PEDRO ANTONIO MARTÍNEZ ROBLES

Había entonces en mi huerto dos naranjos, uno de naranjas dulces y otro de naranjas amargas; un paraguayo y dos árboles trompeteros de trompetas encarnadas que flanqueaban la entrada del corral, al fondo del huerto, donde se alzaba el gallinero sobre la caseta del perro y dos marraneras, casi siempre vacías. Había también un ciruelo de ciruelas Santa Rosa junto a la acequia, un ciruelo cuyas ramas mi padre tenía que apuntalar todas las primaveras para que el peso de sus frutos no las desgarrara. La acequia estaba cimbrada y cubierta por una solera de hormigón que formaba un pequeño patio en el que había una caseta con alcachofa de ducha, de los tiempos de la fonda, y una pila donde mi madre lavaba a mano en verano y en invierno. Me acuerdo de sus brazos arremangados y enrojecidos por el frío mientras restregaba la ropa con jabón de sosa en la tabla de madera. Bajo el hormigón del patio había una portezuela por la que apenas cabía un perro; por aquella puerta se entraba en la acequia y siempre estaba cerrada; por ella, mientras jugaba una tarde entre la luz de los naranjos, vi salir a un hombre con un capazo terrero en las manos: vació en un lado los cienos de la monda y volvió a meterse en la acequia, cerrando tras de sí aquella portezuela como si cerrara la puerta de su propia casa. Yo me quedé mirando al hombre lo mismo que si fuera una aparición fantasmal: era de color gris muy oscuro, como el color de los lodos de la acequia… Me acuerdo con una transparencia insólita, con una nitidez asombrosa, de todas esas cosas que me ocurrían en aquella edad tan permeable. También en ese huerto de mi infancia, plagado de recuerdos, asistí maravillado a la construcción de un flamante tambor de hojalata, el primero que veía de aquella magnífica hechura; era una lata tan reluciente que en nada tenía que envidiar a los tambores de piel que hacía apenas una semana habían dejado de sonar en las calles del pueblo. En ese tiempo tan remoto, en apariencia, de que hablo, el eco de la Semana Santa se prolongaba dos o tres semanas más, como esos acontecimientos que tanto ilusionan a los críos y pretenden alargarlos con la imaginación y simulacros que se van desvaneciendo lentamente; por eso se fabricaban tambores de hojalata y se soplaban trompetas encarnadas de los árboles trompeteros; después, la bonanza de los tiempos ha ido menoscabando la imaginación, pues todo el mundo tuvo medios económicos para comprar tambores y trompetas casi de verdad y no fue necesario buscar latas ni arruinar la florescencia de los árboles trompeteros para emular los ecos de la Semana Santa. Pero así, amigos, el disfrute también es más corto, más insustancial, pues nada ofrece mayor riqueza que la de gozar con el milagro que sale de nuestras propias manos, frente a lo que nos es dado con gratuidad… Aquel tambor… Aquel tambor… Una tarde, algunos días después de Semana Santa, vi aparecer en el huerto a mi primo Ángel con su mandil blanco de aprendiz de camarero del Casino: traía en las manos el tambor de hojalata y unos palillos finos y bien torneados que dejó con mucho cuidado sobre el pretil que dividía el patio del huerto; después entró en la casa y volvió a salir enseguida con un martillo y una púa para perforar con gran diligencia el borde de la lata. Finalmente, engarzó un alambre en los orificios y se colgó la lata de la cintura. No es necesario que explique que el sonido de la lata nada tiene que ver con el que arrancan a los parches los tamboristas experimentados de las bandas procesionales, pero el redoble que mi primo hizo aquella tarde delante de mí, en aquel huerto de mi infancia en la casa materna en el que la primavera apuntaba ya sus primeros movimientos, me pareció algo mágico y doliente, como los poemas de Juan Ramón, y su eco, de vez en cuando, aún me persigue. Será, seguramente, porque yo jamás fui capaz de fabricar un tambor así.

 

3 de abril de 2021