Ya en la calle el nº 1039

El testimonio de quien enseña, aclara y exige al lector que medite y reflexione

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Emilio Molina López/Catedrático de la Universidad de Granada

Hay reseñas, presentaciones o prólogos que resultan sumamente gratos, y -en  lo que cabe- fáciles de escribir. Lo primero, porque siento un gran aprecio por el asunto tratado y por la persona que lo ha hecho. Lo segundo, porque, si bien el tema es diverso, abre numerosas sendas para la reflexión  que, de lo contrario, restringiría el marco del necesario análisis y sus inagotables reflejos.

El testimonio de quien enseña, aclara y exige al lector que medite y reflexione

A lo largo de una ya dilatada carrera profesional, me he cruzado sólo en contadas ocasiones con personas que hayan sabido gestionar con inusual destreza la incondicional entrega a su profesión en el ámbito docente, el uso de la palabra y el lenguaje del corazón, tres perfiles vitales de difícil conjunción. Encarna Reinón era una de ellas.

Por razones de fuerza mayor que ahora no vienen al caso, el pasado 14 de mayo de este mismo año hubiera deseado compartir y manifestar ampliamente cuanto acabo de decir, en compañía de las personas citadas para participar, en la fecha señalada, en el acto de presentación y Homenaje de la obra que pretendo reseñar: el Cofre de la Felicidad de Encarna Reinón, una impecable y oportuna iniciativa editorial del editor de La Tribuna del Noroeste, S.L., Francisco Marín. No pudo ser, pero recuerdo bien que en uno de nuestros frecuentes contactos con mi entrañable amigo Toni Torrecilla, aceptó mi propuesta en suplir esta eventualidad, con una breve reseña posterior más reposada y meditada, que bien pudiera incluso hallar un mayor eco, como complemento a la palabra escrita, como llamada a la puerta de un umbral incógnito o como guía y orientación al lector por la senda más oportuna e idónea. No obstante, quisiera advertir al lector que quien escribe esta líneas lo hace con algunos títulos más que el de estar vinculado a la autora del libro por afinidad profesional, lo hace sobre todo por estar conducido por una gran admiración como persona y por unos sinceros lazos de afecto tras varias décadas de inquebrantable relación de amistad, por lo que soy consciente de la tarea puede resultar acaso más compleja; no obstante, será la objetividad, que no la frialdad de los datos, la que presida estas breves líneas, aunque no dudo de que otros, libres de ataduras afectivas, quizás lo hubieran perfilado mejor; pero es que casi treinta años de relación dan para mucho y asumir el compromiso de esbozar una semblanza personal o literaria sobre alguien que ha sembrado en el alma miles de detalles inolvidables sin más esperanza que la de servir a los demás no es una cuestión menor.

La obra que aquí se presenta es una variada antología de relatos, de desigual extensión y contenido, catorce en total, siendo el último, el más extenso, complejo y, posiblemente el más reciente en el tiempo escrito (septiembre de 2018), el que habrá de darle título a la obra en su conjunto: El Cofre de la Felicidad, un entrañable epílogo compuesto de dieciocho capítulos, enmarcado en un sombrío y complejo ámbito familiar que, como bien subraya su autora al comienzo del mismo, para no dejar ningún cabo suelto en la vida y convertir en preciado tesoro el cofre de la felicidad, es necesario ser “águila, sobrevolar la inmensidad de la tierra desde la plenitud del cielo, sentir la libertad de manejarse cual Ícaro, libre de ataduras terrenales en la enormidad del firmamento […], desde el privilegio de la autonomía, y sentir tu fuerza en las garras arrebatadoras de vida como el mejor regalo que puede recibir un ser humano”,  Le preceden, por tanto, trece relatos de variada extensión y espacios cronológicos y geográficos diversos, que, junto al último, nos conduce al universo anímico de Encarna Reinón, en clave literaria, a través de personajes, situaciones, experiencias, reflexiones y sentimientos, incluso sueños. No es una casualidad que ya desde el primer relato Encarna aluda al icono universal de la lengua castellana, Cervantes; ya advertía a sus hipotéticos lectores que para viajar sólo se necesita  como alforja un libro en tus manos. Es por ello, que a lo largo de todos los relatos nos traslade de Nueva York a las Antillas, de Japón a Malabo, de Manila a la Selva Amazónica, o de Argelia a Méjico, ámbitos geográficos diversos en los que, atenta a todo cuanto le rodea en su entorno más próximo o lejano, nos sumerge, a modo de mensaje y enseñanza,  en el sucio juego del  periodismo, las diferencias generacionales, el maltrato  familiar, las dificultades económicas, la lucha contra las injusticias  y la discriminación hacia los mayores, la pobreza, el narcotráfico, el drama humanitario y la vulnerabilidad de los procesos migratorios, la violación de los derechos fundamentales, la renovación permanente de la fe, la necesidad de vivir el presente, la vívida templanza de los huertos y jardines, entre otros múltiples  espacios creativos de la diversificada realidad.

En suma, un universo vital, cuya forma y contenido,  es, de principio a fin, el espejo fiel y nítido de la Encarna que he tenido el privilegio de conocer: un ejemplo testimonial de su quehacer profesional, la que conoce su oficio pero deja siempre ese amplio margen de libre opción personal que es uno de los pilares insustituibles del singular edificio de la enseñanza/aprendizaje, cosa no tan frecuente en este medio; por su probidad, por su disciplina y coherencia, por su sentido del deber, por su responsabilidad ante sí misma y ante los demás, además de poseer una impronta personal que destaco en templanza, de trato sereno, equilibrado, ponderado, generoso, respetuoso, y fiel; un estilo propio que se refleja en su forma de escribir, en prosa sencilla, clara, trasparente e inconfundible, personal e íntima, una voluntad de estilo que se percibe incluso en los matices del lenguaje, con especial interés por los  términos y expresiones locales tanto de su ámbito más próximo como en el de otras áreas creativas. ¡Cuánto echo de menos – hablamos de ello en múltiples ocasiones- no ver ya publicado aquel proyecto lingüístico suyo a modo de glosario sobre el haz dialectal a través de términos y expresiones locales de Caravaca y tu entorno! Algunos pensarán que esto es mucho, pero la grandeza está ahí: en saber fundir en un solo espacio elementos tan dispares como el compromiso con el ejercicio profesional y las convicciones personales, sin estridencias ni reclamos.

En resumen, la publicación de esta obra, como se subraya en la contraportada, no es sólo un merecido homenaje a la memoria de Encarna Reinón, es además el testimonio de quien enseña, aclara y exige al lector que medite y reflexione. Ese era, sin duda su objetivo: la superación de los enfrentamientos y el camino para la esperanza hacia un mundo más armónico, más gozoso, más humano; sencillamente, más auténticamente civilizado.

Encarna Reinón, El cofre de la felicidad, Editorial Gollarín, colección Bigornia, Maquetación y portada: Gloria López Corbalán, Caravaca de la Cruz, Murcia, 2022.

 

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