Pedro Antonio Martínez Robles

Con frecuencia me pregunto qué será de nosotros –seamos generosos– dentro cincuenta, sesenta, cien años. Como mucho, un nombre en un trozo de piedra comida por el verdín, o quizá ni eso: cenizas al viento y ni siquiera una lápida con una breve inscripción para que un observador ocasional se detenga un brevísimo instante a curiosear y se pregunte: ¿quién sería? Cuando nuestra última imagen se desvanezca en la memoria de los que ahora nos conocen pasaremos a formar parte de esos millones y millones de seres que una vez habitaron esta tierra y que ahora solo son un concepto abstracto, un conjunto anónimo de gentes que vivieron antes que nosotros, amaron y murieron para no ser otra cosa que olvido. Tal vez algún objeto con el que puedan relacionarnos y que sobreviva a los estragos del tiempo pueda traer a la boca nuestro nombre, o quizá ni eso, solo lo que fuimos, quisimos o pudimos ser.

Cuando murió Sebastiana, la Chava, hacia la segunda mitad de los años ochenta, mi madre, a quien había nombrado su albacea, abrió el cofre que contenía su legado y en el que aseguraba que guardaba mucho dinero, que luego resultó no tener valor alguno por tratarse de billetes de la República. En el cofre hallaron también, entre las cosas que uno puede imaginarse, como ropa antigua y objetos domésticos, más apreciados por su valor sentimental que económico, una placenta bien doblada y casi fosilizada que mi madre atribuyó a la propia Sebastiana, pues en más de una ocasión la oyó decir que ella “había nacido con manto” (a saber). Y en un rincón del cofre, dos pares de gafas diminutas y una trompeta de pregonero, que acabaron en mi poder por no saber nadie qué hacer con estos objetos; eran, sin duda, los instrumentos de trabajo del padre de Sebastiana: el tío Chavo, el último pregonero de Calasparra. Decía mi padre, que llegó a conocerlo, que el tío Chavo era menudo y  temperamental, un hombre de no mucho más de metro y medio de estatura y de genio muy vivo que reprendía enérgicamente a quien se asomaba por encima de su hombro para leer las proclamas que él dictaba.

Si su hija Sebastiana murió, casi nonagenaria, en los años ochenta, no cuesta mucho suponer que su padre, el Chavo, el último pregonero del pueblo, pudo morir en los años cuarenta o cincuenta, y lo más probable es que la inmensa mayoría de quienes lean estas líneas no sepan que Calasparra tuvo un pregonero a quien llamaban el Chavo, y aquellos que tengan aún alguna remota referencia de que una vez existió, desconozcan su auténtico nombre.

Eso, y no más, ha de quedar de todos nosotros, aunque en este caso –y ya es mucho– el azar haya permitido, gracias a dos pares de gafas y una trompeta de pregonero, recuperar la memoria de un hombre que transitó las calles de nuestro pueblo, gritando: <<Se hace sabeeer…>>

 

 

 

13 de septiembre de 2020