Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Se ha extendido desde antiguo un error acerca del clima de los lugares montañosos, que los turistas o los viajeros ocasionales han terminado pagando en sus propias carnes. Con Moratalla también ha pasado. Todavía recuerdo aquel verano en que invité a mi casa a unos compañeros del trabajo con el objeto de que asistieran unos días a las fiestas de la vaca; como ellas, sobre todo ellas, me preguntaran por el tiempo que iba a hacer, yo las tranquilicé con la seguridad de que al menos por la noche refrescaría. Pero todos sabemos que Julio por estos pagos suele convertirse a veces en un infierno. Llega el aire de levante, del desierto africano y abrasa los días y las noches de un modo impiadoso. Por fortuna no pasa todos los años, pero de vez en cuando sucede un fenómeno así y no se puede vivir en ninguna parte.

Precisamente porque yo los invité a que disfrutaran de esos días de asueto y del fresco que suponíamos iba a hacer por las noches, aquel cataclismo térmico nos pilló en babia. Vinieron con las brasas del cielo pegadas a sus espaldas, anduvimos de un lado para otro sudorosos e incómodos y la verdad, es que yo ya no sabía, cómo explicarlo.

En Moratalla también pega el calor, no se me ocurría decirles otra cosa, porque en la sierra, pese a su altura y al oreo de los árboles, el fuego de la tierra y del cielo también se aposenta y suelta su lava. Comimos en La Puerta, sin aire acondicionado, ni siquiera quisieron darse un baño, tal vez porque ellas no venían preparadas y, entonces, pensé que en alguna cafetería podríamos pasar la sobremesa y la tarde hasta que el sol bajara y nos permitiera salir a la calle y seguir con  la fiesta, pero el calor estaba en todas partes, incluso cuando llegó el anochecer y anduvimos por el paseo de la carretera entre los puestos de los marroquíes y las atracciones de la feria; al fin volvimos a sentarnos en alguna terraza y con nosotros volvió a acomodarse el sopor. Yo miraba a mis amigos y no acertaba con las palabras justas para disculparme, aunque la culpa no fuera exactamente mía. No era esta, desde luego, la imagen que debían  llevarse del pueblo, aunque todavía me quedaba un último cartucho. Esta noche refrescará, les dije, y podremos dormir a gusto.

Y no, no refrescó en absoluto, sino más bien todo lo contrario, y eso que, en mi casa, con las paredes robustas y las ventanas pequeñas había alguna esperanza de que el horror se aplacase.

No tengo que decir que pasamos una noche tórrida, empapados y muy molestos  y que apenas conseguimos conciliar el sueño. Por la mañana yo ya había renunciado del todo a justificar aquel bochorno sobrehumano, porque ya no tenía palabras para hacerlo. Quizás en la ciudad de Murcia sería peor, pero en Moratalla no podíamos esperarnos aquella deflagración tan extrema.

Cuando los despedí en la balconada de Las Torres, donde habían aparcado los coches, sentí que me estaba liberando de una opresión injustificada, que aquella visita me había enseñado a prever y calcular los males inesperados y que si alguna vez volvía a invitar a alguien a mi pueblo, como he vuelto a hacer con gusto tantas veces, le advertiría antes, que a pesar de que Moratalla es un enclave de sierra, en el mes de julio suele hacer calor, como en todas partes, por cierto, y que, por tanto, viniesen preparados para sudar.