IGNACIO RAMOS/Periodista

Presentar un libro de José Antonio Melgares en Caravaca tiene una gran ventaja y un grave inconveniente. La ventaja: que uno llega aquí con parte del trabajo ya hecho, porque todos le conocen y no ha de entretenerse en presentar al autor de la obra. El inconveniente: es imposible mejorar juicios que ya se han hecho de él y de su obra.

                      En mi caso sólo recordaré que Melgares es un enamorado de su pueblo: que nació en el corazón de Caravaca y Caravaca, valga el retruécano, le ocupa el corazón. Y que fruto de ese amor correspondido, fértil, son las numerosas publicaciones, artículos, cargos y encargos que a lo largo de su vida ha ido atendiendo y nos ha ido dejando, siempre a mayor gloria del pueblo que nunca le olvidó y él nunca olvida.

Y a Caravaca dedica el mayor número de sus trabajos, empezando por su primer estudio de enjundia: la tesis de licenciatura, “Carta Arqueológica del término municipal de Caravaca”, y siguiendo por varios de sus libros: “Historia de Caravaca a través de sus monumentos”, “Crónicas para la Historia de Caravaca”, “Guía literaria de Caravaca”, “El Monasterio de Santa Clara de Caravaca”, “La Banda de Música de Caravaca”…

Dice Luís Leante, en el magistral preámbulo de este volumen, que el currículum de Melgares “es mucho más amplio de lo que da de si un prólogo”. Le considera “uno de los eruditos más brillantes y reconocidos de nuestra Comunidad” y justifica esta afirmación con tal clarividencia que a mi sólo me resta invitarles a leer detenidamente ese prólogo. Únicamente insistiré en que, a pesar de su pasión frenética por la Arqueología, la Historia, la Etnología o el Arte. A pesar de sus numerosos encargos, materializados en libros, en cientos de intervenciones académicas y en mil escritos para diversas publicaciones, Melgares aún encuentra tiempo para volver siempre a Caravaca, su querencia, y dedicarle las muestras de su mejor cariño.

Este libro que hoy presentamos, “Caravaca antes de ayer. La víspera de nuestro tiempo”, es el último hijo del feliz y provechoso amor entre Melgares y Caravaca; un libro en el que, a través de personajes populares, de empresas ilusionantes, de antiguas tiendas y tabernas, de viejos trabajos y costumbres, nos introduce en los avatares de esta ciudad en los años centrales del siglo pasado, luchando a brazo partido contra el atraso y la pobreza, contra las dificultades de la posguerra y abriendo caminos en busca de mejores puertos para el siglo en que estamos.

El mismo autor nos lo recuerda reiteradamente: dice, por ejemplo, de algunos personajes, que “su recuerdo permanece en el cuadro de honor de la memoria colectiva, donde se sitúan tantas y tan grandes personas que pusieron los cimientos de la Caravaca actual”.

Está clara la preocupación de Melgares por enaltecer a los hombres y mujeres que formaron “el cuadro de honor donde nuestra generación sitúa a los caravaqueños que han hecho posible la configuración de la Caravaca  actual”, dice; que vivieron y trabajaron en aquella ciudad de la segunda mitad del S. XX, esos años que él bautiza tan acertadamente como “la víspera de nuestro tiempo”. Y creo que lo ha conseguido: este libro a través de sus páginas, nos adentra en las tiendas, los bares y restaurantes, las calles y las casas, los hogares y los espacios públicos, acompañando siempre a las personas que habitan en ellos, gentes importantes a veces, y humildes otras, pero siempre buenas, entrañables y comprometidas con su pueblo.

Es un libro, diría yo, imprescindible para conocer la Caravaca del siglo pasado. Escrito, además, con un delicado cuidado de no herir a nadie, de encontrar siempre el ángulo positivo de las cosas. Ejemplo: cuenta en el capitulo dedicado a D. Juan San Martín, que le nombraron alcalde en mayo de 1934, cuando el cabildo fue destituido, escribo textualmente, “por razones que no vienen al caso”. Todos conocemos aquellas razones, emanadas del robo de la Stma. Cruz, pero en un libro como éste no son bien recibidos episodios controvertidos: estamos asistiendo a la Caravaca que lucha por levantarse hacia un ilusionante porvenir. Y ahí no cabe ningún tipo de discordia.

No quiere decir ello que no se aborden momentos duros; pero siempre se tratan con cariño, hasta con ternura. Cuenta que hubo días de tal penuria económica en el pueblo que el maestro D. Basilio Sáez, que reflejaba cada día el trabajo de su escuela en un cuaderno, escribe en la última página: “Suspendo los Diarios por carecer de libreta”. Hasta aquí llegaba la escasez y de ese exquisito modo lo expresa Melgares.

Conviene señalar, además, que este no es un libro de historia, materia en la que es docto Melgares;  este es un libro de historias, pero más de retratos. Retratos de decenas de personas que han contribuido a la construcción de la Caravaca actual, encontradas todas en su ambiente, su trabajo, su circunstancia, rodeadas de sus familiares y amigos, todos con sus nombres y motes, situadas fielmente en su lugar de residencia, con el nombre de sus calles y hasta referencia: frente a la iglesia del Salvador, ante la posada de la Compañía, etc. Y el conjunto de retratos de todos ellos nos conforma la panorámica de un gran retrato de lo que era nuestra ciudad en aquellos años. Es lo que Luís Leante llama completar el mosaico general con pequeños detalles: “Melgares nos lleva de lo particular a lo universal”, escribe.

No hay orden cronológico en las crónicas que conforman este libro. Cada reportaje tiene vida propia y están insertados sin buscar afinidades en el tiempo ni en el espacio, lo que da al conjunto la frescura propia de la espontaneidad. Tampoco se agrupan los personajes por su rango social o su dedicación: es como si salieras a la calle y te encuentras primero a un alpargatero en mangas de camisa, luego a un joven trajeado contable de un negocio, más tarde a una abuela que vuelve del mercado…

Se huye también del encorsetamiento temático: los relatos están insertados aleatoriamente, como si sigues caminando por esa calle y cruzas junto a una fábrica de cáñamo, luego una taberna, mas tarde una mercería, etc.;y a todo esto pasa por esa misma calle el coche fúnebre de Firlaque, aquella carroza construida sobre un Ford de pedales, y decorada en el pueblo por sus dueños, tallistas locales, seguida de un cortejo mortuorio tan enlutado como las coronas de plumas negras que adornaban al féretro.

Quiero insistir en que a José Antonio Melgares lo que más le interesan son las personas, como motores del avance de Caravaca. A ellas les dedica la mayoría del libro. Es más, detrás de cada empresa, de cada promoción, de cada idea, hay una familia que la sostiene.

Comienza la recopilación con el alpargatero Alfonso el Potito, y termina con Luís Zarco Martínez, el carpintero Zarco. Entre ellos unos cincuenta personajes, todos vinculados a Caravaca, que el autor considera iconos del pasado reciente. Y repetimos, no todos son ilustres, ni letrados, ni poderosos; los hay que ganan su popularidad vendiendo chucherías en un quiosco, como Dolores la Paragüera, y los hay que han montado negocios que dieron de comer a muchas familias, como Juan Ford o los Marines.

Quizás la profesión con más presencia sea la de los profesores: desde maestros de escuela a catedráticos. Y ello es lógico, tratándose de personajes que, con su docencia, han fraguado la conformación cultural de la Caravaca de nuestros días.

Entre ellos están todos los profesores del colegio Cervantes. El primero D. José Moya, director del claustro y regidor de un internado variopinto al que recalábamos decenas de chavales de los pueblos cercanos, unos aún con pelo de la dehesa y otros con el remoquete de señoritín de aldea; y él nos obligaba a todos a convivir juntos, “manu militari” con la misma firmeza con que enseñaba las matemáticas de Julio Cenzano.

Gran parte de los caravaqueños debemos nuestra iniciación al saber, a aquellos esforzados profesores del Cervantes. Y voy a enumerarlos con toda intención: don José, don Arturo, don Francisco, don Vicente, don Blas don Rodrigo…¡¡y doña Encarna!! Quiero resaltarlo así: todos hombres y sólo una mujer, ya lo subraya Melgares en su libro. Una mujer que supo estar al nivel de los hombres, de igual a igual, cuando todavía las mujeres llevaban en sus documentos de identidad, en la casilla de la profesión, las siglas S.L., o sea “sus labores”, porque nadie les daba otro cometido que el cuidar de la casa. Doña Encarna Guirao supo abrirse camino en paridad, supo mantener alto el nivel educativo y cultural de su colegio, y supo levantar su voz delatando el deterioro del entramado social y económico de su pueblo, en tiempos en que pocos se atrevían a denunciarlo.

Entre ellos van pasando el Sordo de la Luz, Emilio el de la Lonja, Gonzalo el de las gaseosas, Isabel la bordadora, Juan el Gamba, el Pimporrio, los Orrico y hasta más de cincuenta personajes. Y todos ellos, eso si, devotos de la Cruz y amantes de sus fiestas, en las que, la mayoría, han ganado enorme popularidad.

El lenguaje utilizado por Melgares es sencillo, cercano, como si contara las historias a un amigo: no en vano están pensadas para publicarlas en “El Noroeste”; y escribe como te hablaría cualquier caravaqueño que quisiera explicarte quien es aquel hombre que está sentado tomando un café en el bar de enfrente; quienes eran sus padres, quienes son sus hijos, a qué se dedica la familia, cuales son sus aficiones, sus inquietudes, sus aportaciones al pueblo, sus vinculaciones con las fiestas de la Cruz.

A veces utiliza un lenguaje tan coloquial que a cualquier forastero podría parecerle críptico. Dice de un chaval que inició su vida laboral muy pronto, “haciéndolo en las carreras de Pablo Celdrán, dándole a la rueda…” Y estas palabras, quizás poco comprensibles hoy, nos traen recuerdos entrañables a los que vivimos los tiempos cimeros de cáñamo, con aquel trajinar en las sombras de los árboles de la carretera de Moratalla, dándole el chaval a la rueda de estopa, y el cordelero andando hacia atrás como un autómata.

A formación académica de José Antonio Melgares queda patente en la copiosa documentación de todos los reportajes; en el cúmulo de datos, nombres, referencia y detalles de una gran meticulosidad. No se limita a decir, por ejemplo, que la Peña Molowny tenía variedad de comidas, sino que recoge la carta completa: “ternera en salsa, patatas al taribé, callos a la madrileña con garbanzos, calamares con tomate y rellenos, empanadillas de boquerón, pipirrana, michirones, caracoles en salsa, habas con cebolla y jamón, sesos, letones; y comidas, como tartera y arroz con caracoles”. O que Vila, para su empresa de transportes, “adquirió dos camiones Pegaso, y después un Mercedes y un Scania, además de dos Reos y un GMC…” o que José María Corbalán, radioaficionado, utilizaba el indicativo I Y Z (Eco-Bravo 5 India Iñaki Zulú). Enumera, por ejemplo, todos los establecimientos de la calle Mayor, uno por uno, comenzando por la tienda de comestibles de Elías Elum en el número 1, hasta el final con las primeras “Nuevas Galerías” y Correos. Pasando por Fémina, “que regentaba mi madre”, precisa. Los dos bancos, las pastelerías, los sastres…En fin, una joya documental para quienes quieran bucear y recordar aquella época.

Y aporta datos no muy conocidos. Por ejemplo, Diego Marín tenía la exclusiva de venta de explosivos, que almacenaba en las afueras; y concreta que con la dinamita servida por ellos se hicieron, entre otras, las obras del Canal del Taibilla y del pantano del Cenajo”.

En el capítulo de las costumbres de la Caravaca de entonces describe las tertulias, en las que se hablaba de lo divino y de lo humano, que se formaban en la librería “Liceo”, en las barberías o simplemente en las puertas de los domicilios, tomando el fresco al atardecer veraniego, lo mismo ante la casa de Dª Encarna Guirao que junto al estanco de la Tercena, a donde acudían a charlar, con Mercedes, el barbero próximo, Manuel el Barumbo; Cruz la Montera; Salvador el de las Máquinas; Bartolo el de la confitería; Asturiano, el zapatero; los que atendían la gestoría de Paco Marín; la taberna del tío Siseñor o el dentista Jiménez Jaén.

Sería curioso contabilizar los cientos de motes que menciona, y que él llama “sobrenombres cariñosos”. En la alpargatería de los Cucharas, recuerda, trabajaban el Carambillo, el Albaricoque, Jesús el Chispas, Mateo el Guitarrero, Pepe el Chispas, Antonio el Atocha, Juan Antonio el Pay, Francisco el Viudo y el Papa Gori. Y no se libran del remoquete ni estamentos tan serios como la guardia municipal, comandados por José el Parrala, Antonio el Pecao, Juan el Peruelo, Julian, el Capìtán Quincalla y otros.

Nos habla Melgares de muchas empresas caravaqueñas que por entonces tuvieron sus días de gloria y luego sucumbieron, arrolladas por la modernidad, como la industria alpargatera, que no supo reciclarse con la pujanza de ciudades alicantinas, y de otras que han pervivido hasta la quinta generación familiar, o se han adaptado a los tiempos, como la conservera de los Marines o la tradicional chocolatera del Supremo, derivada hacia los postres Reina.

Y todo salpicado de curiosas anécdotas, como las del Hotel Victoria, heredero de las tradicionales posadas de Caravaca, que fue alojamiento de artistas célebres y afamados toreros, con quienes se tenía la deferencia de facilitarles agua potable para el baño en momentos de escasez que obligaban a racionar el suministro por distritos.

Entre sus pinceladas costumbristas recuerda el aroma a esencias que desprendía la casa de Paco Fuentes, los olores de las fábricas del chocolate o del turrón, las confiterías de Bartolo, Cecilio o La Pilarica en la calle Mayor. Las fábricas de aguardiente de la Canalica y la Glorieta. Las tiendas de ultramarinos y coloniales…Todos ellos, concluye, “integraban el patrimonio olfativo local ya desaparecido. Y lamenta la eliminación de edificios y rincones que fueron típicas postales de Caravaca: el Mercado de Abastos, el Gran Teatro Cinema, los garajes Ford y Reinón; tiendas como la de Diego Marín…tragadas por la modernidad.

Capítulo aparte merecen las ilustraciones: acompañan a los textos más de trescientas fotografías de aquel tiempo, con las personas de quienes habla y de su entorno, muchas de grupos o actos singulares. Baste decir que yo mismo me he buscado en algunas de ellas, porque en esas foto podía aparecerlo mismo. Y estoy seguro de que muchos caravaqueños que ojeen este libro se encontrarán allí.

Y no quiero terminar sin hacer un elogio a quienes sostienen empresas, muchas veces a prueba de pérdidas, que, como Gollarín, se empeñan en mantener vivo el fuego de la cultura, con la edición de publicaciones. Hoy es tan extraño encontrar a una persona con un libro en la mano como frecuente es verla picoteando con los dedos sobre la pantalla del móvil. Sí, es la tiranía de los tiempos, yo lo comprendo: está cambiando radicalmente la manera de comunicarnos; pero hay que esforzarse en defender el valor del papel impreso, antes de que se nos muera definitivamente por considerarlo un anacronismo inútil. Es terrible que el utilitarismo pueda terminar incluso con la belleza. Porque ¿no es más hermoso recordar aquella imagen de nuestra madre, humedeciendo el dedo en los labios para pasar página, que la de nuestros hijos deslizándolo por la frialdad de la pantalla?

Y es que el lector de libros debiera declararse especie protegida. Si: el lector es una especie amenazada de extinción, como el lince ibérico o el urugallo cantábrico. ¿Y porqué ha de tutelarse más al lince, al urugallo, o incluso al murciélago ratonero patudo, que a esa persona amante de los libros que está en inminente peligro de desaparecer, arrollado por tatos artilugios de pantalla -móvil, tablet, ordenador, televisión…-, muchas veces asesinos de la cultura? ¿No podían las administraciones públicas ocupar sus desvelos, y también sus dineros, en apoyar a los pobres lectores, indefensos ante una sociedad hipócrita que les ignora desdeñosamente mientras brama ante la dificultades de la rana pasilarga o el sapo partero? ¡Hombre, está bien preservar nuestra fauna y flora en peligro, pero concédannos a los lectores, por lo menos, la misma consideración que a la foca monje!

¡No dejen, por Dios, de editar libros! Y no dejemos todos, por supuesto, de leerlos. Hay negocios que, aunque parezcan ruinosos, ennoblecen a quien los sostiene. Y hay actividades, como la lectura, imprescindibles para enriquecer a la persona. Como la enriquece este libro que hoy presentamos, “Caravaca antes de ayer”, una obra fundamental para conocer como eran “las vísperas de nuestro tiempo”.