TALLER DE ESCRITURA

FICA

Elegí un día diáfano para llegar hasta la residencia. No quería un día gris, bastante había con mi tristeza. Después de mucho pensar y hacer cábalas a montones, llegué a la conclusión de que no había más camino  para mí. Tenía que ver con naturalidad que mí sitio estaba allí, en la residencia.

Llevo ya un tiempo pensando que no debo vivir sola.  También mis hijos lo piensan, y han tratado de convencerme para que cierre la casa y vaya a vivir con ellos. Eso es algo que no entra en mis planes. En sus casas, todo el día vacías, pues todos trabajan, me sentiría igual de sola.

Ya soy mayor y necesito cuidados y, sobre todo, compañía.

En estos momentos me acuerdo de mi madre. Ella me necesitó, pero no me halló. Yo estaba loca trabajando para ayudar a mis hijos, para que no notaran que les faltaba su padre. Quería una vida buena para ellos, no quería que les ocurriera a ninguno lo que me pasó a mí.

Por mucho que a mí corazón le pese abandonar el hogar, donde unas veces fui feliz y otras muchas tanto lloré, tengo que dejarme de sensiblerías y ponerme a buen recaudo. No quiero ni pensar en si me ocurriera algo en la casa y mis hijos se sintieran culpables de ello toda la vida.

Yo no puedo exigir nada. Ellos están haciendo lo que yo les he enseñado.

Aunque camino despacio, he decidido subir a pie y no le he dicho a nadie adónde me dirigía. Desde que salí de casa, he ido rebobinando parte de mi vida, y creo que no puedo encontrar culpables. La culpable es la vida.

Quedé viuda muy joven, con tres  hijos a mi cargo y con la pena que me ahogaba por haber perdido a la persona que amaba. Tuve que ser resolutiva y esconder en lo más profundo de mí ser aquella herida tan grande que me destrozaba el alma.

En pocos días me vi obligada a dilucidar cómo encauzar mi vida. Mirando a mis tres hijos dormidos, demasiado pequeños para quedarse sin padre, saqué fuerzas no sé dónde para empezar a pensar. Mi mundo, no demasiado bien construido, se me había caído encima.

Yo, como muchos hijos, no hice caso de mis padres y me entró la prisa por casarme. Acabé la carrera de Magisterio con buenas notas, pero no quise opositar. Les prometí a mis padres que opositaría cuando estuviese casada, pues mi pareja y yo habíamos acordado no tener hijos hasta pasados unos años. Teníamos otras prioridades, como viajar y pasarlo bien; éramos muy jóvenes y teníamos ganas de libertad.

Mi novio, tres años mayor que yo, acabó económicas y pronto encontró trabajo en la banca. Nuestras ilusiones se vieron colmadas: teníamos una casa y un sueldo que no estaba mal, con eso ya nos bastaba. Tan solo dos años gozamos de esa libertad absoluta. Las oposiciones olvidadas… Mis padres me recordaban de vez en cuando que retomara los estudios, pero sus recomendaciones no surtieron efecto. Nunca se me volvió a pasar por la mente el volver  a “empollar”.

A los dos años de casados nace nuestro primer hijo varón, a los cuatro años llegó el segundo y a los seis nos llegó una hija.

Tras dieciséis años de matrimonio, un fatal accidente me dejó viuda, con una pensión y tres hijos por criar. Y lo peor de todo, sin saber cómo gestionar nuestras vidas. En los años felices que viví con mi marido, solo fui un mueble de lujo: él lo solucionaba todo. ¡Ay de mí! ¿Qué hice yo con mi vida? En esos momentos me acordé de mis padres y de mis oposiciones. Sin embargo, ya no valían los lamentos.

Busqué y encontré trabajo, pero por supuesto que no eran esas las expectativas que yo había soñado para mi vida.

Apretada me vi en varias ocasiones a lo largo de mí caminar, para sacar adelante la familia. Hubo momentos en los que estuve a de punto de tirar la toalla. Yo creo que de cada caída me levantaba más fuerte para seguir adelante. Con las demás piedras que me tropecé en el camino, puedo decir que las fui sorteando, mi prioridad era enseñar el camino adecuado a mis hijos.

Mis tres hijos estudiaron y los tres opositaron. Pasaron épocas difíciles. Ninguno de los tres quiso repetir el fracaso de su madre. A lo largo de estos años hemos podido comprobar que de ilusión no se vive.

Estoy en la puerta de entrada a la residencia de la tercera edad de Caravaca. Tengo que pararme y respirar, apoyarme en la verja y descansar. Ha sido un paseo demasiado largo para mí.

Tengo cita con la madre superiora, y no quiero que me encuentre ni cansada ni nerviosa. Años atrás, cuando no era tan mayor y paseaba por el camino Mairena, siempre tuve una mirada respetuosa y cariñosa hacía esta edificación, aunque siempre  mi mente la imaginaba con un halo de soledad

Hoy, al cruzar el umbral de la puerta principal y adentrarme en el patio camino de la recepción, me ha parecido más real, con una luminosidad distinta. Hasta me ha parecido que los cristales de las ventanas se sonreían, y he pensado: serán los rayos del Sol que les están haciendo cosquillas. Los álamos de la entrada, con su balanceo musical, me han recibido con el Himno a la Alegría. Esto es magia, más bien necesidad de sentirse querida.

Me adentro en el edificio,  y algo me dice que mis problemas tienen solución. La paz sentida llega a embriagarme. Tan solo con una mirada he podido comprender que allí la soledad no existe. ¡Bendita compañía!

Es un mundo diferente, no es para verlo con los ojos de la cara, sino con los ojos del alma.

Ya he concretado el día de mi llegada definitiva. Me ha preguntado la superiora que cuándo quería ingresar, a lo que le he contestado: Cuanto antes mejor, mi seguridad está asegurada aquí, y la tranquilidad de mis hijos también.

<<Hasta que no estás aquí no puedes valorar lo que en Caravaca tenemos. Para los que somos de aquí, tenemos la gran suerte de tener a los familiares cerca. Es un regalo del cielo  tener está casa tan especial para todo el que la necesite>>.