GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Veo, leo y escucho justificar en el voto la disciplina de partido y se me ponen los pelos como escarpias. Veo, leo y escucho a una mujer joven no solo acatarlo, sino justificarlo pretendiendo convencerme que lo hace por mi bien, y me dan ganas de tirarme al monte y no volver. Ya lo decían los clásicos, o Paulo Coelho, vaya usted a saber, reconocer un error lo repara, intentar justificarlo, lo empeora. Intentar justificarme que tiras por el suelo lo que a otras, por mujeres, les ha costado la vida… me parece de los que empeoran los errores.


Tirarse al ruedo para salvarnos a las demás acatando el voto de otros lejos de tu propia conciencia no es lo que hacéis algunas, tirarse al ruedo es lo que hizo un 4 de junio de 1913 Emily Wilding Davison, en el famoso Derby de Epsom. Hechos, no palabras, reza desde aquel día en su tumba.
Emily nació el 11 de octubre de 1872 en Blackheath, Londres. Un matrimonio bien avenido que tuvo un montón de hijos, a los que mandó estudiar. Emily no sería menos y estudió literatura gracias a una beca, hasta que está se acabó y murió el padre en 1892. Lo dejó, pero no lo abandonó. Solo lo pospuso. Trabajó como gobernanta y maestra hasta que ahorró lo suficiente para ingresar en el Saint Hugh’s College de Oxford, donde estudió biología, química, lengua y literatura. No le dieron titulación, porque por entonces ni a eso tenían derecho las mujeres, pero le concedieron honores especiales que le ayudaron a entrar como profesora de una familia acomodada de Nothamptonshire.
La situación de las mujeres de su entorno, la dificultad para vivir en una sociedad donde no se les reconocía sino sus obligaciones, animó a Emily a entrar a formar parte en 1906 de la Women’s Social and Political Union (WSPU), la organización sufragista fundada tres años antes por Emmeline Pankhurst. Tal sería su implicación, que dos años después dejaba su trabajo de profesora para centrarse en su labor en la WSPU. Hechos, no palabras, repetía. Por eso peleaba constantemente con otras miembros (lo siento, poner miembras me resulta tal gilipollez…) mucho más pasivas que ella, y que no aprobaban sus conductas temerarias: tiraba piedras en actos públicos, protestaba rompiendo escaparates y atacando directamente a personajes públicos.
Serían esos hechos los que la llevarían directa a la cárcel en nueve ocasiones.
Cada día más hechos, más piedras, más suicida por conseguir a la fuerza lo que otras no conseguían con palabras. Y decidió que el hecho de su existencia era darle visibilidad mundial a su lucha, la lucha de las mujeres por conseguir lo que por derecho les correspondía.
Qué mejor manera que interrumpir en el famoso y mundialmente conocido derby de Epsom.
Sus compañeras asegurarían que su intención era exhibir una pancarta, otros asegurarían que lo que quería era suicidarse… el caso es que se tiró en medio de la pista y fue atropellada por el jinete Herbert Jones y su caballo, propiedad del rey Jorge V.
Y el resultado fue que visibilidad le dió. Su atropello fue retransmitido en directo y la lucha de las sufragistas inglesas fue tema de conversación en todas las partes del mundo, pero su sueño no se vería cumplido. Las mujeres no votarían en Inglaterra hasta 1928, y no a través de sus hechos, sino de las palabras de su mentora Emmeline Pankhurst.
Cuatro días después , el 8 de junio de 1913, Emily moría a causa de las heridas. Su funeral fue multitudinario y su féretro acompañado por miles de sufragistas.
En su lápida, el lema que marcaría su vida y su muerte: “Hechos, no palabras”