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Nada fue imposible para esta “arEl famoso vestido en el que colaboró Dalítista italiana que diseña ropa», como la llamaba despectivamente Coco Chanel. Nada escapaba a su imaginación ni a su forma de ver la vida diferente y surrealista: usó aspirinas para confeccionar collares, convirtió plástico e insectos en materia prima de bisutería, decoró trajes de alta costura con rudas cremalleras y cambió los aburridos botones en  pequeñas esculturas. Nada fue convencional en su vida, ni siquiera su vestido de novia: se casó de negro. Mal principio para un mal final.
Elsa nació en Roma en 1890 en el seno de una familia culta y estricta que vio como su segunda hija se les escapaba de las manos, a pesar de los mejores colegios, y caía en las del pecaminoso mundo de la farándula. Demasiado para una madre acostumbrada a leer la biblia. Y no tuvieron otra ocurrencia que mandarla,  a sus 23 años,  a Inglaterra a ayudar a una dama caritativa a construir un orfanato de orientación progresista.  Pero el sentido de su vida no vino a encontrarlo en la iglesia, sino en una conferencia  sobre teosofía que realizaba el conde William de Went de Kerlor, un aristócrata polaco guapísimo de la muerte que enseguida le enseñó el camino de la salvación. Su cama.  Al día siguiente ya estaban prometidos y se casaron en 1914. Ella de negro. Él del color del dinero. Al poco estalla la guerra y la  pareja embarca hacia Chicago. En el transatlántico, Elsa congenió con Gabrielle Picabia, mujer del pintor dadaísta Francis Picabia, que iba a convertirse en una gran amiga. Ya en Estados Unidos, el marido se dedicaba a gastarse la dote de ella con todas y ella a criar a su hija Gogo. Acabado el dinero, acabado el amor y él se busco otra nueva alumna a quien enseñarle el sentido de la vida, que no era otra que Isadora Duncan.
Fueron cuatro años de penurias en Nueva York  trabajando de todo hasta que su amiga Gabrielle Picabia la puso en contacto con Marcel Duchamp y Man Ray. De allí se marchan a París, donde viste a sus amigas para sus fiestas.
En 1927  presenta su primera colección: jerséis, faldas y vestidos de punto tricotado, no era otra cosa que el  easy wear, la moda fácil que cautiva a los estadounidenses. Aparece su creación más universal: el jersey blanco y negro con una gran lazada en trampantojo. Al jersey se le une la falda pantalón, que ella y su amiga Lili Alvarez llevan por Londres divinamente y Elsa se convierte en «lo último de París».
Los años 30 fueron sus años de gloria. Su forma de unir arte y moda, trabajando con todos aquellos artistas que le proporcionen una original idea revoluciona una sociedad post crisis del 29.  Acude a todas las fiestas e inventa trajes extremos para sí misma y para sus amigas Marlene Dietrich, Wallis Simpson o Mae West: trampantojos, plumas de gallo, delantales de jardinero, bolsillos secretos para petacas de licor. De esta época es el famosos vestido langosta que realizó con Dalí.
Pero llega la II Guerra Mundial y con ella su segunda huida a Nueva York. Cuando vuelve nada ya es igual.
Llegan nuevos jóvenes con una nueva forma de ver la moda, distinta a la suya. Aparece un jovencísimo Dior, un aristocrático Givenchy y poco a poco el rosa shocking (marca de la casa) va dejando paso a otros colores más acordes con los tiempos.
La casa Schiaparelli cierra el 3 de diciembre de 1954, el mismo mes que Coco Chanel elige para volver a París para reabrir su tienda tras 15 años de ausencia.  Moriría en 1973, a los 83 años de edad, dejando un inmenso legado creativo en muchos de los diseñadores actuales.
Si Elsa pensaba que para “los tiempos difíciles la moda siempre debe de ser escandalosa”, ya me gustaría a mí ver quÉ diseñaría para los que vivimos.