ORENCIO CAPARRÓS BRAVO

 Con sus cuentos, Encarna Reinón, no pretende ni educar, ni manipular, sus cuentos son cuentos, y nada más, ni nada menos que eso, cuentos. Por ellos desfilan personajes aparentemente anónimos; digo aparentemente porque a muchos de ellos los reconozco tras nombres supuestos.

       Yo no soy crítico literario, ni lo intento, pero sí sé distinguir la literatura pura de la falso, de la simulada. Los cuentos de mi amiga Encarna están forjados en la fragua de la experiencia, de lo vivido, desde una capacidad, la suya, de no dejar de observar a las mil y una criaturas que se mueven, viven y actúan a nuestro alrededor, con sus pasiones, sus errores y sus aciertos, sus ilusiones y sus frustraciones; en fin, como la vida misma.  

      “ Escenas acromáticas “ es el título de esta, tengo entendido que primera,  entrega de cuentos a la que afortunadamente seguirán otras publicaciones. En el prólogo, la  hija de la autora, habla, escribe del color y de la percepción que se tiene de él, y que no es válido para todos. Lo acromático es lo que no tiene color, sin embargo, en los cuentos de los que escribo, aunque aparezcan bajo un ambiente casi anglosajón, de grises y colores neutros, sin estridencias, los protagonistas portan su luz propia y singular, y por lo tanto, sus colores. Es curioso que la suma de todos los colores de, como resultado, el blanco en la naturaleza; sin embargo en los pigmentos que se usan en pintura dan un negro parduzco y desagradable.

       Confieso, que deseaba encontrarme con una reivindicación de la mujer, no desde los supuestos tópicos de un feminismo desmadrado, sino desde la realidad profunda de las decisiones de mujeres que optan por su propio camino, pero eso es sólo un deseo;  como muestra Encarna, hay de todo, quienes eligen su destino, y aquellas a las que se lo eligen. Me cabe la esperanza, y sé  que a “la Reinón” también, de que a las generaciones actuales y venideras la decisión sea de cada cual ( o cuala).

        A pesar de la brevedad de los cuentos, el tiempo tiene algo de Azorín. Todo pasa, todo es fugaz, pero hay una permanencia en las sucesivas generaciones, en las pasiones, en las miserias, y en los dolores y soledades humanas. En el sonar de las campanas…

      Encarna, no toma partido, no crea desde un maniqueísmo facilón, y tan frecuente, en la literatura de género, o en aquella que aspira unir relato con historia y antropología. No, lo que hace la autora es limitarse a describir, lo más difícil según Josep Pla, no hay opiniones concluyentes, deja en libertad a sus criaturas, mitad suyas y mitad ellas mismas.

       Encarna Reinón elige la intrahistoria unamuniana, la que se da de puertas a dentro, la que marca el ritmo temporal y vital de los seres humanos, sean feriantes, curas, madres o sirvientas; conscientes todos de que son partículas de una globalidad que los incluye pero a la que no varían en su esencia.

       Decía Gustavo Bueno que “La Historia es la destrucción necesaria de la memoria (individual, aclaro) por parte del historiador”, y ello por que se diluye en la colectividad. Es decir, no existe la memoria histórica, porque son términos antítéticos evidentes que no pueden ir juntos, lo que llamamos un oxímoron. La memoria es de los individuos, la Historia es de la colectividad, y no es posible que coincidan, cuando, ni siquiera dos memorias coinciden al rememorar los mismos hechos. Quienes lo intentan caen en un engaño difícil de disimular, porque, al final se les ve el plumero de la ideología de la que parten y a la que se dirigen.

        Gracias Encarna por tu neutralidad , la vida es como es; las culpas, las dichosas culpas, que se las quede cada cual, pero con la proporcionalidad que la justicia requiere. Son los grises de tus personajes, tan familiares, tan nuestros, tan de cada cual.

        Qué grato me resulta dedicarle estas modestas palabras a una profesora tan grande. Un honor, querida Encarna Reinón.