Pascual García
He tenido el privilegio y el placer de leer estos relatos prácticamente en su génesis (nunca mejor dicho, por cierto, dado el asunto que tocPortada de El verbo se hizo carnean) y creo estar autorizado para afirmar que nos encontramos ante el libro de cuentos mejor escrito, más sugerente y de mayor calidad no solo de su autor, sino de las últimas décadas en el ámbito de la lengua española.
La clave de todo la encontraremos tal vez en «Los tibios balbuceos del Edén», el primero de los textos, cuando Eva pregunta al principio: “Por qué Yahvé nos ha ordenado la ejecución de este extraño ejercicio para conseguir la reproducción.” Aquel extraño ejercicio que el candor de Eva atribuía a una ordenanza celestial había sido el argumento de un cuento delicioso y enigmático de Borges, incluido en el volumen «Ficciones» y titulado «La secta del fénix». El escritor argentino omite interesadamente toda referencia  acerca de la materia última del relato. El sexo, y todo lo concerniente a él, constituyen un tabú, y por lo tanto carece de un nombre pronunciable. Borges elabora una ficción extravagante y truculenta para enmascarar las palabras que designan la cosa, y con ello nos ofrece una lección literaria admirable. En cambio, Rubén Castillo pronuncia las palabras prohibidas para rememorar   la  concupiscencia             bíblica, el erotismo genesíaco, con la naturalidad con que el narrador asume las debilidades de sus protagonistas.
En estas ficciones existe, además, el ánimo de reescribir determinados episodios de la Biblia, modificando los detalles y los enigmas para ofrecernos una versión novedosa y verosímil, con la que el relato bíblico gana la intensidad expresiva de un narrador eminentemente lírico, preocupado por el destello del estilo y por la magia inefable de la imagen: “Como cima, el culo soberano, frutal y turbador, sedoso como la piel de las manzanas y dulce como la miel de Karbila”. La palabra de Rubén Castillo atempera el clima sexual de la anécdota. Su propósito queda fundamentado en el propio texto, en el mito del Antiguo Testamento, sometido a un novedoso análisis erótico, donde la sabia combinación de la literatura y del escándalo otorgan un carácter moderno y heterodoxo a los textos sagrados, pese a que en el ánimo del autor no parece haber un deseo de oposición a la ortodoxia evangélica, sino más bien un fin lúdico al objeto de convertir la palabra sagrada en un juego de los sentidos, rescatando este último significado de entre los muchos que poseen las Sagradas Escrituras. Rubén Castillo se atreve con la fábula bíblica a sabiendas de que el resultado ganará en atractivo y en profundidad ante la mirada un tanto descreída del lector. La única ortodoxia de Rubén Castillo radica en la autoridad  lírica de su estilo, al servicio de una elucidación erótica, donde el conocimiento pertenece por completo al ámbito desenfadado del regocijo y de la palabra. Hay, sin embargo, en estos relatos un bullicio divertido y jaranero, y la voluntad fervorosa de nominar el placer sin cortapisas con las voces impúdicas del amor, pero Rubén Castillo atenta en numerosas ocasiones contra la verdad escritural, y roza la herejía y la impiedad en beneficio de una sensualidad ilimitada, pecaminosa y sacrílega, que el autor reconoce indispensable en un relato de este género. La búsqueda de Rubén Castillo en los entresijos de la Historia Sagrada supone, asimismo, una vuelta a los mitos infantiles, la recuperación de un concepto primigenio del pecado, y el origen de la inocencia y de la virtud.
En los páramos bíblicos la perversidad carnal, contada con la delicadeza de un orfebre y la desvergüenza de un fauno, resulta tan natural como el pálpito inexcusable de la vida. Frente a la austeridad clásica del narrador argentino, Rubén Castillo ha utilizado un estilo soberbio, recargado y barroco para nominar con abundancia de sentidos la materia inefable del amor, los términos prohibidos del sexo. La gracia de su prosa ha consistido en conducir con valentía al lector hasta la última estancia del secreto e invitarlo a pasar al otro lado, en la convicción de que la poesía habita siempre en el misterio de la palabra.       
Los relatos contenidos en «El verbo se hizo carne» fueron escritos para transmitir un concepto de tolerancia y de divertimento, y una aproximación inteligente a las verdades bíblicas. El autor sabe que su aportación puede, tal vez, escandalizar al hombre de fe, inflexible y dogmático, pero a cambio complacerá a un lector exigente y despierto, maduro en sus convicciones morales e iniciado en el placer turbulento de la palabra. Todo el erotismo de esta obra reside en el verbo que el narrador ha reinventado, siguiendo la máxima del Génesis, y convirtiendo la palabra en carne. El verbo y la lujuria designan un único universo, poblado de fantasmas levíticos y de patriarcas inamovibles. Rubén Castillo ha insuflado la vida en sus entrañas de piedra a imagen y semejanza de sus propios sueños y los ha obligado a interpretar de nuevo un papel tan antiguo como el mundo. Y con ello ha conseguido reconciliarnos en parte con la palabra de Dios
    

Editorial: ALFAQUEQUE