FRANCISCO SANDOVAL

El conjunto arquitectónico que corona la ciudad de Caravaca ha vivido numerosos avatares, cambios en su morfología durante siglos y, como alguna otra vez he mencionado, una verdadera metamorfosis, término que ya acuñó Antón Capitel para referirse a estos procesos en los monumentos. Dado que tenemos ahora la exposición Signum en Caravaca, quiero dedicar estas líneas al Renacimiento en la arquitectura de nuestro monumento más emblemático.


En el pasado mes de julio se han cumplido 400 años de la colocación de la primera piedra del templo, según el diseño de Fray Alberto de la Madre de Dios, un arquitecto apegado a las formas manieristas. Sería muy extenso detenerse en toda su obra, si bien sí destacaremos que el diseño de la actual Basílica es rotundo en la simplicidad de sus formas. Una obra donde aparecen los paramentos desprovistos de todo ornamento que posteriormente sería tan característico del barroco, un estilo de austeridad decorativa que ha sido calificado de Herreriano. Los capiteles reducidos a su mínima expresión, las pechinas desnudas o las bóvedas de arista del transepto son elementos que no eran muy del gusto barroco, sino más bien de finales de la etapa renacentista, o como en este caso, del manierismo clasicista.

El trazado renacentista en el castillo de Caravaca

El trazado renacentista en el castillo de Caravaca

Un siglo más tarde se levanta la portada del templo ya en pleno barroco. En la arquitectura, mucho más que en la pintura y la escultura, se producen estos encuentros o mixturas de varios estilos en una misma obra. La obra arquitectónica transforma su forma manteniendo muchas veces su fondo, en gran parte por el uso al que está destinada. También pasa en la muralla, sometida a muchísimas modificaciones. Así, la puerta de acceso al recinto amurallado donde dan comienzo las visitas nocturnas se inserta en un arco carpanel. Mientras uno lo cruza verá que el siguiente arco que aparece frente a sus ojos, aquel que enmarca de forma tan majestuosa la torre Chacona, tiene una geometría distinta, es un arco de medio punto.
El arco de medio punto, o de un solo centro, es el más sencillo de ejecutar por su curvatura constante. Es el que, como se pudo constatar en 2009, se empleó en el acceso primigenio al castillo. Sin embargo, durante el Renacimiento, es común que se abran otro tipo de arcos para dar acceso a las fortalezas: el arco carpanel o rebajado de tres centros. Es un arco que aporta mayor complicación en la ejecución, pero esta es una licencia que el maestro de obra se podía permitir dada la época, una época en la que estas puertas ganaban una connotación diferente, en la que el tracista podía recrearse en nuevas corrientes con una mayor seguridad que en siglos anteriores de que era un icono que iba a perdurar. Y ha perdurado hasta nuestros días.
Es relativamente frecuente encontrar un arco rebajado en el acceso a una fortaleza, especialmente si ésta ha sido reformada a lo largo de los siglos. No obstante, lo que se ve en muchas de ellas es un arco escarzano, es decir, un arco rebajado pero de única curvatura, donde la luz que salva no es el diámetro de su circunferencia sino una cuerda, mientras que la majestuosidad del carpanel hace de éste un arco más sofisticado que el anterior.
En definitiva, en los albores del Barroco, en Caravaca aún se mantenía en muchos aspectos el estilo que había caracterizado a artistas y arquitectos del siglo XVI. Fue esa la época que nos ha legado gran parte de nuestro patrimonio, y los acontecimientos que se sucedieron en ella modelaron el escenario en el que se reproducen hoy las tradiciones que evocan tiempos aún más remotos, pues en la construcción del nuevo templo -actual basílica- estaría el origen del emblemático último tramo de la cuesta del castillo.