Pedro Antonio Martínez Robles

Me acuerdo ahora, no sé por qué, será porque la memoria es caprichosa, de aquella tarde agitada de hace tres décadas en que un nutrido grupo de unos vecinos nuestros de la Vega Media, desplazados a Calasparra con ocasión de un festejo taurino, decidieron, en incontrolable alboroto y tras una lidia que al parecer fue de disgusto, pasar una maroma por la cornamenta de un toro descabellado, amarrarla a su testuz y arrastrarlo, con una indolente falta de respeto, por las calles del pueblo hasta la casa del que entonces fuera veterinario titular del coso taurino, don Jesús Martínez-Corbalán Beyret, que lejos de arredrarse ante la enardecida turba, salió al desprotegido balcón de su vivienda a preguntarle a la multitud qué se le ofrecía–y de esto sé no de oídas o porque me lo figure, sino porque fui testigo casual del extraordinario acontecimiento– y el gentío, que había llegado envalentonado hasta la casa del veterinario con visibles intenciones de linchamiento, enmudeció, se desinfló y se fue con el toro a otra parte.

Algunos creerán que lo del toro enmaromado de Calasparra obedece al recuerdo de aquella tarde aciaga que nos costó a los calasparreños, sin comerlo ni beberlo, la clausura de la plaza de toros de La Caverina durante un lustro. Pero no es la cosa tan reciente y alude, sin embargo, a mozos más bragados, de siglos pretéritos, que desafiando al toro vivo (no con la humillación del muerto) ponían todo su empeño en arrastrar al astado, en bestial forcejeo, hasta la casa de la moza a la que pretendían en amores para atarlo a la reja de su ventana y ofrecérselo en bandeja como quien regala, con la mayor delicadeza del mundo, un manojo de rosas. Pero todos sabemos que para realizar estas gestas de locura que, afortunadamente, han caído en desuso, se precisan más agallas que para arrastrar en tropel a un toro descabellado.

21 de junio de 2007