plazos, desinterés en tareas que requiera un esfuerzo mental sostenido, pérdida de objetos, distracción excesiva con estímulos externos, olvido de actividades cotidianas…  Así mismo, se valorarán los síntomas de hiperactividad que afectan a las actividades sociales y académicas, como juguetear cuando está sentado, levantarse en situaciones que requieren quietud, corretear y trepar, incapacidad de jugar y realizar actividades recreativas tranquilamente, movimiento constante o hablar excesivamente. Por último,  la impulsividadal responder preguntas, esperar su turno, interrumpir conversaciones, juegos y actividades o adelantarse a lo que hacen otros. Es importante saber que estos síntomas deberán estar presentes en dos o más contextos (familiar, académico y social).

Al ser niños que necesitan mayor número de estímulos para prestar atención, es vital que su entorno le permita desarrollar actividades que le interesen, les resulten atractivas y creativas (juegos de piezas de construcción en todas sus variantes, pinturas y juguetes no estructurados, los juegos de mesa que permiten la interacción entre participantes, actividades creativas, deportes variados …) .

Sin embargo, el estímulo más beneficioso procede de una familia cariñosa, que reconozca las cualidades de su hijo,  que proponga desafíos ambiciosos y deje que se aventure en sus propios planes, por descabellados que parezcan, apoyando su desarrollo y su bienestar, favoreciendo así su autoestima. El niño disfrutará especialmente cuando las relaciones se basen en el respeto y el afecto. Por ello, una adecuada intervención psicoeducativa  deberá implicar al niño/a en su propio proceso de evolución, lo que le permitirá percibir mejor la interacción con su medio (familia, maestros, compañeros…), aprendiendo a manejar las emociones que esta interacción le produce. Por lo tanto, entender las emociones que fluyen en el niño será fundamental para facilitarles su deseo de mejora.