Ya en la calle el nº 1052

El valor de lo perdido

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

El valor de lo perdido
El valor de lo perdido

A nadie, absolutamente a nadie, he encontrado esta tarde en la estación del ferrocarril. Pero antes de llegar yo ya tenía esa certeza. He ido para sacar unas fotos de su abandono, para aspirar su silencio y su soledad. Las puertas de acceso al edificio estaban cerradas y he tenido que sortearlo por su costado izquierdo para pasar al andén, por el espacio abierto entre los aseos y la nave contigua que jamás he sabido para qué sirve. Como todas las cosas que alguna vez han tenido vida, mucha vida, hay en su soledad y en su abandono un clamor silencioso, un rumor apagado, “un algo” que te dice que el lugar estuvo lleno, que tiene archivadas sus historias en las paredes ahora desconchadas, en las vías solitarias y en el andén donde ahora crecen los abrojos. Desde 1865, en que rodó por sus raíles el primer tren, hasta 2019, en que cerraron definitivamente sus puertas, han transcurrido más de 150 años. Decenas, cientos, miles, decenas de miles, tal vez cientos de miles de pasajeros han pasado por el despacho de billetes, han subido y han bajado de los trenes, cada uno con su pequeña historia en sus maletas. Han sido tantos, todos ellos ya seres anónimos, los que dieron sentido a la vieja estación del ferrocarril, que este lugar tiene, necesariamente, un halo fantasmal que se percibe en su abandono de hoy, en su soledad silenciosa de ahora. Cuántas cartas de amor, de felicidad, de drama, ocultas en aquellas sacas de color caqui que los operarios cargaban en las plataformas rodantes con destino a las oficinas de Correos, pudieron dar aliento a sus destinarios, cuántas alegrías o cuántas lágrimas pudieron bañar sus cuartillas en las manos temblorosas. No solo el tránsito de viajeros configura la historia de esta estación que ahora las hierban adventicias van invadiendo, levantando poco a poco el suelo del andén, las losas del edificio, cubriendo los raíles de las vías; también esos mensajes en papel que viajaban de una parte a otra del mundo forman parte de la vida que agitó durante más de un siglo y medio este lugar. Esta estación ha sido el enlace con el mundo, no solo de Calasparra, sino de todo el Noroeste Murciano y de la sierra del sureste albaceteño. Tengo los años suficientes como para haber visto la vida fluir por esta arteria de hierro y he asistido a su rápido desplazamiento por el avance de todos los medios técnicos y modernos de los que ahora disfrutamos: veloces y cómodos coches, poderosos y rápidos camiones que transportan las mercancías a cualquier lugar del mapa, correos electrónicos y teléfonos móviles cuyos mensajes ya no se guardan en cajas de galletas para que el tiempo vayan tornando amarillas sus páginas, sino que se desvanecen para siempre con solo pulsar una tecla y de los que jamás se guardará memoria. He sido testigo de la importancia que este lugar tuvo y lo he visto languidecer, he presenciado su agonía ya casi sin dolor, como se presencia la agonía de un viejo por el que nada puede hacerse, al que inevitablemente debemos dejar morir –¿o tal vez no?–, y mientras disfrutábamos de sus servicios quizá no les dábamos la importancia que tenían, y solo ahora la inútil añoranza nos hace ver el valor de lo perdido.

Miro el reloj que hay en el exterior del soportal de la estación que ha empezado ya a enrobinarse, el mismo reloj que he consultado decenas de veces mientras aguardaba la llegada o la partida de algún tren. Sus agujas están detenidas en las dos menos cuarto. ¿Desde cuándo? ¿Hasta cuándo?

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