JENNIFER FUENTES

Pascual García (Moratalla, 1962) es un autor polifacético. No solo escribe narrativa como este último libro, Monólogo del que reza a la muerte, sino que también destaca en poesía (ha ganado varios premios como el Dionisia García y el Poeta Sánchez Bautista) y es también crítico literario y articulista. Sin embargo, además de todo lo anterior, es catedrático y profesor de Lengua y Literatura Española desde hace ya varias décadas en el IES Alfonso X El Sabio de Murcia y doctor en Filosofía y Letras.

Monólogo del que reza la muerteP:Su última novela es Monólogo del que reza a la muerte ¿Cómo surgió esta novela? ¿Cuál fue la chispa inicial que la engendró?

R:Evidentemente detrás de cada uno de los libros hay alguna anécdota, situaciones más o menos personales, cercanas o en el ambiente en el que yo me moví cuando era un crío. Yo soy de pueblo, de Moratalla, y de un barrio bastante pobre, además. La figura de un viejo, de un anciano resentido, representando el mal absoluto se encuentra en mi cabeza desde hace mucho tiempo. Es un hombre que tiene un pasado más o menos puro, inocente, con una historia de amor que se trunca en un momento dado y por lo que las circunstancias lo hacen casarse y convivir con una mujer a la que realmente no ama. Todo eso lleva algo aparejado: esa situación que parece idílica pero que en el fondo a él lo está destruyendo. Es una especie de reducto del mal porque aquí lo que hay es una enorme vomitona del mal, del mal puro. Y este personaje está llevado hasta su extremo aunque esté basado en hechos y personas reales. Yo conozco a referentes pero me los voy a guardar para mí. Los hay incluso peores que el personaje y ahí se mezcla la violencia física, mental y, sobre todo, de lo que no quiero que quede nunca duda es que no hay ninguna justificación. Solo expongo las cosas como son y me meto dentro del alma, del espíritu torcido y oscuro de ese personaje y lo abro para que la gente lo vea.

P: El monólogo no es un recurso habitual en la narración más propio del teatro. ¿Por qué la eligió?

R: Yo creo que lo que hay ahí y lo interesante de toda la novela es lo que dice o piensa el personaje y capturar su conciencia. Ninguna situación, ni descripción, ni narración de nada, simplemente que él vuelque toda su experiencia personal. No había un recurso previo, no elegí hacerlo de una manera u otra, simplemente comencé  a escribir. El personaje se estaba confesando, pidiendo ayuda en realidad, pues es una especie de soldado, de guerrillero que está atrincherado en su casa y contándose algo a sí mismo. Así van apareciendo todos los episodios de una vida terrible. Es por eso que no hay elección previa sino que sale de una frase que empieza alargándose y, como dice Juan Benet, “una novela de quinientas páginas empieza por la curiosidad que tiene el autor por ver cómo termina la primera oración” y ahí sigue hasta que se convierte en una novela. En este caso no podía ser muy extensa porque sería terriblemente aburrida pero lo que sí está claro es que es ese un lamento casi poético, teatral incluso, de ese hombre ya cercano a la muerte. Sin embargo, esto lo dice el profesor después; como creador no me di cuenta de nada, solo estaba dando rienda suelta a alguien que para mí era muy cercano. Era también una manera de quitarme de encima un montón de complejos y de vivencias de la infancia.

 P: Esa catarsis de la que habla recuerda mucho a Vargas Llosa enLa ciudad y los perrospuesto que él también habla de que el proceso de escritura de su novela fue un intento por dejar atrás ese trauma que le dejó su experiencia estudiantil en el Leoncio Prado. ¿Hay algo de eso?

R: Exactamente. Y él también tiene como una de sus mayores obsesiones la violencia del hombre, el mal, que yo creo que es uno de los pocos temas que interesan al artista y al escritor durante toda su vida. Es esa lucha entre el bien y el mal, eso que nos recorre por dentro pero sobre todo del mal en todos sus ángulos y cuando tienes algo así, que lo sientes como un presencia cercana y un peso interior, es muy liberador quitartelo por medio de la escritura. A mí me supuso toda una liberación en su momento porque no estaba en mi casa, me había ido, estaba separándome, en una relación con otra persona, en otra casa… Incluso estaba en un ambiente que distaba mucho del familiar que yo reconocía. Por eso la novela me ayudó a mantenerme en un cierto equilibrio, sobre todo cuando la acabé. Sin embargo, me costaron mucho trabajo las correcciones finales, tanto que incluso creo que todavía hay por ahí alguna errata.

 P:Ha hablado de violencia y eso nos lleva a la siguiente pregunta, ¿hay algo de Pascual Duarte en el personaje? Sobre todo porque hay un intento, quizás inconscientemente, de empatía con él.

R:A mi siempre me han interesado los malos porque no creo que los buenos tengan mucho interés en el arte y la literatura. Los malos en el cine y las novelas, los malos y las malas, han ejercido siempre una cierta atracción en mí y Pascual Duarte es uno de esos malos. Y Cela lo justifica, al menos en parte, porque no todo el mundo nace o vive de la misma manera y hay quien nace en familias terribles. Pascual Duarte explica y justifica que la gente como él no tiene más remedio que hacer lo que hace. Yo creo que hay una dimensión diferente: Cela relaciona eso con la condición humana y con el ambiente y en ese momento es la posguerra inmediata; En mi caso, yo no quiero ser más que Cela pero este es más universal y es que el ser humano es un hijo de puta en cualquier época. En una guerra o en un momento de paz y eso lo estamos viendo todos los días en las noticias puesto que hoy no hay guerras en España. Tampoco está demostrado que la violencia se dé más en las clases deprimidas o las clases más pudientes. Se da igual en todas las clases sociales. Se da entre mujeres, se da entre homosexuales, se da en todos los casos y se da porque tenemos una condición terriblemente torcida. Si pretende algo la novela es mostrar, como una especie de radiografía, esas entrañas oscuras. Claro que Pascual Duarte también las tiene pero también otros muchos personajes.

P:Hay algo atemporal en la novela (el anciano no tiene nombre, tampoco el resto de personajes, no hay fechas ni lugares concretos, etc.) ¿a pesar de los cambios aparentes vivimos siempre igual?

R:Totalmente. La novela (como cualquier manifestación literaria) tiene que pretender eso. No debe circunscribirse a ninguna parte. Yo creo que no ocurre en ningún sitio justamente porque ocurre en cualquier lugar. El anciano no tiene nombre aunque sí su mujer. Sin embargo, de nuevo, no está el nombre del amor de su vida. Hay una serie de cuestiones que son confusas, parece que esté sucediendo en el aire, porque lo único que interesa en el relato es la narración de esa bajada a los infiernos terrible… hasta el encuentro final, que entraña una pequeña sorpresa. Pero es que claro, es lo que hace que una novela valga para cualquier época y sobre todo cuente algo que ocurre o puede ocurrir en cualquier momento, que no es de ahora ni de ayer.

P:Parece que hay unos temas universales y la violencia o la maldad no son los únicos que aparecen en Monólogo del que reza a la muerte. ¿Qué tienen el amor y el tiempo para ser materia literaria?

R:Es lo que más nos interesa. Hay muy pocos temas que interesen al ser humano. Uno de ellos es el paso del tiempo, es algo que se nos va y que, sobre todo a una edad, comienzas a darte cuenta de que pasa y no vuelve. Acaba de fallecer un amigo, tan amigo, que es un hermano y de pronto te das cuenta de que no tiene gracia, como diría Gil de Biedma. Otro tema es la muerte, que está siempre presente, igual que el amor, que en el caso de la novela actúa como ese punto de inocencia y de pureza necesaria para que haya un contraste. El anciano tiene una parte angelical, edénica, que es ese amor que perdió en un momento dado pero que le ha servido toda su vida para mantenerse vivo. No hay infierno si no existe un paraíso y viceversa. Yo creo que esta novela peca de exceso de mal y de dureza pero también está ahí el amor, constantemente, depurando y purificando ese mal. No es tan malo el viejo si amó de esa manera.

P:Al leer su novela es inevitable pensar en obras del calibre de Cinco horas con Marioo La muerte de Artemio Cruz. ¿Es una intertextualidad buscada? ¿Hay una influencia directa?

R:He leído ambas obras e incluso podría mencionar algún título o autor más como Rulfo, que creo que es uno de los autores que mejor trata el tema de la muerte y el mal. Pero los dos que mencionas por supuesto que me han influenciado, porque los he leído y me han gustado. No obstante, no hay una búsqueda de nada o, por lo menos, no busca que rastreen los críticos, los profesores o los lectores las huellas de otros escritores en él. Cuando son obras así están contigo, te acompañan y las palabras pertenecen a todos. Las utilizó Homero, Cervantes (cada uno en su idioma) y el lector también las utiliza. Por eso, inevitablemente, utilizamos también ideas y sentimientos parecidos. Lo que no puedes permitirte, creo yo, es que haya un débito exagerado a una obra determinada, no puedes leer algo y decir que esto está sacado o plagiado de otra obra. Sin embargo, la deuda es una constante del arte y de la literatura y en esos libros que apuntas (y en algunos más) existe una relación con mi novela.

P:Hay algo telúrico en la novela (esa tierra edénica cuando el anciano es aún un adolescente) ¿a qué se debe?

R:Sí, porque aunque no la sitúe espacial y temporalmente, yo estoy partiendo de un lugar que es el mío, el mismo que aparece en el resto de mis libros, aunque no haya utilizado su nombre. Ni conozco ni sabría escribir sobre otro. Es el que me ha obsesionado desde pequeño al nacer en un pueblo y tener una infancia determinada. A ese pueblo le cambio el nombre y eso en literatura consigue crear una dimensión mítica, si no sería periodismo o descripción. Entonces, ese elemento telúrico que has señalado está ahí porque está relacionado con un territorio particular. De hecho, el protagonista habla mucho de su pueblo, del flujo, de los efectos que tiene en su problema en un momento dado sin nombrarlo. Sin embargo, cualquiera que haya leído el resto de mis libros sabe que es el mismo sitio. El pueblo está influyendo mucho en él, en el proceso de amargura, de bajada a los infiernos, de miseria humana y existencial. Es una metamorfosis: primero es un joven enamorado con un nivel de pureza alto y, cuando le pasa lo que le pasa, se va convirtiendo en ese monstruo que tenemos al final. Podría ser una especie de Lazarillo diciendo algo así como “me queda lo que me queda” pero no lo voy a justificar con nada. Es un monstruo casi moderno, distinto, y no tiene ese algo que lo salva, como sí ocurre con la mayoría de nosotros.  

P:Última pregunta y, además, obligada, ¿hay algún proyecto a la vista?

R: Sí, hay varios proyectos. Estoy separado desde hace un par de años y, por tanto, tengo mucho tiempo para escribir. Ahora aparecerá un libro de poemas, ganador del premio Dionisia García, Poemas del desamor verdadero, y que estoy deseando verlo ya porque hace tres años que está esperando a ser publicado. Luego también van a aparecer este año dos libros, una novela y otro de poemas y con ello ya completo el cupo de 2019. Hay también una novela en marcha a la que ya le he hecho un par de redacciones porque yo actúo de esa manera. Voy leyendola y releyendola y voy tocándola, quitando y poniendo hasta que finalmente pienso que esto es lo que yo quería. Así que todavía no está lista pero creo que podrá estar preparada para el año que viene.