Pedro Antonio Martínez Robles

Eran las 17:45, casi al atardecer, cuando he abierto el viejo portalón de mi casa materna, ya sin vida desde hace casi una década, y me he adentrado en ese ámbito sobrecogedor de polvo y de silencio para buscar la zambomba que mi padre solía guardar en un rincón de la amplia despensa, donde reposaba 364 días al año para resurgir cada Nochebuena con toda su parafernalia de piel y barro y carrizo y cascabel, y la he llevado hasta un tramo iluminado de la escalera de caracol, junto al alto ventanal que da a la terraza, ya sin tiestos ni plantas, para hacerle una fotografía aprovechando las últimas luces de la tarde. Resulta curioso cómo un simple objeto puede ofrecernos a veces una cantidad inmensurable de imágenes, de vida y de sueños, que cabe en un solo destello, en un instante de luz en el que es posible comprimir gran parte de nuestra existencia. Mientras rozaba con mi mano el cáñamo de su cordaje, he podido ver a mi padre, hace muchos años, extendiendo sobre la piedra de una mesa auxiliar que había en la cocina, la piel curtida en cuyo centro habría de alojar un extremo del fino carrizo antes de llevarla a la boca de la orza para atarla con firmeza, tensa como el parche de un tambor, y colocar finalmente en la cima de la caña un cascabel. Esa zambomba bien podría tener ya 50 años, 50 navidades, 50 nochebuenas, y todo ese mundo que gira entorno de ella, gira también en mi cabeza y en mi corazón. Después de la cena, alrededor de cuya mesa nos congregábamos los miembros de la amplia familia, que con el tiempo fue creciendo hasta casi alcanzar la treintena, mi padre sacaba la zambomba y el resto lo acompañábamos con carracas, castañetas, panderetas y la infalible botella de aguardiente en aquel ritual de villancicos que se iniciaba allí y trasladábamos después a la casa de los vecinos: Joaquín de la Pepa del Secano, los Perea, o la familia de Pepón. Todos nos aguardaban con las bandejas sobre la mesa, bien abastecidas de dulces, y las botellas de licor dispuestas para compartir esos instantes entrañables. El día 24 de diciembre de 2011 esa zambomba con medio siglo de historia sonó por última vez. Recuerdo a mi padre perfectamente deslizando su mano, ya nudosa, por el carrizo en el último acto de aquel rito que durante una vida entera nos acompañó todas las nochebuenas que pudimos compartir, que por fortuna no fueron pocas, y lo recuerdo parado en el portal de la casa mientras nosotros nos despedíamos, porque ya no quedaban vecinos en el barrio para visitar. Y recuerdo la tristeza de aquella dispersión por las calles vacías en las que ya no sonaban instrumentos de música navideña ni gente que las recorriera cantando villancicos. Lo que me negaba a sospechar era la cercanía de esa ausencia anunciada que habría de ser tan próxima e irremediable. Todo eso he visto y mucho más, en el instante en que he colocado la vieja zambomba de mi padre sobre ese tramo desierto de la escalera de caracol de mi casa para hacer la fotografía de un silencio que dura ya casi una década pero que llena mi corazón con una vida entera.

 

19 de diciembre de 2020