JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Cada año, en una u otra fecha del calendario festivo regional, la figura del TÍO DE LA PITA irrumpe en las calles de algunos pueblos y ciudades murcianas, arrastrando tras de sí ilusiones incontenidas.

El Tío de la Pita suele ser un músico profesional o aficionado, procedente en la mayoría de los casos de un lugar ignoto que a pocas personas interesa cual pueda ser. Llega entre el clamor popular, generalmente infantil, en un medio de transporte público, e interpreta con su dulzaina melodías tradicionales, pegadizas y populares que las gentes de ese lugar concreto aprendieron en su infancia, y de las que habitualmente sólo se sabe el estribillo. Tras unos días de actuación desaparece sin dejar rastro ni voluntades a su favor. Lo único que se le exige es que interprete bien la partitura tradicional y que sea puntual en sus actuaciones. Un ser anónimo pues, cuyo nombre, procedencia y peculiaridades, apenas si interesan a la comunidad que se constituye en su anfitriona durante unas jornadas festivas a lo largo del año. En la región de Murcia, la presencia del Tío de la Pita forma parte del calendario festivo de forma habitual en Blanca, Bullas y Caravaca; y de manera ocasional en Abarán, Alcantarilla (donde se le denomina “el Tío de la Charamita”), Cehegín y Moratalla.

En Caravaca, la población infantil recibe al Tío de la Pita la tarde del 24 de abril (este año excepcionalmente el 22 por coincidencia con otros actos). Antes, el popular personaje llegaba en el tren, y luego en “la Alsina” o coche de línea que une la ciudad con la capital de la Región por carretera. Multitud de niños y adolescentes se daban cita en la estación del ferrocarril, como hoy lo hacen en la Plaza Elíptica de Paco Pim, obligando materialmente al dulzainero y tamboril que le acompaña, a iniciar un recorrido consuetudinario en cuyo transcurso se canta a voz en grito la melodía del “Serafina la Rubiales” que permanece archivada en el recuerdo desde el año anterior. Antiguamente, el recorrido del 24 de abril era el acompañamiento a la “pareja musical” desde el tren, o el autobús, a la fonda donde ambos se alojaban.

Desde el 25 al 30 de abril, el “Tío de la Pita” hace dos salidas diarias, coincidiendo con el toque del “Conjuro” desde la torre de la Real Basílica de la Vera Cruz. A las seis de la mañana lo hacía sin acompañamiento alguno, como cabe suponer, por lo temprano de la hora. Uno, acompañado siempre del otro, hacen la “carrera oficial” a manera de diana festiva, interpretando melodías de moda que todos conocen, y actuando de despertador festivo matinal en los días inmediatos al comienzo de las fiestas de la Cruz. A las seis de la tarde, con la algarabía propia que proporciona la asistencia de la población infantil, la pareja musical convoca tras de sí a las gentes de calles y plazas de viejos y modernos barrios, en una informal y tumultuosa cabalgata callejera en la que intervienen los “Gigantes y Cabezudos”.

El inicio del pasacalles tuvo y tiene lugar cada tarde en la recoleta “Placeta del Santo”. El recorrido ha variado necesariamente según han ido ensanchándose los límites locales, pero siempre ha sido obligado el paso por la Cuesta de los Poyos y por las antiguas calles que forman parte de la denominada “carrera del Corpus”. Otras salidas a centros de enseñanza y colectas matinales son “obligaciones” recientes del Tío de la Pita.

La tarde del 30 de abril, tras su última actuación tradicional, el Tío de la Pita cede el protagonismo a otros festejos en los que también participa pero como integrante de los mismos, en actos rituales que concluyen en la Cuesta del Castillo el 5 de mayo, en la despedida de la Stma. Cruz, cuando la Patrona enfila, en su carroza de plata, el último tramo de la cuesta que conduce a su Rl. Basílica, intramuros del Castillo.

La más antigua documentación que el cronista conoce hasta el presente sobre el festejo en cuestión, es de los primeros años del S. XVIII, y concretamente de 1720. El 28 de febrero de aquel año, el presbítero local Francisco Torrecilla de Robles, mayordomo a la sazón de la cofradía local del Stmo. Sacramento, denunció al dulzainero Roque Martínez, residente en la villa de Hellín, por haber faltado a la fiesta del Corpus Cristi del año anterior, a pesar de habésele satisfecho 122 reales como adelanto de los 180 que por su actuación se había estipulado entre las dos partes.

Durante muchos años, el Tío de la Pita caravaqueño fue un músico profesional que venía de la localidad de Beniel: Antonio Morales Pallarés, acompañado de uno de sus hijos, que hacía de tamboril. Luego, a comienzos de los años 80 del pasado siglo, su puesto lo ocupó el músico caravaqueño Amador García. En la actualidad el Tío de la Pita, y su acompañante el tamboril, son hijo y nieto del recordado trompetista local Pablo Guerrero, recientemente fallecido.