José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.
Al llegar a la ciudad desde Granada y el Campo, y también por la salida oeste de la Autovía del Noroeste, se aprecia, a la izquierda, un viejo edificio de una sola planta, que destaca entre otros de factura moderna, en cuya fachada se puede leer: Servicio Nacional del Trigo. Almacén de Caravaca, hoy en manos del Ayuntamiento local para usos diversos, que recuerda a nuestra generación un organismo que, durante casi medio siglo garantizó y controló el abastecimiento de pan a la población española, tras los desastres que trajo consigo la última guerra civil.

El Servicio Nacional del trigo se creó en 1937 en la denominada España Nacional para actuar como interventor en el mercado cerealista, abriendo grandes almacenes comarcales, a donde los productores estaban obligados a depositar el cereal, al precio fijado por el Estado.
En Caravaca el almacén se abrió en 1940, en la C. Almazarica en local alquilado a Antonio Castaño, junto a la yesera de Lorenzo Gómez El Sombrerero, siendo su primer jefe local Juan Sopor. En 1956, siendo Jefe Provincial del Servicio en Murcia D. Ramón Melgarejo Vaillant (Conde de Reparaz), se erigió el edificio de nueva planta aludido, junto a la carretera de Granda, ya propiedad del Servicio, siendo jefe local Antonio Carrasco, quien había sucedido en el cargo a Francisco Oñate.
Simultáneamente se almacenaba el cereal en otros espacios, puesto que el silo propio del Servicio se quedó pronto pequeño. Hubo que improvisar y alquilar almacenes en la C. Junquico a Antonio Torrecilla el de los Abonos. En el paraje de Los Praos a Juan Antonio Arias y un tercero, junto a la estación de servicio de Barranda, a Daniel Sánchez El de La Almudema. Uno y otros, en los últimos años cincuenta, almacenaban alrededor de 1800 vagones de trigo, cantidad que equivalía a 1.800.000 Kg. teniendo en cuenta que cada vagón admitía una carga de 10.000 kg. de cereal. Diez años más tarde se llenaban todos los citados almacenes, habiendo de habilitar otros en Cehegín (en uno de los callejones de la Plaza de Toros), y en Moratalla (en el conocido almacén de El Zanca). Hasta una y otra población se desplazaban los empleados del Servicio, haciéndolo a la primera los viernes y a la segunda los sábados, para hacerse cargo del cereal, almacenarlo y pagarlo a los agricultores simultáneamente a su entrega.
Hasta los almacenes llegaba el trigo primero en carros, luego en tractores y, pasado el tiempo, en camiones que hacían largas colas hasta que les llegaba su turno y los descargadores Gregorio Fernández Navarro Félix, Nicolás Martínez García el General, Juan Antonio Sánchez Escudero el Perrillón, Vicente Fernández Navarro, Pedro El Salas, Paco Rocamora, Nicolás Sánchez, Juan López el Jara y otros, con inusitada rapidez y cargando sobre sus hombros sacos de cien kilos, iban apilando convenientemente los sacos, seleccionando el cereal según sus variedades: Florencia Aurora (que era el mejor para panificar), Duro y Aragón 07 que era el más cultivado en la demarcación de Caravaca.
El agricultor cobraba de inmediato. De ello se encargaba Mariano Martínez-Iglesias Reina desde 1966, quien mediante un documento denominado negociable y que equivalía a un cheque al portador, pagaba a los agricultores en el momento de la entrega del grano.
Los mayores productores del preciado cereal en nuestra demarcación eran el Conde de Peñalva: Joaquín Febrel Aguilera, el Conde de Reparaz: Ramón Melgarejo Vaillant, y el Duque de Ahumada: Diego Chico de Guzmán; los hermanos Pozo, Damián Fernández Marín, Los Torraos de Singla, el tío Santos Baquero, Los Tajoneros y Francisco Rigabert Anadón, que cosechaba en las Cañadas de Tarragoya.
El sistema obligaba a todos los agricultores a entregar la totalidad de su producción, reservándose aquellos una parte para semilla y una pequeña porción para el consumo doméstico familiar. Las únicas empresas autorizadas a comprar trigo eran las panificadoras, siendo imposible su adquisición legal por particulares, que lo hacían en el mercado negro.
Los precios no sufrían variaciones notables al ser mayor o menor la producción, pagándose el Kg de Aragón 03, en 1966 a 6´66 pts. Cada año, a partir del mes de octubre, que era cuando se colmataban en exceso los almacenes, el Servicio Nacional del Trigo subvencionaba con 21 Ctmos. de pta. el kilo que el agricultor conservaba en sus propios graneros. De esta manera se evitaban las aglomeraciones en la entrega, y la saturación en los almacenes propios de la institución.
Además de los ya mencionados anteriormente, fueron jefes del Servicio en Caravaca Antonio Rodríguez y Ramón Matas González. El último de ellos, quien desempeñó el cargo entre 1965 y 1986, era conocido cariñosamente entre sus allegados como Ramón, el del Trigo.
En distintas época fueron auxiliares administrativos Jesús Martínez Romero, Pedro Navarro Sánchez el Pico y el ya citado Mariano Martínez- Iglesias Reina.
El S.N.T tras la entrada de España en el Mercado Común desapareció como tal y el organismo que lo sustituyó cambió su primitiva denominación por la de SENPA (Servicio Nacional de Productos Agrarios) y, finalmente por la de FEOGA o Fondo Europeo de Garantía Agraria, que afecta a toda la producción agrícola en la actualidad.
El viejo silo de la carretera de Granada, edificado en su día en plena huerta, ha sido paulatinamente engullido por la ciudad, tras el desarrollo urbanístico de la zona. En 1986 lo abandonó el S.N.T. en manos de los guardias forestales, hasta que el Ayto se hizo con la propiedad en la que sigue.
El Servicio Nacional del Trigo es recordado aun, con agrado, por los agricultores vivos, a quienes nunca faltó comprador ni nunca estuvieron preocupados por la oscilación de los precios. La venta de la producción estaba siempre asegurada, y los bancos no ponían obstáculos a los préstamos. El Estado, una vez suplidas las necesidades de la población, vendía los excedentes a países importadores.
Los empleados, por su parte, recuerdan el S.N.T como un organismo de gran actividad económica, laboral y social, en que se trabajaba mucho pero a gusto y en total armonía. Donde no se producían quejas y cada cual cumplía con su cometido sin interferencias ni intromisiones. De todos ellos me detengo en tres con especial cariño, estando ya alejados del trabajo: el último jefe: Ramón Matas González, el descargador Gregorio Fernández Navarro, conocido popular y cariñosamente como Félix, y el auxiliar Mariano Martínez-Iglesias Reina, el más joven de ellos, quien el pasado uno de junio estrenó su jubilación laboral.