ANTONIO F. JIMÉNEZ

Parece que las imágenes de los santos, en sus hornacinas, están más lustrosas, más iluminadas, más felices. Porque en el templo ocurre que hay una leve tristeza en los rostros de los feligreses agudizada por la luz penumbrosa de esa lona de obras que enjaula a la Iglesia. En verdad, con ese manto de albañiles ensombreciendo las ventanas, es como si desde dentro pareciese que siempre el cielo estuviera nublo, y esto grisea y otoña al personal. Más aún si hay que despedir al cura, que lo trasladan al Seminario como formador. Entonces ya es el colmo del quAbrazo con el seminariasta (Yoyo Egea)ebranto interior.
Las gentes entran, hacen como que mojan sus dedos en una pila seca y se santiguan con fe y sin agua. Caminan con pasos que retumban, hay oraciones en susurro: el Rosario. La penumbra también se explica porque aún no ha empezado la Eucaristía y no se han encendido las luces del todo, que siempre han ido poco a poco dando la luz, casi desapercibidamente, de tal sutil manera que uno la ve en su esplendor de repente, como un milagro. La Iglesia está abarrotada, igual que cuando las novenas de octubre. Abanicos. Verano aún, por tanto. Todavía es mitad de agosto, la Virgen de la Asunción. Festivo. Arriba, en el coro, se oye algún sonido de guitarra. Alguien la afina. Tosidos lejanos, alguna voz más alta que otra. De repente, el portón de la Iglesia se abre de par en par y penetra una luz blanquiazul de la tarde que vence a la penumbrosa iluminación del templo. Las miradas de los feligreses se han ido al fondo. Las campanas han dejado de sonar. Silencio.
Tres golpes en la madera de la guitarra para el primer acorde. Ya suena el coro y entran por la puerta grande seminaristas, monaguillos, sacerdotes hijos del pueblo. Y el último en pasar al templo es el párroco, don José Antonio Ibáñez, que camina tranquilo, cantando en alto para centrarse en la Eucaristía, con la mirada focalizada fijamente en el altar, quizá evitando pensar en que ésta es su última misa en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, quizá reteniendo el nudo en la garganta y apretando los puños a escondidas, debajo de la casulla, porque si da rienda suelta a los recuerdos mientras mira los rostros que le miran durante el paseíllo hasta llegar a la Mesa, difícilmente podrá controlar los sentimientos. Pero don José Antonio ni mucho menos quiere que su despedida reste importancia al día de la Virgen de la Asunción. No quiere que su adiós a un pueblo en el que ha estado tres años y medio y que él ha considerado como «un enorme regalo», tenga más protagonismo que la Virgen. De modo que Ibáñez ha sabido encontrar un equilibro entre su día de decir adiós y el de la Asunción: colocando a la Virgen como modelo de entrega. En la homilía lo ha dicho: «Pensé en este día de la Virgen de agosto para mi despedida porque con Ella proclamo la grandeza del Señor, porque el Poderoso ha hecho maravillas en mí durante estos tres años y medio. He sentido de verdad que me he ido enriquecido espiritualmente conforme me entregaba a este pueblo de Bullas, que, cuando aquel 4 de marzo me llamó el obispo para enviarme aquí, temí un poco por la envergadura de esta parroquia; pero, sin duda alguna, ha sido un enorme regalo del Señor y he comprendido el valioso mandato de entregar la vida. Por supuesto, pido perdón por las veces que no he dado ejemplo como sacerdote». Aunque tiene la voz quebradiza, aguda, emocionada, mantiene la serenidad y se resiste a la emoción desbordada.
Toda la gente está en silenDon José Antoniocio, atenta a las palabras de Don José Antonio, que han guardado siempre un ritmo de mansedumbre sin perder la potencia de la predicación. Él mira a los tres lados del templo y dice: «Mis queridos hermanos, el sacerdote está en camino. Y la Virgen lo que nos enseña es a tomar decisiones a prisa y de manera correcta, siempre agradando a su Hijo. Con la Virgen hay que aprender a mirar desde arriba. Una vez, cuando yo estaba en Lorca, subí con un niño a ver la imagen de la Virgen y éste me dijo algo que me asombró: ‘Desde aquí se ve todo’. Es verdad, con la Virgen miramos todo, alcanzamos otra perspectiva», ha dicho. Para cerrar, ha hablado del cielo, de que un cristiano no puede conformarse con el purgatorio, sino que debe aspirar siempre al cielo. Usando esta palabra, se ha despedido: «Allí nos encontraremos».
La mirada de don José Antonio
Antes de decir su última frase de la liturgia (podéis ir en paz), Lope Nadal, seminarista de Bullas, ha salido al ambón y ha leído unas palabras sentidas, con una voz afectada por el sentimiento. «Don José Antonio fue clave para que yo me decidiera a entrar en el Seminario», ha dicho entre miles y miles de gracias para Ibáñez. Hubo también palabras de esperanza para el futuro párroco, don Miguel Conesa, que se incorporará el próximo 1 de septiembre a la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario. Mientras tanto, será don Cristóbal quien haga las veces de párroco, aunque hasta que no llegue Conesa, el titular seguirá siendo don José Antonio Ibáñez, quien todavía no había dicho ‘podéis ir en paz’ cuando llegaron los regalos.
Desde el centro del altar, don José Antonio fue recibiendo los obsequios: una casulla con la imagen de la Virgen del Rosario, un retablo de la misma, del que dijo que colgaría inmediatamente en su nuevo despacho del Seminario; y el alcalde, Pedro Chico, le ha hecho entrega de una medalla con el escudo en plata del pueblo de Bullas. Por último, antes del himno a la Virgen del Rosario, don José Antonio dijo: «Como no quiero que se me borre nunca esta imagen que están viendo mis ojos ahora mismo de todos vosotros, le voy a pedir a Gregorio que suba aquí al altar para que se ponga en mi perspectiva y eche una foto de este instante». Y así fue. Tres fotos desde la mirada de don José Antonio. Se lleva consigo la última imagen de su feligresía mirándole orgullosa de su labor como sacerdote.
Enseguida ha comenzado el himno, que recuerda a las novenas, al frío de octubre y a las fiestas de Bullas. Aplausos a la Virgen. Ibáñez, sonriente, lo ha dicho al final: «Podéis ir en paz». La sonrisa, una de esas sonrisas que se quiebran pronto, se le ha borrado rápidamente cuando ha alzado levemente la mano, con la que ha dicho adiós, y se ha colocado el último en la fila de los sacerdotes en camino ya de la sacristía. Los que le vieron abandonar el altar dijeron que iba con la cabeza gacha, mirando al suelo. Pero ninguna fuente nos confirma si derramó lágrimas.