ANTONIO F. JIMÉNEZ

Se estrenaba el pasado 24 de octubre el documental Paco de Lucía: La búsqueda, donde ha sonado ya por última vez, como un réquiem, la guitarra flamenca del genio. La idea de este documental se la propuso el mismo Paco de Lucía hace tres años a su hijo, Curro Sánchez Varela, el director de la cinta, de la que todos, durante el rodaje, visluLa búsquedambraban todavía un final abierto, de continuación. Pero la vida ordenó dar un punto final inesperado, que nadie hubiera querido llegar a encontrar durante esta búsqueda.
Porque tanto para Curro Sánchez, narrador del documental, como para Paco de Lucía, protagonista, el objetivo era ir en busca de algo. El director trata de dar con el genio sencillo que es su padre, retratarlo con barba desarreglada, con zapatillas de andar por casa, envuelto entre chándales y el humo de un tabaco de cajetilla arrugada, mientras cuenta su historia a la cámara y va dando lecciones y consejos con una informalidad y dispersión como la de un abuelo que provoca a la vez, risa y sentimiento. Los espectadores se tornan de repente en hijos de Paco de Lucía, porque mientras el guitarrista le va hablando a su primogénito, que estaba detrás de la cámara, nos habla a todos. De este modo, logra Sánchez Varela ocultarse en una invisibilidad narrativa que le hace no caer en la blandenguería típica y afectada a veces cuando se trata de hacer un retrato humano, sino que entre lo humanísimo y el rigor sobre la trayectoria artística, Curro Sánchez nos descubre al Paco de Lucía completo, al genio sencillo.
Que él, por su parte de protagonista, va en busca de él mismo, de su bendita manía de ir siempre más allá y querer encontrar algo nuevo en el flamenco, desde que empezó con siete años, en la casa blanca de Algeciras, allá por los años 50 del pasado siglo, cuando la primera vez que se abrazó a una guitarra fue para corregirle a su padre, que se iba de ritmo. Desde ahí hasta su último disco, Canción andaluza, que se publicó como póstumo, han pasado sesenta y seis años de vida, de los que cincuenta, han sido a una guitarra pegados.
Esta guitarra cobra una voz poderosa que sale como de un lugar lejano y profundo, y no de los altavoces del cine. Los punteos parecen brotar del mismo interior emocionado del espectador, como si durante el documental anduviera el espíritu del Paco de la Lucía la Portuguesa tocando desde la intimidad más honda del recuerdo de cada uno. Porque escuchar música es, a veces, como escribió Muñoz Molina en El invierno en Lisboa, una sensación abstracta de pasado. Y recordemos que recordar, etimológicamente, significa: volver a pasar por el corazón.