GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

Decía el novelista inglés William Somerset Maugham El valor del dinero es que con él podemos mandar a cualquiera al diablo. Es el sexto sentido que te permite disfrutar de los otros cinco.
Pues la fallecida Cayetana dLas dos duquesase Alba debía de tener el sexto sentido de desarrollado como la lista de sus títulos. Y yo, que los tengo todos menos el sexto, tengo hoy orden expresa de mi jefe (que cada semana me lo pone más difícil) de escribir sobre la duquesa. Una mujer de la que apenas se nada, solo que es fácil ponerse el mundo por montera cuando el mundo es tuyo, que era del Betis, felipista pero con jornaleros enfadados, animalista pero taurina, y que lo que más me gustaba de ella era su pelo, su casa de Ibiza y su boda ochentera ( y no me refiero a la música) con un anticuario ( y tampoco me refiero a los muebles) que ya puesta, bien podía haber elegido a un cubano o a negro (sin connotaciones racistas) que para leerle Machado en el Palacio de Liria bien le podían servir cualquiera y al menos estaría bien formado y no tieso como un leño. Que si lo eligió para darle calor las noches de invierno, como mucho «pa hacer ascuas» que decía mi abuela…
Y como mi jefe no me dijo que Duquesa, pues me voy a saltar a esta, que la veo en la tele ya como la luz del frigorífico, que cada vez que abres la puerta se enciende y ya sabemos todos cuán lista y rompedora (en mi vida me muerto) fue la duquesa. Y me voy a ir a su preferida, María Teresa de Silva Álvarez de Toledo, XIII duquesa de Alba de Tormes, que hubiese tenido el doble de sálvame deluxe que ha tenido esta.
Nacida en 1762, la XIII duquesa de Alba de Tormes fue hija única y tras la muerte de casi toda su familia (como se las gastaba aquí la nobleza) hereda a los catorce años un disparate de patrimonio, cincuenta y seis títulos y un matrimonio que antes de morir había pactado su abuelo con un primo con otros tantos títulos.
El matrimonio se llevó a cabo, pero se ve que lo que es consumirlo lo hizo con todos menos con el marido. De los más famosos de sus amantes el pintor Francisco de Goya, que la retrató vestida y aunque dicen que desnuda no, quiero pensar que si. Porque le pega más.

Su historia con Goya, que ningún documento histórico ha podido comprobar, dicen que acabó cuando el pintor se cansó del carácter imprevisible, caprichoso y derrochador de la duquesa. Esto es, de su sexto sentido.
María Teresa tenía fama de sentir atracción por hombres de condición social inferior a ella, lo cual no debía de ser muy difícil, porque habría pocos hombres con más de setenta títulos que pudiesen gustarle. Entre los de menos de setenta títulos pasaron por su cama desde Alejandro Malaspina hasta Manuel Godoy, enemigos políticos. Esta duquesa, al contrario que la nuestra, parece ser que no tenía preferencia por unos políticos u otros.
En 1802, la duquesa murió repentinamente a los cuarenta años víctima de una misteriosa fiebre. Fiebre que en un principio se pensó «fabricada», pero que más tarde, cuando su cadáver fue exhumado en el siglo XX y sus restos sometidos a una autopsia se demostró que venía de una meningoencefalitis de origen tuberculoso. Vamos, que entre todos la mataron y ella sola se murió.
Sin descendencia directa, los títulos se repartieron (la mayoría, entre ellos el Ducado de Alba, pasaron a manos de su pariente Carlos Miguel Fitz-James Stuart y Silva, VII duque de Berwick, que a saber que le tocará a nuestra Cayetana) y dejó gran parte de su patrimonio a una niña negra (no sabemos si por joder a sus blancos parientes) que había adoptado poco antes de morir.

Me hubiese gustado que, cual viuda india, se hubiese llevado por delante al desconsolado Alfonso, a ver si ardía en el mismo fuego de su amor y hubiésemos salido de dudas los 40 millones de españoles (menos uno) que dudábamos de si era interés o amor lo que les unió.
Allí donde va, sin su sexto sentido, no sabemos si se pondrá el cielo por montera.