GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Anoche me vino  a la mente esta frase, porque la realidad es que hoy muchos nos quedamos sentados viendo pasar no solo la vida, también las desagracias de los demás. Hoy, tomo ejemplo de ella, y no puedo volverle la espalda a la vida… ni a los demás.

«Yo no podría, a ninguna edad, ser feliz estando sentada junto a la chimenea y simplemente mirar. La vida fue propuesta para ser vivida. La curiosidad debe mantenerse viva. Uno no debe nunca, por ninguna razón, volverle la espalda a la vida.”.

Anna Eleanor Roosevelt, nació el 11 de octubre de 1884 en Nueva York. Sobrina de Teodoro Roosevelt ( 26º presidente de Estados Unidos ) y esposa de  Franklin Roosevelt ( 32º presidente del mismo país). Lo tenía todo para ser feliz, pero las vidas se tuercen a veces por decisiones ajenas. Su  padre fue desterrado de la familia por alcohólico y su madre de este mundo por una enfermedad incurable lo que la llevó a vivir con su abuela materna, que debía de ser como la Clara, porque su experiencia fue traumática. Tanto que hicieron de ella una joven insegura y rebelde, ansiosa de afecto y aprecio que era lo que demandaba, porque dinero no le faltaba. Estudió en Londres, donde cogió algo más de seguridad en sí misma y regresó a Nueva York en 1902, donde hizo su debut en sociedad, lo mejor de la sociedad, claro está. En ese círculo estaba su primo Franklin Delano Roosevelt, del que se enamoró y con el que se casó en 1905. Durante los siguientes 11 años debieron de seguir muy enamorados, o no ver la tele, porque tuvieron seis hijos, de los cuales, uno, falleció a muy corta edad.

Pero los niños crecen y el carácter rebelde de Eleanor reaparece, no está dispuesta a esperar a su marido, que por entonces era senador, limpiando la cocina. Cuando este inicia la carrera política que lo llevaría a Presidente ella decide acompañarlo. Mujer activa, durante la Primera Guerra ingresó en la cruz Roja y en todas aquellas Ligas de mujeres de las que consideró que necesitarían su ayuda.  Pero la mejor labor que realizaría sería la de Primera Dama junto a su marido, mucho mejor que la de cualquiera de sus antecesoras, a las que tomó como modelos a no seguir. Rompiendo los esquemas, dio 350 conferencias de prensa a periodistas, mujeres únicamente, viajó por todo el país, dictó conferencias mientras opinaba de todo en una columna de periódico llamada My Day (Mi Día.).  Y como “mañana es ahora”  trabajó con el ejemplo durante la  Guerra Civil en España adoptando un niño huérfano de 14 años. El 12 de abril de 1945 murió el presidente y regresó a su casa de campo en Hyde Park diciéndole a los reporteros: «La historia terminó.» Sin embargo, continuó su vigorosa carrera, durante otros 17 años, como miembro de  Naciones Unidas. Fue elegida Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos en 1946, trabajó febrilmente en la preparación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, siendo la única persona involucrada en el proyecto que no tenía una preparación académica, ni en derecho, ni en política internacional, pero que se ganó, con su trabajo y constancia, el respeto de todos los demás miembros. Fue ese sin duda  la mejor de sus representaciones y su mejor legado: “ser nada más que una embajadora de los hombres y mujeres comunes”.
Tenía 78 años cuando murió en Nueva York  en el mes de noviembre, no quiso pasar otra  Navidad sin el que había sido su más fiel compañero. Juntos reposan en Hyde Park.